Quiero morir de amor esta tarde en el campo.
Estoy echado solo, con Dios y mi poesía,
sobre la tierra húmeda del castañar que el viento
del otoño descrencha con su peine de frío.
Mátame dulcemente, muerte que nos acechas:
ven ahora callada, ven ahora, callada
por el sendero, ahora que el corazón me tiembla
de amor, que todavía puedo darlo sangrante
y destrozado pero como una fuente puro.
Ven que quiero contarte esta tarde en el campo,
a ti, que sólo tú podrías consolarme,
todo el amargo cauce de mi llanto secreto,
a ti, que eres la única confidente que calla.
Un pájaro vuela por los pinos. ¿Son tus alas
las que mueven las nubes brillantes por el cielo
o vendrás cautelosa avanzando en la sombra,
y no oiré ni el crujido de las hojas pisadas?
Si eres libertadora de todo sufrimiento,
no, no vengas ahora a esta cita en el campo,
si te llamo no quiero el olvido en tu sueño
sino el quedar por siempre eterno en mi recuerdo.
Ven pronto, pronto, muerte. Ven, muerte, que te llamo,
antes que el corazón se me enturbie de odios
y me ciña el deseo con sus llamas ardientes.
Antes de que despierte el desprecio dormido,
ven, y en tu dura piedra, haz mi dolor eterno.
Ven, muerte, que no quiero olvidar, y ya veo
al fondo del dolor la aurora del olvido.
Ven, que quiero morir esta tarde en el campo.
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Trece – Javier Salvago
Me ha picado esta noche
la mosca de los celos en la oreja
y quisiera saber si estás en casa
o con otro, corriéndote una juerga.
Aunque andes de puntillas
se despierta la fiera
y uno que es liberal y no le importa
lo que hagan con la vida, si es ajena,
se vuelve suspicaz, mezquino, espía,
ve visiones, se amarga y se atormenta.
—Es el amor que pasa.
Pues que llame a otra puerta.
Verde hacia un río – Jorge Guillén
Pasa cerca, le adivino.
Con él cantan, y en follajes
Aun más sonoros —¡no bajes
De prisa! — pero sin trino,
Los pájaros. Es más fino
Su gorjeo infuso en masa
Vegetal. ¿Quién acompasa
La dicha? Desciende el monte
Muy despacio. Ven. Disponte
Ya a lo mejor. Cerca pasa.
EL DÍA TIENE EL DON DE LA ALTA SEDA… – Blanca Andreu
EL DÍA TIENE EL DON DE LA ALTA SEDA,
pétalos desandados por el pie de la noche,
monedas en corolas, eso dije.
Pero se izó la nube de magnolia hasta llegar al núcleo ahogado,
estambre eléctrico y pistilo triturado de amor,
monedas deshojadas por el terrible cheque templario
o bien las brujas vírgenes prudentes
y la plomiza nada milenaria.
El día tuvo el don de la alta seda,
amor mío, amor mío, y por eso aún escúchame,
por eso te repito el perdido poema,
amor mío, amor mío, tu voz que amé y que cruza
las pupilas moradas de los puentes,
y tu olor habitado, azul, y todo
lo que ahora abandono y abandonas
no sé con qué propósito,
ni sé de qué manera clandestina,
ahora, mientras yo rompo
la idea de tu rostro
y continúo ignorando
qué invierno,
qué arteria barroca del diciembre aquel,
qué orden despierto es el tuyo
mientras yo vivo sola, y duermo, y te detesto.
De luz y rosas – Julio Martínez Mesanza
Si no sabe de ti, mi alma no sabe,
acostumbrada al páramo sombrío,
donde estaban tu casa y esas rosas
y la luz que encendías a la noche;
la casa que jamás me abrió sus puertas,
pero sus rosas y su luz bastaban,
para saber de ti, de luz y rosas.
Tu superhéroe – Nach
Cuando la vida te golpee y te caigas,
yo me convertiré en el Hombre Colchón.
Si alguien se acerca para hacerte daño,
yo me convertiré en el Hombre Burbuja.
Cuando tengas ganas de llorar y no sepas dónde hacerlo,
yo me convertiré en el Hombre Hombro.
Si en algún momento te ves andando entre tinieblas,
yo me convertiré en el Hombre Antorcha.
