Archivo de la categoría: Poesia española

Elogio De Lo Irreparable – Félix Grande

Sé involuntaria. Sé febril. Olvida
sobre la cama hasta tu propio idioma.
No pidas. No preguntes. Arrebata y exige.
Sé una perra. Sé una alimaña.

Resuella busca abrasa brama gime.
Atérrate, mete la mano en el abismo.
Remueve tu deseo como una herida fresca.
Piensa o musita o grita «¡Venganza!»

Sé una perdida, mi amor, una perdida.

En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable.

Abre todas las puertas -Luis Alberto de Cuenca

Abre todas las puertas: la que conduce al oro,
la que lleva al poder, la que esconde el misterio
del amor, la que oculta el secreto insondable
de la felicidad, la que te da la vida
para siempre en el gozo de una visión sublime.
Abre todas las puertas sin mostrarte curioso
ni prestar importancia a las manchas de sangre
que salpican los muros de las habitaciones
prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos,
ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra,
ni a la palabra santa que acecha en los umbrales.
Desesperadamente, civilizadamente,
conteniendo la risa, secándote las lágrimas,
en el borde del mundo, al final del camino,
oyendo cómo silban las balas enemigas
alrededor y cómo cantan los ruiseñores,
no lo dudes, hermano: abre todas las puertas.
Aunque nada haya dentro.

Muerte y resurrección -José Ángel Valente

No estabas tú, estaban tus despojos.

Luego y después de tanto
morir no estaba el cuerpo
de la muerte.
Morir
no tiene cuerpo.
Estaba
traslúcido el lugar
donde tu cuerpo estuvo.

La piedra había sido removida.

No estabas tú, tu cuerpo, estaba
sobrevivida al fin la transparencia.

Tu orgullo – Marià Manent

Il mar la terra e il ciel miro e sorrido.
LEOPARDI

Te ponía el orgullo una viva aureola
y me dejaste la soledad. Aún
percibo en mí el desgarro de la hora:
un llanto de astros, y vuelo de hojas muertas
color cobre y una neblina fría
sobre mi corazón. Pensé que fuera
la soledad mi vida taciturna
que se nutría del recuerdo espléndido
y amargo de tu orgullo ¡oh diosa clara!

Sin tu voz, sin tus ojos, ni la sombra
de tu cabello de oro en la frente, ni el rostro
como una rosa pálida, mi vida
seria un gran vado que sonara
al recordar. Mas tu orgullo me hacía
un gran regalo: el universo era
mi tesoro otra vez. La acacia verde
en la fuente traslúcida, la nube
color miel y el azur fresco tal agua
de espíritu tranquilo, el fino astro
y la ancha mar y la música clara
de los pinos y aquel viñedo púrpura…
Todo tornaba a mí en aquel setiembre
dorado y moribundo. Bello acuerdo
en el mundo, las cosas: armonía
de amor y claridad. ¡Oh diosa altiva!

Si por tu luz dejaba el universo
tu áspero orgullo me lo torna entero,
calma mi soledad. Y todavía
veo en el fondo tu más pura luz.

Retorno – Pilar Paz Pasamar

Si un verso olvido nunca me devuelve su cita.
Volver es tan difícil como morir de veras,
por eso son distintas todas las primaveras
y esperamos en vano que un sueño se repita.

¡Y tú quieres llegar! En mi mano vacía
tu presencia se vierte reducida y oscura;
se pudren las raíces y el brote no me dura
lo que dura el deseo bajo el golpe del día.

Si hay para cada instante una voz diferente,
ni hay silencio que envuelva por dos veces mi frente,
ni ola que desdoble repetida en la orilla,

¿cómo vas a llegar sobre tu propio paso
si el camino es distinto, y hasta Dios tiemble acaso
al besarnos dos veces en la misma mejilla?

TARDE DE JUNIO – Eloy Sánchez Rosillo

Ahora, juntos, vivimos la hermosura
de esta tarde de junio,
el fulgor de las horas en que nos entregamos
al conocimiento de la verdad del amor,
a la gran llamarada del encuentro.
Ahora sabemos que toda la alegría
cabe en el mundo breve de esta habitación,
en el espacio ardiente de este lecho.
La luz cansada del atardecer
dibuja sobre el tiempo islas doradas.
En un rincón del cuarto
brilla la enredadera de la música.
Un viento súbito sacude nuestros cuerpos,
y lo olvidamos todo.
Después regresan las miradas lentas,
los gestos satisfechos, las sonrisas.
Y luego contemplamos en silencio
con qué dulzura va cayendo la noche
sobre la indiferente ciudad que nos rodea.

Los adioses – Miguel Ángel Velasco

Benditos los pañuelos que aún ondean
en la estela del tiempo, en su ser puros
del paño fiel de lo que somos, llama
que un instante se agita
en el aire del ansia, en extensión
de la caricia en vilo del arder
en sajadura, flámula
ávida y trémula
de que otra llama hermana, hermana blanca,
en lontananza a su tremor responda,
a su tremor de acaso, a su prenderse
a la esperanza en ascua de otra vez.
Llama que adelgaza en fina herida
de la distancia abierta, del rasgarse
las telas lígrimas del corazón
en lo cortante del quedar, partirse
el corazón en pena,
en pena ausente de volverse estatua
de sal el alma por mor de amor.

ELOGIO A MI NACIÓN DE CARNE Y DE FONEMAS – Félix Grande

Los que sin fervor comen del gran pan del idioma
y lo usan como adorno o coraza o chantaje
sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma:
yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje

Los que destinan himnos y medallas y amor
al cuervo de la guerra, y nunca a la paloma
de la lujuria, miran mi cama con rencor:
yo no he llamado patria más que a ti y al idioma

De la fraternidad, de la honra civil
sé que nadie la siente ni nadie la derrama
si convierte al lenguaje en una jerga vil
y en su cuerpo sofoca la milagrosa llama

Celebrar como a un dios el fuego de la mano,
sentir por las palabras un respeto profundo:
sólo así el transeúnte puede ser nuestro hermano
y nuestros camaradas la materia y el mundo

La carne me ha enseñado el más hondo saber
y el lenguaje me enseña su lección venerable:
que el Tiempo es un abrazo del hombre y la mujer,
que el universo es una palabra formidable.