Una mujer en la ventana,
incierta como luna navegando por el mar,
princesas destronadas que inventan historias
de reyes rojos, y mujeres sueño con labios
muertos, donde crecen las manos de los árboles.
Una niña del miedo llorando en el acantilado
mientras contempla a una ahogada.
Sólo esto vi en una noche múltiple y
dolorosa, donde un arlequín sin manos,
sin pies, volvía a colocarse entre mi sombra y el día.
Sueños desde el acantilado donde vive la iguana,
del que ya te he hablado,
y en el que he decidido insistir.
Todas las entradas por Ricardo Fernández
Estado de gracia – Silvina Ocampo
Con qué bondad nos escuchaba Dios
cuando aún no sabíamos hablar.
Permanencia del pensamiento en el paisaje – Dolores Catarineu
Cada rama demuestra
un alto pensamiento.
Cada raíz responde
a un goce permanente.
Cada nube es un sueño
que se deshace en rosa.
Cada soplo de viento
es un latido breve.
Cada charco de lluvia
espera una mirada.
Cada hoja olvidada
una palabra muerta.
Cada señal de vida,
una vida que pasa.
¡Y cada pensamiento
un anhelo en la nada!
Estar desesperados – Silvina Ocampo
Algunas veces en nuestra tristeza
estar desesperados nos consuela.
Bosque – Antonio Lucas
A Manu Llorente
Tú sabes que en el bosque
siempre hay algo que te mira.
Una forma que no ves,
un rumor imprescindible, silábico, triunfal.
Un rumor o una amenaza
que suele estar muy cerca.
En el bosque la verdad
dispone antes su engaño que su danza.
Nunca es sólo noche.
Y nunca es sólo día.
Y cómo milagrea su pasmo junto al mío.
Y qué veloz el fuego en la jaula de su nada.
También un hombre es esto:
la suma de otros cuerpos sucesivos.
El hombre es lo de menos en el bosque.
El hombre es muchas cosas que nunca hemos sabido.
Absurda majestad, decías a veces.
Fulgor y trampa, digo ahora.
Y cómo puede ser si yo cuando respiro
asumo la certeza de la especie o avivo mi fingir de tribu insomne.
Y cómo puede ser que el hombre aún suene a bosque.
Que suene a lenta historia de fantasmas, desde entonces.
Consecuencias – Silvina Ocampo
Amamos en un ser
a todos los demás
cuando ese ser nos ama.
Odiamos en un ser
a todos los demás
si ese ser no nos ama.
La fervorosa – Gabriela Mistral
En todos los lugares he encendido
con mi brazo y mi aliento el viejo fuego;
en toda tierra me vieron velando
el faisán que cayó desde los cielos,
y tengo ciencia de hacer la nidada
de las brasas juntando sus polluelos.
Dulce es callando en tendido rescoldo,
tierno cuando en pajuelas lo comienzo.
Malicias sé para soplar sus chispas
hasta que él sube en alocados miembros.
Costó, sin viento, prenderlo, atizarlo:
era o el humo o el chisporroteo;
pero ya sube en cerrada columna
recta, viva, leal y en gran silencio.
No hay gacela que salte los torrentes
y el carrascal como mi loco ciervo;
en redes, peces de oro no brincaron
con rojez de cardumen tan violento.
He cantado y bailado en torno suyo con reyes,
versolaris y cabreros,
y cuando en sus pavesas él moría
yo le supe arrojar mi propio cuerpo.
Cruzarían los hombres con antorchas
mi aldea, cuando fue mi nacimiento
o mi madre se iría por las cuestas
encendiendo las matas por el cuello.
Espino, algarrobillo y zarza negra,
sobre mi único Valle están ardiendo,
soltando sus torcidas salamandras,
aventando fragancias cerro a cerro.
Mi vieja antorcha, mi jadeada antorcha
va despertando majadas y oteros;
a nadie ciega y va dejando atrás
la noche abierta a rasgones bermejos.
La gracia pido de matarla antes
de que ella mate el Arcángel que llevo.
(Yo no sé si lo llevo o si él me lleva;
pero sé que me llamo su alimento,
y me sé que le sirvo y no le falto
y no lo doy a los titiriteros).
Corro, echando a la hoguera cuanto es mío.
Porque todo lo di, ya nada llevo,
y caigo yo, pero él no me agoniza
y sé que hasta sin brazos lo sostengo.
O me lo salva alguno de los míos,
hostigando a la noche y su esperpento,
hasta el último hondón, para quemarla
en su cogollo más alto y señero.
Traje la llama desde la otra orilla,
de donde vine y adonde me vuelvo.
Allá nadie la atiza y ella crece
y va volando en albatros bermejo.
He de volver a mi hornaza dejando
caer en su regazo el santo préstamo.
¡Padre, madre y hermana adelantados,
y mi Dios vivo que guarda a mis muertos:
corriendo voy por la canal abierta
de vuestra santa maratón de fuego!
Rubor – Silvina Ocampo
Existe una tristeza
de estar triste y también
existe una vergüenza
cruel de tener vergüenza.
Tertulias – Ursula K. Le Guin
En chorros y borbotones de zumo verbal
fluyen los torrentes de nuestra
conversación, te digo, les dice,
la savia que hincha el tallo humano.
Escucha, escucha, una voz más pequeña,
un susurro del viento entre las piedras
del lecho seco y blanco del río,
la sombra de la palabra no dicha.
La esfinge – Silvina Ocampo
El ser más inesperado es uno mismo:
hasta las esfinges nos miran con ojos asombrados.