¿Por qué escribe usted? – Óscar Hahn

Porque el fantasma porque ayer porque hoy:
porque mañana porque sí porque no
Porque el principio porque la bestia porque el fin:
porque la bomba porque el medio porque el jardín

Porque góngora porque la tierra porque el sol:
porque san juan porque la luna porque rimbaud
Porque el claro porque la sangre porque el papel:
porque la carne porque la tinta porque la piel

porque la noche porque me odio porque la luz:
porque el infierno porque el cielo porque tú
Porque casi porque nada porque la sed

porque el amor porque el grito porque no sé
Porque la muerte porque apenas porque más
porque algún día porque todos porque quizás

Finis Terrae – Bibiana Collado Cabrera

EMPEÑADOS con vehemencia en el olvido,
guardamos las fronteras con dragones.

Los mapas de nuestros pasados
rebosan de finis terrae,
cada amor agotado en su sierpe.

Vencido el breve espacio del ahora,
confusa en la conquista de los límites,
habrá que dejar de luchar
contra mí misma.

Abandono la ficción de las fronteras.
Cada uno de los confines
de esta tierra me señala.

El sol poniente – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

A los remotos mares de Occidente
llevas con majestad el paso lento,
¡oh sol resplandeciente!,
alma del orbe y de su vida aliento.

Otro hemisferio con tu luz el día
espera ansioso, y reverente adora
ya un rayo de alegría
con que te anuncia la risueña aurora.

Sobre ricas alfombras de oro y grana
que ante tus plantas el ocaso extiende,
tu mole soberana
lentamente agrandándose desciende.

La tierra que abandonas te saluda,
el mar tus rayos últimos refleja,
y la atmósfera muda
ve que contigo su esplendor se aleja.

Del lozano Posílipo la cumbre
ya oculta tu magnífica corona,
pero tu sacra lumbre
aún deja en pos una encendida zona;

y aún dora del Vesubio la agria frente,
y aún brilla en el espléndido plumaje
de humo y ceniza ardiente,
que sube hasta perderse en el celaje;

y aún esmalta con vivos resplandores,
y perfila con oro y con topacio,
los nítidos colores
de las nubes que cruzan el espacio.

Pero, a medida que de aquí te alejas,
tu regia pompa tras de ti camina,
y tan solo nos dejas
tibia luz pasajera y blanquecina.

Y queda sin color la tierra helada,
sin vislumbres la mar y sin reflejos,
y con niebla borrada
Capri se pierde entre confusos lejos;

mas también el crepúsculo volando
va en pos de ti, y al mar y tierra y cielo
la noche amortajando
con su impalpable y pavoroso velo.

¿Y no te siguen del mortal los ojos
anhelantes, confusos, arrasados;
y, al ver tus rayos rojos
desparecer, no quedan consternados?

¿No tiembla el hombre, y puede en su demencia
al sueño y al placer y a los amores
darse, sin que la ausencia
le aterre de tus puros resplandores?…

¿Quién la seguridad le da patente
(ni aun el orgullo de su ciencia vana)
de que al plácido Oriente
a darle vida y luz vendrás mañana?

¡Ay!… ¡Si el Criador del universo, airado
de ver tan solo en la rebelde tierra
el triunfo del malvado,
y la inicua ambición, y la impía guerra,

la inmensa hoguera en que ardes apagara
de un soplo, o de la ardiente
melena te llevara
a otro espacio su mano omnipotente!…

Mas no, fúlgido sol: vendrás mañana,
que no trastorna, no, su ley eterna
la mente soberana
que formó el universo y lo gobierna.

Mil veces y otras mil vendrás, en tanto
el plazo designado se consuma
que el Dios tres veces santo
dio a la creación en su sapiencia suma.

Sí; volverás y durarás, que tienes,
criatura predilecta, el don de vida,
y hermoso te mantienes,
burlando de los siglos la corrida.

No así nosotros, míseros humanos,
polvo que arrastra el hálito del viento,
efímeros gusanos
cuya vida es un rápido momento.

Nuestro afán debe ser solo, al mirarte
trasmontar y dejarnos noche umbría,
si aún vivos admirarte
no será concedido al otro día.

¡Ah!… ¿Quién sabe?… Tal vez, sol refulgente,
que has hoy mi pensamiento arrebatado,
mañana desde Oriente
darás tu luz a mi sepulcro helado.

Voyerismo – Fiama Valerio

Me infiltré como una rata en tu cañería,
contemplé el espectáculo
que del espejo se proyectaba.
Tus mejillas se ruborizaban como bayas silvestres,
solo faltaba que las aves te picaran.
Las aureolas de tus pezones se agrandaron
como la apertura del capullo.
Galopabas, pero sin equino.
Escuché tus gemidos, similares a un sermón,
hasta que se contractaron tus músculos
y te sosegaste en el tiempo.
Una corriente de viento refrescó mi cuerpo
mientras mi otro yo sexual
se entrometía un vibrador abajo del periné.
Mis manos se ungieron de esperma,
poco a poco me fui apaciguando
hasta quedar dormitado en tu fontanería.

