Archivo de la categoría: Poesia española

Un viento extraño – Elvira Sastre

Cerré las puertas nada más verte,
anclé una nube al pomo
y tarareé otra canción mientras 
tú sonabas.

Cerré todas
y cada una
de las puertas
solamente
para que quisieras abrir las ventanas
y entraras así en mi vida,
de la única manera que debes hacerlo:
volando.

Con la fuerza de un viento extraño
que me colocara en el sitio correcto:
a tu lado.

Estás a la altura de las estrellas,
mi amor,
y yo ya voy de camino,
entre trueno y relámpago, 
con arena en los zapatos para no olvidar la tierra
y con sueños fugaces en los ojos
para no olvidarte a ti.

CONTRA EL OLVIDO – JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA

Escribo frente a ti y contra el olvido.
Escribo contra el olvido para vivir en ti
las horas del ayer que hoy me ofreces
con la lucidez de tu corazón y su memoria.
Sé que la muerte me espera al final de cada verso
y que tu presencia ahuyenta a los lobos del miedo.
En un rincón del mar trazo la línea de mi vida,
paralela al surco de tus huellas, al eco de tu voz
buscándome en la hazaña de las olas.
Sé que la muerte hundirá mis naves
y no tendré palabras para cubrir tu ausencia.
Avanzo a golpes, tropezando con las sombras
de soles derrotados, aferrándome a la noche
donde tu cuerpo resiste los envites del viento.
Sé que escribo frente a ti, frente a tu rostro
cercano como la luz que atraviesa mis sueños.
El tiempo nos vencerá, sí; pero este poema
quizá nos reviva en la llama de otros labios
y podamos seguir batallando juntos
—palabra, piel, corazón y vida—
contra las feroces alimañas del olvido.

Oda del dolor – Carlos Edmundo de Ory

Cuando estos labios míos pegados a la luna		
dejen ya de ser poma voz de arena y misterio		
bailaré como un ángel sabe solo bailar		
¿Qué hago aquí tanto tiempo? Gran deshollinador		
Sobre esta luz dorada del día me lamento		
¿A quién debo ofrecer el manto de mis llantos?		
¿A quién la lamedura que me lacra la voz?		
Dolor cuando tú pisas los párpados del hombre		
Extraño corazón con una espada en medio		
Nadie sabe decir por qué vuelan los pájaros		
muy por encima de nuestra frente mortal		
Alguien puede mirarme yo le enseño mis dedos		
Diez dedos ¿por qué diez? Manos son dos		
Una escribe una carta a un niño triste		
La otra mano espera siempre espera		
El pecho que respira y sangra es		
el futuro tambor del topo abajo		
¿Qué hago yo aquí más tiempo me pregunto		
borracho de salud y borracho de muerte?

Las afueras – Jaime Gil de Biedma

            I
La noche se afianza
sin respiro, lo mismo que un esfuerzo.
Más despacio, sin brisa
benévola que en un instante aviva
el dudoso cansancio, precipita
la solución del sueño.
Desde luces iguales
un alto muro de ventanas vela.
Carne a solas insomne, cuerpos
como la mano cercenada yacen,
se asoman, buscan el amor del aire
-y la brasa que apuran ilumina
ojos donde no duerme
la ansiedad, la infinita esperanza con que aflige
la noche cuando vuelve.

            II
¿Quién? Quién es el dormido?
Si me callo, respira?
Alguien está presente
que duerme en las afueras.

Las afueras son grandes,
abrigadas, profundas.
Lo sé pero, no hay quién
me sepa decir más?

Están casi a la mano
y anochece el camino
sin decimos en dónde
querríamos dormir.

Pasa el viento. Le llamo?

Si subiera al salón
familiar del octubre
el templado silencio
se aterraría.

Y quizá me asustara
yo también si él me dice
irreparablemente
quién duerme en las afueras.

            III
Ciudad
            ya tan lejana!

Lejana junto al mar: tardes de puerto
y desamparo errante de los muelles.
Se obstinarán crecientes las mareas
por las horas de allá.

Y serán un rumor,
un pálpito que puja endormeciéndose:
cuando asoman las luces de la noche
sobre el mar.

Más, cada vez más honda
conmigo vas, ciudad,
como un amor hundido,
irreparable.

A veces ola y otra vez silencio.

Échale a él la culpa – Vicente Gallego

                     A José María Álvarez y Carmen Marí


Hoy te has ido de fiesta con amigas,		
y sin que tú lo sepas me regalas		
un tiempo de estar solo que ya empieza		
a ser raro en mi vida, un tiempo útil		
para intentar pensar en ti como si fueras		
lo que siempre debiste seguir siendo		
cuando pensaba en ti: aquella persona,		
en todo semejante a cualquier otra,		
que una noche lejana tuvo el gesto		
generoso y extraño de entregarme su amor.		
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías		
ridículos del otro, en implacables jueces		
que condenan sin pruebas y comparten		
sus estúpidas penas con el reo.		
El amor nos confunde y trata ahora		
de que vea en tu fiesta una traición.		

