Archivo de la categoría: Poesia española

Juegos de Tahúr – Verónica Aranda

Miré los muros de la vieja Delhi,
sus juegos de tahúr por callejones,
la incertidumbre de los comerciantes.

Se fraguó mi escritura en la oscura trastienda
donde un músico errante
afinaba un sitar. De la extrañeza
al extravío sólo hay siete dunas,
la devoción, sus diosas flotando sobre lotos.

Del extravío al lecho donde asoman las ramas,
pues para adormecerme junto a ti
encadené más de una noche en blanco
en lúdicos vagones de tercera,
un sadhu embadurnado de cenizas
me trazó un mapa astral. La desnudez
se dispersaba por los arrozales.

Llegué indemne al umbral del templo de alabastro,
a la carne asombrada donde se curva el miedo,
a los bazares de la vieja Delhi.

Me anuncian otra vez la esperada – Pedro Casaldáliga

Me anuncian otra vez la esperada.
Me anuncian Tu visita.

Voy a poner en orden la casa del recuerdo.
Voy a vestir de flores de pobreza
mis sueños y mis iras.

A orillas de la tierra me aguarda la canoa...

Después,
mientras se explican
los pájaros, las ruedas,
los soles y las lunas,
yo espero que el silencio
diga, sobre mi sangre,
palabras verdaderas.

Primperan Compositum- Pablo García Casado

cuando pienso que hoy domingo el borracho de mi ex
ese cerdo con cara de pornógrafo se estará follando
a alguna de sus alumnas cuando pienso en lo imbécil

que he sido creyéndome lo del dixán lo de sin ti
la casa es un asco lo de vamos nena te voy a llevar
lejos muy lejos me están entrando ganas de vomitar

todo ese j&b con mala leche que llevo dentro

Venecia, como entonces – Antonio Lucas

A Venecia, créeme, se llega huyendo.
Es la ruta más directa, la epidemia de todos.
Huyendo de los pasos que no has dado,
del feo imperativo del deber.
La vida es algo así,
con sus torres, con sus gatos, con su soborno roto,
con el sol retirándose del sol,
y eso lleva tiempo.

Venecia es, muy despacio, un agua que se hunde.
Y al final desconocemos si el triunfo es la ciudad o su escenario.

Por eso nunca evites su cruenta mercancía,
su meditado engaño.

Vivir es desplazarte alrededor de ti,
como hacen la sangre y los conserjes,
como saben los pájaros.
Venecia no es distinta a su amenaza
si no pierdes los ojos frente a ella.
Tampoco es evidente.
A veces parece irrepetible,
como la fruta o la clausura,
allí donde está el mar a punto de quemarse.

Y aceptas de algún modo
el primer acuerdo con la muerte, que es soñar.
Igual que hay belleza en todos esos niños
que juegan a matarse.
El cielo estuvo amable en lo alto de Venecia.
Levantó las manos contra el tiempo y no tuvimos miedo.
Porque somos más fuertes que la luz,
más necesarios.
Porque todo lo que importa
se explica por sí mismo.

Capgras- María Paz Otero

UN rostro sin efecto no es un rostro.
Una madre sin amor no es una madre, es una extraña.
Pero el dolor de la madre sí existe y yo lo veo:
se multiplica y se expande, se traga la luz,
nos arrastra.
En la penumbra él la mira, pero no la reconoce,
y a pesar del sufrimiento trata al rostro
incierto con cuidado. Lo interroga,
intenta comprender lo inexplicable.
La extrañeza: una grieta imperceptible, un sendero,
y al final sus ojos azules, agotados, 
cálidos como nidos y profundos.

Meditación en el umbral – Juan Herrero Diéguez

COMO quien va tirando de un hilo sin saber
a dónde le conduce,
te has quedado a mirar los negativos
del día que bajasteis unos cuantos
a bañaros al río sin permiso.

Los padres no querían que salierais 
a explorar los caminos, pero claro:
el peligro, los límites.

Circulaban entonces las leyendas
de niños que jamás
volvieron al calor de sus hogares,
pero nadie sabía de quien eran,
ni cuál era su calle y os decían
que era imposible ver desde la presa
la negrura del fondo.

La oscuridad enseña a no burlarse
de lo desconocido, pero ¿Cuál 
sería el precio entonces? ¿Qué darías
a cambio de saber lo que hay debajo?

El corazón perplejo – Carlos Marzal

Desventurado corazón perplejo,		
inconsecuente corazón,		
                  no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,		
no temas nunca más por lo que has visto.		
Calamitoso corazón,		
               alienta.

Aprende en este ahora		
el pálpito que vuelve con lo eterno,		
para latir conforme en valentía.		
Los números del mundo están cifrados		
en la clave de un sol tan rutilante		
que te ciega los ojos si calculas.		
Ciégate en esperanza,		
                  errátil corazón,
suma los números.		
Un orden en su imán te está esperando.		

Desde el final del tiempo se levanta		
un ácido perfume de hojas muertas.		
Respíralo y respira su secreto.		
Abre de par en par tu incertidumbre.		
No permitas		
que encuentre domicilio la tibieza,		
ni que este inescrutable amor oscuro		
cometa el gran pecado de estar triste.		
Acógete a ti mismo en tus entrañas		
con tu abrazo más fuerte,		
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,		
gobierna tu ocasión de madurez.		

Insiste una vez más,		
aspira en estas rosas		
su pútrido fermento enamorado.		
En este desvarío de tu voz		
se desnuda el enigma, transparece		
la recompensa intacta de estar siendo.		

Aquí estamos tú y yo,		
altivo corazón,		
             en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.		
y a fuerza de cantar,		
                   enajenados.

Justificación de la poesía – Jorge Riechmann

La poesía es injustificable.		
La tensión de las sílabas no es ni con mucho tan alta		
como la de las zumbantes torres eléctricas hincadas en el lomo de la tierra.		
La energía represada en los versos resulta ridícula		
en comparación con la embalsada por la presa.		
La canción y el cirujano prestan ayuda a la vida		
—¿quién preferiría la de la canción?		
La poesía tiene manos de nieve,		
tiene manos de cebolla, tiene manos de arena.		
Su respuesta al último para qué		
es un silencio		
ensimismado de angustia y de esperanza.		

La respuesta del ser humano		
al último para qué		
es también un silencio		
ensimismado de angustia y de esperanza.		
El ser humano es injustificable.		

Cuando yo aún soy la vida – Francisco Brines

La vida me rodea, como en aquellos años
ya perdidos, con el mismo esplendor
de un mundo eterno. La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.
Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,
y un amor fatigado.

¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.