A la pasión el hambre la liquida; si no, el tiempo.
Pero si estos te fallan, una cuerda.
Todas las entradas por Ricardo Fernández
A la poesía – Juan Gil-Albert
Al fin, rendida entre mis suaves brazos,
me has concedido el don de tus deseos,
¡oh virgen maternal, extraño sueño
que conturba al poeta! Adolescente
yo te rondé, como un antiguo novio
ronda la misteriosa casa amada
y tras de aquellos cercos, algún día,
logré verte pasar, apenas sombra
entrevista en las luces de mis ojos.
Como tantos que aspiraban a hablarte
consumía mi juventud buscando
las palabras que guardan en su fondo
un fulgor inicial, y aventuraba
mis ramilletes cerca de esos prados
en cuya palpitante lozanía
enfriábanse duras como piedras
las pruebas de mi amor. Algún aplauso
premiaba mis desvelos, porque el hombre
conmuévese ante todo lo que rinde
la lucha ajena, mas otros designios
quieren que no haya esfuerzo en esos dones
con que la gracia sabe coronamos
ligera, como el ánimo que envía
viento fresco en el día caluroso,
o hace engendrar al hijo de la gloria
en un raro momento de cansancio.
Así tú, aprovechando del descuido
de mi ocio, te entraste hasta mis labios
sin que yo lo supiera, igual que ignora
el que duerme la luz de la mañana
mojándole los párpados, y dentro
de su plácido sueño está ya el día.
Délficas desde entonces van sonando
mis graciosas palabras cuando hierve
dentro de mí la extraña fuerza hermosa
que alimentó los juegos de los hombres
por la boca sagrada del tebano
que ensalzó el agua, como un raro olivo
de magnífica sed, la que más tarde,
en la divina siesta del que siempre
conducirá rebaños, compartía
con él el claro queso. ¡Oh fértil sombra,
que en mi leve saliva depositas
la miel en que renace como un soplo
la antigüedad! De todas las amantes,
sólo en ti el rastro del amor no queda
como una mancha, como un eco oscuro,
y así veo en la huella que ha dejado
la locura de aquel que en su pureza
dialogó con las viejas primaveras
de la divinidad, resplandeciente
la transida cabeza de ese casi
cisne de Suabia envuelto por las brumas
de su melancolía. ¿Cómo el rayo
que aniquila la vida puede a veces
entreabrir en nosotros ese verde
suspiro en que se escapan las canciones
halagadoras? Rudo es el mensaje
para el que canta, mas lo que destruye
su vigor encendido sólo deja,
como trazas de su misión, los suaves
versos que el hombre escucha embelesado,
como esa extraña claridad que flota
tras la ruin tormenta. ¡Oh poesía!
Un dulce maleficio te estremece
como alguien que estando entre los dioses
no alcanza su serena y reposante
naturaleza, o bebe la ambrosía
con torvo ceño y queda trastornada
en medio de aquel círculo de fuego
que corona las frentes silenciosas.
Una terrenal ansia comunicas
turbados a los graves comensales
de aquel festín, mientras que hacia la tierra
arrojas esos grumos del incienso
que exalta el alma y déjala sombría
de ambiciones; unos y otros luchan
atraídos por el misterio ajeno
y a través del poeta se contemplan
la faz de la ilusión, mientras expira
por mis labios el genio que te oculta.
En redes anheladas – Eurípides
Pienso que ellas ahora entre las frondas
como pájaros hacen el amor en redes anheladas.
Canción tardía – Flor Alba Uribe
"Te amaré siempre, siempre"
Inapelable noria de las palabras que da vueltas,
al otro lado de la ausencia,
junto al vaciad0 pozo de los sueños.
"Tú y yo por la vida y por la muerte"
Quién retuerce el cáñamo para tejer la hora
de un pasado ilusorio.
Rumor que se aproxima, eco en suave curva
donde la realidad es fuga.
Quién envía señales de humo, palomas mensajeras,
ramas sobre el agua, almizcle en pos del viento
presagiando caminos de regreso
y así aniquila
el tráfago irrevocable del olvido.
Canción tardía. Voz de pájaro emigrante
que ha extraviado el rumbo, su estela monitora
y se abandona al sino de caprichosos vientos
mientras deplora la prematura llegada del invierno.
Ola amarga – Meleagro
—Ola de amor amarga, celos que me alentáis sin desaliento,
alta mar del deseo tormentosa ¿adonde me arrastráis?
Desgobernado queda sin remedio el timón de mi pecho.
¿Divisaré otra vez a la sensual Escila...?
Despertar – Luis López Anglada
Mi niña, al despertar, desaliñada,
casi como las rosas, o más breve,
duda entre niña y pájaro, se atreve
a inaugurar la aurora de la almohada.
Mi niña de la nube o de la nada
debe venir cuando despierta. O debe
de los vientos venir, de los que bebe
mi vida a sus rosales limitada.
Beber vientos, atarse a una camisa
que duda entre las alas y la brisa,
diminuta extensión que el mar quisiera.
¿Qué rey me compra el despertar? ¿Quien sabe
porque es tan breve el mundo y por qué cabe
en una habitación, la primavera?
Triunfo de Eros – Sófocles
Eros incombatible en la batalla,
Eros, tú que te arrojas contra las fortunas
y en las mejillas tiernas de una joven
pasas toda la noche;
por el mar vas y vienes
y por los patios de los campesinos:
nadie es tu fugitivo, ni el inmortal ni el hombre
que sólo un día dura. El que a ti te posee
por la locura queda poseído.
Tú arrastras a la ruina las almas ya sin juicio
de los antes juiciosos
e incluso esta discordia has provocado
entre varones de una misma sangre.
Pero triunfa el deseo que irradia de los ojos
de una novia de lecho deseable.
Eros que participas del origen
de las leyes sagradas: sin resistencia juega
la divina Afrodita...
Parásitos – Alfonsina Storni
Jamás pensé que Dios tuviera alguna forma.
Absoluta su vida; y absoluta su norma.
Ojos no tuvo nunca: mira con las estrellas.
Manos no tuvo nunca: golpea con los mares.
Lengua no tuvo nunca: habla con las centellas.
Te diré, no te asombres;
Sé que tiene parásitos: las cosas y los hombres.
Como un herrero – Anacreonte
Me ha derribado Eros — otra vez—
como un herrero con su enorme maza.
Y después me arrojó a un barranco helado.
Hastío – Carmen Jodra Davó
El bello mundo me produce asco.
Si pudiera, lo haría
saltar en pedacitos por los aires,
y con él a mí misma.
Yo no pedí vivir; si Tú me hiciste,
es tu culpa, y no mía.
Atrévete a juzgarme si tu pobre
criatura se suicida.