Por huir de esa trampa me amenazo		
con los nombres que cuadran al que en ella se enreda:		
egoísta, ridículo, inseguro, celoso...		
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti		
divirtiéndote sola: te imagino bailando		
y mirando a otros hombres;		
al calor del alcohol		
confiesas a una amiga algunas cosas		
que te irritan de mí sin que yo lo sospeche,		
y por unos instantes saboreas		
una vida distinta que esta noche te tienta		
porque eres humana, aunque no me haga gracia.		

Ahora caigo en la cuenta de que dudas		
como yo dudo a veces, y que también te aburres,		
y que incluso algún día habrás soñado		
follar como una loca con el tipo que anuncia		
la colonia de moda.		
Para calmarme un poco		
tras la última idea, yo me digo		
que el amor es un juego donde cuentan		
mucho más los faroles que las cartas,		
y procuro ponerme razonable,		
pensar que es más hermoso que me quieras		
porque existen las fiestas, y las dudas,		
y los cuerpos de anuncio de colonia.		
Lo que quiero que sepas es que entiendo		
mejor de lo que piensas ciertas cosas,		
que soy tu semejante, que he pensado besarte		
cuando llegues a casa; y que es el amor		
—ese tipo grotesco y marrullero—		
el que va a hacerte daño con palabras		
absurdas de reproche cuando vuelvas,		
porque ya estás tardando, mala puta.

La noche salada en tus ingles – Jorge Riechmann

                    1

Arcilla roja soy en las manos inquisitivas del dolor.		
Me hacen sentir la tormenta inmóvil de su fuerza		
tan delicadamente, sin quebrarme.		
Acaso
reservan mi sangre para otras fiestas de más hermosa agonía		

o acaso sufrir es sólo el peor engaño,		
la mentira incurable		
que para mejor clavar las manos taladradas		
arranca el clavo.		


                    2

Fuera la alegría finísimo cuchillo		
que separase mi carne fibra a fibra		
siguiendo cada hilo hasta su origen secreto		
desenredando cada turbio ovillo de dolor		

y ondeara luego nuestro así sobrecuerpo		
como una gloriosa cabellera agónica		
libre a todo viento sensible a todo sol.		


                    3

Bello como el		
suicidio. Solamente		
después, hermana, de amarte		
—mendaz como quienes sustituyen		
el pensamiento haciéndose por una frase hecha		
iba a decir: ángel negro,		
cuando tu vida entera es una explosión blanca,		
blanca violencia tu cuerpo		
de diosa degollada,		
blanco sacrificio tu rebelión		
inerme y cotidiana y absoluta—		
sólo después de lamer la noche salada en tus ingles		
he entendido la imagen.		


                    4

A las pruebas de la muerte sucedieron		
los hermosos dientes de la California.		

«Es raro» me dijo		
«que no llores nunca y no sientas		
tal carencia como mutilación».		
Ella arrojó los dados fracturantes:		
no volví a despertar.

Señales y profecías – Gloria Gil

De dónde vienes, en quién te encuentras,
cuál es tu plato de la balanza,
¿sobrevives de viento o de tierra?

Qué ramo de perspectivas es el que estás manejando,
qué cimiento juega a ruina,
qué trampa de trébol deshojado.

Cuándo será la venida, el llano,
en qué hora has de esperar con tu lámpara encendida,
en qué camino sales a su encuentro,
con qué dios, dime si lo sabes,
con qué dios estamos apostando.

Brasas – Olga Novo

A veces
no sé si escribo o es que ando descalza sobre las brasas
si puedo acariciar tu médula a la que solo le falta hablar
como un campo de flautas.

A veces
no sé
quien soy y me pregunto al caos
me pasan por delante de los ojos la noche y el murciélago
secreto 
de tu amor
pido
muérdeme el aliento
cómeme el corazón
y si todavía quieres más
ven a ver:
La noche succiona mi polen negro
para oscurecer la madrugada
tira de mis tendones para tensar la aurora.

A veces no sé si florezco o es que hablo aire
me entrego a ti o hago el amor con la mitad de mí misma
si te abrazo o acuno un trébol de cuatro hojas
si tengo un hijo dormido en mi vientre como un dolmen pequeño
o si todo cuanto veo no es más que un lamento
de no verte

de no verte
me poso en la rama del pensamiento
lo siento como un hierro candente bajo las patas
intuyo bajo la sombra el cuerpo de tu ausencia
como el grano de maíz como una hostia sagrada
y bajo a beber a la fuente ayer
donde tú no estabas.

El tiempo se comunica conmigo
por sondas subterráneas
apenas entiendo nada salvo la fiera sentimental
que gruñe allá en el fondo de tu oído interno.

Oigo voces que no son yo
me desplazo sin moverme
como el son de la lira
voy a donde ya estuviste
y encuentro
una luciérnaga que dejó en la hierba tu aura desnuda.

Se queda la lana a tejer hasta el alba
se queda la seda acariciando el feto de la oruga
el sol en su pozo entona un oráculo
se quedan mis ansias sentadas a la puerta
golpeando un báculo mi corazón.

A veces no sé si escribo
o es que ando descalza sobre brasas
o es que ando descalza sobre brasas
o es que ando descalza sobre brasas