María Magdalena – Claribel Alegría

Te amé, Jesús 
te amé 
y tú también me amaste 
entre todos los rostros  
me buscabas 
y me anhelabas cerca. 
Me sedujo tu voz 
la serena pasión 
de tu palabra. 
Sentí temblar tu carne 
sentí temblar al hombre 
cuando ungí tu cuerpo 
con perfumes 
y enjugué tus pies 
con mis cabellos. 
Pude haberte hechizado 
y no lo hice 
me frenó tu mirada 
tu renuncia 
entre todos los hombres 
fuiste el hombre 
y no quiero curarme
de este amor.

Historia de amor – Antonio Colinas

Pesaba en nuestros cuerpos la hermosura
de un nuevo atardecer estremecido. 
Cruzábamos aquellos matorrales 
altos, desnudos, que en la primavera 
se aroman todos, se hacen más profundos 
con el trino y el juego de los pájaros. 
Brotaba una gran luna amoratada 
detrás de los zarzales y en el césped 
había escarcha, estrellas diminutas, 
hojas brillantes, mínimas de fuego 
que tanto nos gustaba contemplar. 
Volvíamos del río, de la orilla 
húmeda y vaporosa de los álamos. 
Luego, ya por las calles, todo el pueblo 
quedaba sorprendido, nos pedía 
razón de aquella luz que en nuestros ojos, 
apaciguada, estaba delatándonos. 
En nuestros rostros se alió el rubor 
con la alegría temerosa y clara 
del que le han sorprendido en buen secreto. 
Aquel tesoro acumulado lento, 
los callados instantes del abrazo, 
cada hora que el amado dio a la amada, 
quedaron descubiertos para siempre.
Alguien habló, dijeron que nosotros 
éramos de otro mundo, que en las frentes 
nos brillaba una luz desconocida. 
Hubo un júbilo extraño y cada casa 
abrió todas sus puertas a la historia 
fantástica y veraz de nuestro amor.



Gritar – Paul Éluard

Aquí la acción se simplifica 
He derribado el inexplicable paisaje de la mentira 
He derribado los gestos sin luz y los días impotentes 
He arrojado por encima de la tierra lo que he leído y oído
Me he puesto a gritar 
Todos hablaban bajo hablaban y escribían 
Demasiado bajo 

He hecho retroceder los límites del grito 

La acción se simplifica 
Pues arrebato a la muerte esta visión por encima de la vida 
Que le adjudicaba su lugar ante mí 

Con un grito 

Tantas cosas han desaparecido 
Que ya no desaparecerá nunca nada 
De lo que merece vivir 

Estoy seguro ahora que el verano 
Canta debajo de las puertas frías
 
Bajo armaduras opuestas
Las estaciones arden en mi corazón 
Las estaciones los hombres sus astros 
Que tiemblan porque son tan semejantes 

Y mi grito desnudo sobre un peldaño 
De la inmensa escalera del gozo 

Así he aquí el fruto que madura 
Quemado de frío escarchado de sudor 
He aquí el lugar generoso 
Donde no duermen más que los que sueñan 
El tiempo es hermoso gritemos más fuerte 
Para que los soñadores duerman mejor 
Envueltos en palabras 
Que hacen bello el tiempo en mis ojos 

Estoy seguro que en todo momento 
Hijo y abuelo de mis amores 
De mi esperanza 
La dicha brota desde mi grito 

Para la busca más alta 
Un grito del que el mío sea el eco


Yo pienso en ti – Claudio Bertoni

Yo pienso en ti 
sufro y me masturbo a medias
y a más y a menos que a medias
y rumio y pulo mis mensajes de texto
y paro la oreja por los inexistentes tuyos
y tú duermes y hablas de paltas y tomates
cuando te mando besos densos de amor en inglés
duermes y duermes y me olvidas y no te disculpas como se debe 
y yo me muerdo las uñas y te quiero.

Balada – Francisco Villaespesa

Llamaron quedo, muy quedo,
a las puertas de la casa.
-¿Será algún sueño- le dije-
que viene a alegrar tu alma?

-¡Quizás! -contestó riendo...
Su risa y su voz soñaban.
Volvieron a llamar quedo
a las puertas de la casa...

-¿Será el amor?-grité, pálido,
llenos los ojos de lágrimas...
-Acaso- dijo mirándome...
Su voz de pasión temblaba...

Llamaron quedo, muy quedo,
a las puertas de la casa.
-¿Será la Muerte? -le dije...
Ella no me dijo nada...

Y se quedó inmóvil, rígida,
sobre la blanca almohada,
las manos como la cera
y las mejillas muy pálidas.