Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Oda a Belmonte – Gerardo Diego

¿Qué dice o cuenta o canta
al relance solemne de la noche
el ancho río en cláusulas de espumas?
¿Qué nuevos peces mágicos levanta,
voltea, tuerce al sesgo
en diagonal regata y desvarío?
La luna, el campo, el río.
¿Voces? Silencio. El aire en los juncares.
No es nada. Nadie. ¿Bultos? Algo brilla
por la crujiente orilla,
pisa, tantea. Luces de alamares
—plata fluvial— escurren
los resbalados peces en cuadrilla,
mitologías, cielos de arrabales.
Constelados, desnudos,
se filtran, pierden entre los jarales.
Relumbra el río ya lisos escudos
y la luna mirándose se peina
en larga, larga pausa, perezosa,
con su mano estrellada de virreina.
Mas ¿quién de nuevo tañe
el trémulo secreto
de tu guitarra, oh Betis, bien templada?
La rítmica de un polo
se apaga y surte, fresca ya y precisa;
y —delfín o prodigio— el agua irisa
a alterno brazo un bulto escaso y solo.
Ya retumba y resuena
la hueca palma y el vivaz jaleo,
cuando de pronto surge el centelleo
de un dios chaval pisando en el arena.
Sólo el ojo augural de la lechuza
pudo copiar en su redondo azogue,
del Ulises adánico que cruza
la furtiva evasión entre las cañas,
sin que nadie, ni el viento, la interrogue.
Allá va el robinsón de las Españas,
raptor de ninfas, vengador de Europas,
sin mis armas ni ropas
que un leve hatillo, incólume del río.
Allá va solo. Tarde llegó adrede
a la cita del barrio y la cuadrilla.
Sentirse solo en el herbal bravio
de la marisma, leguas de Sevilla,
qué negra suerte, ay Espartero mío.
Lejos, cerca, reposan,
al selenio fulgor bien modeladas,
las moles prietas, grávidas, lustradas
que continencia y que vigor rebosan.
Son los toros tremendos,
negros de pena, cárdenos, berrendos.
Y asaltando la cerca,
al más cierto, concreto y dibujado,
tremolando un jirón ensangrentado,
el mozuelo se acerca.
Despierta, escucha, mira, se incorpora,
crece el toro solemne,
y alarga la testuz aterradora,
coronada e indemne.
Enfrente el diosecillo
desnudo, inerme, solo: un torerillo.
Y la fiera se extiende y se agiganta,
y de fe ciego, la quijada hundida
y con inmóvil planta
—qué ritmo de liturgia no aprendida—
el doncel le adelanta
el brazo y le bendice la salida.
La arrebolada en sus rubores luna
se asoma, presidenta, a su baranda.
Un toro y Juan Belmonte.
Y otro testigo, acaso y de fortuna,
porque a gozar la pugna heroica y terca
el bético horizonte
sus barreras acerca.
Pasa el toro en tropel y terremoto.
Y la vida se centra
en cada lance y ahíncase y se adentra
y silba el aire desgarrado y roto
y olvida el tiempo su onda cosmogónica
y se cuaja y se embota, espeso, ciego,
en cada ensimismada, honda verónica.
Escultor de sí mismo, el tiempo pudo
alzarse, bloque, y suspenderse, nudo.
La faena concluye
y el agua otra vez fluye
y el horizonte, lánguido, se aleja
y se aduerme la luna, suspirando,
tras de bien clausurar cancela y reja.
(Triana, sin saber por qué, llorando.)
Y el nuevo endimión sueña,
y su sueño sin tacha es profecía.
No ya la luna, el sol rige y porfía
—en el mástil ondea, alta, la enseña—
partiendo en dos la bien colmada plaza.
La muchedumbre apiña su amenaza.
Un toro campa en la mitad del ruedo.
Y con claro denuedo
pisa un héroe seguro,
héroe, sí, sin heráldica y sin saña,
héroe nuevo de España,
limpio el relieve de su gesto puro.
En la diestra, la espada;
la bandera en la zurda desplegada.
El emplazado bruto pasa y pasa.
Ancho, largo, profundo,
el héroe se acompasa
y se jalea, y en su orgullo preso,
cruel como un dios, disuelve, borra el mundo.
No, no existe ya eso.
Ni la redonda plaza,
ni la gloria que cálida le abraza
desde el tendido, ni -la luz sonora
ni el rumbo ni la hora.
No existen más que un toro y un torero,
estimulando en planetaria masa
la lenta rotación de la faena.
Y el toro pasa y vuelve y no rebasa
la linde que le aprieta y le encadena.
Esa redonda conjunción que acaso
no repita ya el cosmos, tiene nombre:
el pase natural en cielo raso.
Y ese trágico, estrecho
eclipse, pase de pecho,
y ese corvo cometa, molinete,
y ese rayo, estocada.
Tinta la mano en sangre. Y de la nada
por volver a su ser cada ser puja.
Colérica la plaza se dibuja
y millares de palmas baten palmas
y las gargantas crecen
y se hinchan y enfierecen
las sílabas del nombre de Belmonte.
Sueño, sí, fue del mozo
y ahora de nuevo nos parece sueño.
Pero entre un sueño y otro fue alborozo
mil veces y evidencia
de nuestra fe rayana en la demencia.
Venid acá, oh incrédulos,
vedle cómo se afianza
sobre el talón izquierdo bien posado;
la acordada muñeca templa y tañe
a la lira que avanza
y humilla y tuerce y cruje y se comprime.
Mientras la mano diestra la esperanza
del claro acero esgrime.
Así nos le recorta y fija esquivo
—trampa viva de luz— el objetivo.
Y aún mejor nos lo enrolla la madeja
de celuloide, el pacto del Diablo
que le soborna a Cronos su pelleja.
Mas no penséis, la estampa en vuestra mano,
o la pantalla enfrente, luminosa,
tardíos jueces de la noble lidia,
que esa actitud viril alzara en vano
su altivo pedestal sobre la envidia.
Arduo es ser gran torero.
Pero vencer la enorme pesadumbre,
tarde tras tarde, de la gloria cara,
sólo le es dado al hombre verdadero,
al hombre más que héroe, a la más rara
fatalidad de cumbre.
Súbita nube cierne
su sórdido rencor sobre el hastío
del violento gentío,
eléctrico y compacto.
El bochorno se espesa y se hace tacto,
y su horrenda membrana
estremece a su impúdico contacto
las diez mil frentes de la bestia humana.
Negro se torna todo ya y siniestro,
negras las almas y hasta el cielo opaco
se hurta con cobardía de cabestro
a coronar la plaza. Abajo el diestro
se encadena a la roca de un morlaco
—soledad de titán—. Qué rompeolas
de espumas verdes, de amarillas furias.
Cómo le azotan bífidas injurias
de rojas fauces y erizadas golas.
Y en un instante elástico y heroico
rompe sus eslabones de ludibrio,
y en un pasmo de arrojo y equilibrio
coagula, calma, amansa al paranoico,
jugándoselo todo, al todo o nada,
en el sublime albur de la estocada.
Rasgó el pitón la esquiva chaquetilla
y —pendular trofeo—
un cairel de oro, hilo de seda, brilla.
Mas la espada cavó su sepultura
deslizándose fúlgida hasta el pomo
y un mar de sangre surte y empurpura
la abovedada redondez del domo.
Ya las columnas su estupor pasean,
ceden, se bambolean.
«Dejadle», grita el gesto de la mano,
bermeja, alzada en mudo señorío,
«dejadle», el vientre ufano
combado en desafío.
Dejadle desplomarse. Que sucumba
solo, como un coloso.
Y el soberbio,- en su foso,
a su propia grandeza se derrumba.
Al serenado cielo
remonta cegadora polvareda,
nubes, nubes de escombros.
Es la ovación, el triunfo, la humareda.
La turbia plebe se despeña y rueda
y mece al domador sobre sus hombros.
Yo canto al varón pleno,
al triunfador del mundo y de sí mismo
que al borde —un día y otro— del abismo
supo asomarse impávido y sereno.
Canto sus cicatrices
y el rubricar del caracol centauro
humillando a rejones las cervices
de la hidra de Tauro.
Canto la madurez acrisolada
del fundador del hierro y del cortijo.
Canto un nombre, una gloria y una espada
y la heredad de un hijo.
Yo canto a Juan Belmonte y sus corceles
galopando con toros andaluces
hacia los olivares quietos, fieles,
y —plata de las tardes de laureles—
canto un traje —bucólico— de luces.

Hijos de la ira – Félix Grande

Con Dámaso Alonso

Horadan el sur de la noche
vengativos y solitarios
Van derrotados y altaneros
como ternísimos malvados
Brotan solos de las tabernas
y bajan a los urinarios
y escriben su odio en las paredes
como grandiosos literatos

Varias señales de la miseria
se obstinan en acompañarlos:
la ropa astrosa, la hosca noche
el más maloliente tabaco
las lavacias de vinos pobres
unos gruñidos enigmáticos
una furia deslavazada
y muchos sueños desollados

Su cólera cariada, sus
turbios semblantes de borrachos
y ese no sé qué de navío
dando miedo y dando bandazos
recuerdan al hollín, al limo
al engrudo, a la escarcha, al trapo

Su patria es la calle vacía
la soledad su sindicato
su club la esquina en que vomitan
la acera su confesionario
y su destino un hospital
que ya les muerde los zapatos

Ríen con pelos entre los dientes
lloran vidrios a manotazos
cantan cosas desatinadas
callan geológicos y hartos

Su impar desgracia ya ululaba
entre la leche que mamaron:
hace ya muchos siglos que
garabatean en el espacio
escribiendo el siniestro libro
de la injusticia y del espanto

Hijos y nietos de la ira
una costra de antepasados
iracundos y miserables
les macera y cubre las manos
con las que se tapan los ojos
al echarse a morir. Los amo

[Y en la pancarta se leía
el furioso nombre de Dámaso]

Con la mirada humilde – Xavier Villaurrutia

ESTA VEZ serán mudas mis ansias,
y mis pasos velados, y nulo mi rogar;
extenderé las manos ayunas de fragancias
cuando tú no las mires, o cuando te hayas ido;
concentraré mis fuerzas, procuraré olvidar
todo lo no logrado y todo lo perdido,
y acallaré mis ansias insólitas de amar.

Si pues tú me lo pides
con la mirada humilde y la boca entreabierta,
seré bueno, no olvides
que dormiré mi angustia despierta,
que ahogaré el más fuerte latido,
y cerraré la confesión abierta
que debió haber salido…

Y sólo porque sea
tu vida una callada mansedumbre,
un solar, una aldea
donde no haya más lumbre
que la tranquila del hogar,
y en donde no se vea
ni la sombra inconfesa de un desear.

Y todo sin embargo
yo te lo sacrificio por la mirada aquella
tan humilde, que sella
mi espasmo y mi dolor,
y apaga mi más largo
y mi más hondo
soñar en el amor…

Ella – Antonio Gala

Bebió en tu boca el tiempo enamorado
y la cuajó con besos de paloma.
Casto tu cuello, sobre el oro asoma
tan sólo por el oro acariciado.

Lunado el pelo, el corazón lunado,
rubor apenas por el aire aroma.
Amapola ritual tu torso toma
y te aparta del mar verde azulado.

Tu mirada de miel, marisma ardiente,
la luz antigua con las luces nuevas
-recién despierta y ya cansada- alía.

Te duele la victoria, y dócilmente
a cuestas tu destino de amor llevas,
delicada y sangrienta vida mía. 

Opción B – Benjamín Prado

Siempre tendré la Esfinge de Gizeh, junto al Nilo;
tendré la Gran Muralla;
tendré el reino de Aksum;
los moái en la arena de la Isla de Pascua;
las ruinas de Zimbabwe; la ciudad de Lagash.

Siempre habrá un general que usurpe el trono
y un Palacio de la Moneda en llamas;
prestamistas que compren
y vendan 
nuestra sangre;
pueblos que echen abajo la estatua de un tirano.

Podré decirle a otros, aunque ya no lo crea,
que hasta el día más triste se termina a las doce
y cada cicatriz tacha una herida
y equivocarse es sólo el premio del que quiere
aprender de su error.

Siempre me quedarán Lorca y las aduanas;
las selvas en peligro; la injusticia;
los banqueros; la plaza de Tian'anmen; Neruda;
la libertad; el sueño de la revolución.

Todo eso 
de lo que yo tendría 
que escribir 
si te vas.

Una piedra, memoria – Andrés Sánchez Robayna

Adónde, dices
ahora, aquellos pasos
por lo desconocido, en la primera soledad.

Latitud de las parras, allá lejos.

El sol final abría su costado remoto
sobre las piedras, en las hojas,
en un último sueño, el final del verano.
Atardecía,
era otra tierra, acaso más oscura,
la tierra roja, sí,
como si algún rescoldo del origen
aún respirase en ella,
más allá, al fin de toda impermanencia,
como a lo lejos.

Arcana luz,
suspensión de los soles sobre los platanares.

Era
cuanto de cierto ardía en lo invisible.
Era sólo la luz,
como vacía, y como si alcanzase
a ver su arder oscuro
en los helechos, en el cielo,
sobre la tierra. Luego,
volver de allá, sobre los mismos pasos,
pero ya, lo sabía, irrepetibles.
La casa
fue siempre cosa de la luz.
Desde aquel día supo de la sombra, o su signo.
Allá quedó, sobre una piedra,
inscrita en lo remoto, bajo la luz herida,
una señal para el verano, el fin, junto a las parras,
el fin que era un origen,
A., septiembre, los soles, sobre una piedra extrema.

Mujer Escrita – Guillermo Carnero

Unas veces me llegas aun antes de pensarte
y ocupas el papel hasta el último verso,
colmado en la certeza como sábana
desposeída de su abismo blanco,

Luna llena rotunda en un cielo sin nubes,
ceñida en su perfil copioso y neto,
significado en luz latente en la memoria
sellada por el título indudable.

Otras me dejas versos desleídos
flotando en una inercia de duración y música,
latido oscuro en fraude de palabras,
imagen escindida en un espejo roto,

un puñado de añicos y de sílabas
borrándose en la fuga de su color menguante,
en la nube que adensa tu aroma y tu perfume
al disolver la línea y la sintaxis.

Dónde estarás ahora, bajo qué luz distinta
relucirá tu piel acariciada.
Quién te verá tenderte entornando los ojos
como cae la sombra sobre la paz de un río.

Te mirará desnuda mientras doblas
tu ropa en el asiento de una silla;
se sentirá bendito como un día de invierno
anegado en el Sol azul sobre la nieve

cuando llegues a él como desciende el águila,
y al recoger las alas para abrigar su peso
convierte la belleza del vértice y la altura
en la del cuello airoso y del plumaje inmóvil.

Cuando otras voces suenen alejándose
después de haber pasado sobre ti,
no te busques leyendo las arrugas sinónimas
del borrón de tus sábanas revueltas;

quédate en un rincón con este libro
y oirás danzar en él la luz del tiempo,
girando para ti como brillan y mueren
el olor y el resorte de una caja de música.

Epitafio – Jenaro Talens

yesca me han hecho de invisible fuego
FRANCISCO DE LA TORRE

Fui un viejo juglar, y conté historias.
Mi nombre os es indiferente.
Sólo dejo constancia de mi oficio
porque fue oficio quien dictó mis versos
no la pequeña vida que viví,
ni su dolor, ni su insignificancia:
ella murió conmigo y aquí yace,
desnuda como yo, bajo esta piedra.