Cuando estés caliente y necesites desahogarte,
yo me convertiré en el Hombre Pene.
Cuando te canses de mí, no te preocupes,
no tendré más remedio que convertirme en el Hombre Invisible.
Trasmundo – Abelardo Linares
Más allá del deseo y su luz torpe,
más allá de la risa, al otro lado
de ese instante sin tiempo o la nostalgia,
lejos de la razón, de la locura,
más allá de mí mismo, de la vida,
tan inútil, tan vieja conocida,
más allá de estos sueños, de esta muerte:
tras de la sombra en llamas de tus ojos.
Inspiración y gracia – José María Pemán
Nada hay perfecto en mí, sino las cosas que son apenas mías: el relámpago puro, la centella infinita. Todo me es dado en gracia: gracia humana o divina. La riqueza mejor de mis riquezas es mi riqueza gratuita. Riqueza no ganada: plenitud sin esfuerzo. Maestría que se me entró desnuda como el viento o el sol, por las rendijas mal cerradas del alma; luz robada; música no aprendida; rosa de otros jardines que la mano de Dios, porque Él lo quiso, puso en mi pecho mientras yo dormía. Inspiración y Gracia: todo lo que hay en mí claro y perfecto vino a mí, sin esfuerzo, en la alegría del sol de la mañana cuando yo estaba de rodillas. Todo, de vuelta, lo encontré en mi mesa: servido el pan y el agua, la lámpara encendida... Nunca salí al encuentro de las cosas: y las cosas mejores me fueron concedidas. ¡Señor: yo te bendigo por todas mis riquezas gratuitas!
Ilustre y hermosísima María… – Luis de Góngora y Argote
Ilustre y hermosísima María,mientras se dejan ver a cualquier horaen tus mejillas la rosada Aurora,Febo en tus ojos y en tu frente el día,y mientras con gentil descortesíamueve el viento la hebra voladoraque la Arabia en sus venas atesoray el rico Tajo en sus arenas cría;antes que, de la edad Febo eclipsadoy el claro día vuelto en noche obscura,huya la Aurora del mortal nublado;antes que lo que hoy es rubio tesorovenza a la blanca nieve su blancura:goza, goza el color, la luz, el oro.
Oda del ansia – Luis Rosales
No sólo yo. Silencio. Hay que afirmar el ansia.
Todo asombro profundo se convierte en milagro.
Tú solo, amor, tu sola evidencia desnuda
sobre el árbol sin agua que agoniza en el ojo.
Tú solo, amor, tú solo, primavera morena,
y los barcos que llevan tu ternura en el ancla.
La mano más pequeña desplegará la honda,
y aceptaré tu sueño sin preferencia alguna.
La fe es una visión temblorosa y alada.
Cuando crezca en el mar la emoción de la yerba
con un vasto temblor de prodigios tirantes,
tú solo, amor, tú solo y alerta, alerta, alerta.
Amor, amor de labios apretados, sin dientes,
todo arena de mar y disciplina oculta.
¿Tendrá sobre mi carne rubores de bautismo
tu ceniza colmada de sombra dolorida?
¿Será una adolescencia de mar? Tendrá una libre
movilidad sin norma de ciprés enclaustrado,
desplegada obediencia —simplísima— del hombro
taciturno de soles y sereno equilibrio.
¿Será un toro dormido sobre el pasto olvidado
tan henchido de sangre, soledad y ternura?
¿O un vuelo de palomas tiránico en la nieve,
evangelio de puentes y porvenir de arroyo?
La tierra, sí, la tierra; voy a hablar lentamente
de la rosa desnuda sin poder, del aroma
de tu fiebre sin nombre en infancias de almendro,
del silencio del remo acogido en el agua,
de enmohecidas veletas con dirección inmóvil,
y de angustias de largas y azules cabelleras.
No sólo yo. Silencio. Como un galgo tendida
mi oración se recorta definida en tu nombre.
Todo asombro profundo se convierte en milagro.
Tú solo, amor, tú solo, que te sueño desnudo
como un varal de nardos angustiados, tú solo
como un ciervo, en mi frente derramada en el agua.
Ambición de ser mar de las manos viriles.
La presencia es un ala del amor de las cosas,
ascensión hasta el vuelo que agoniza en el ojo
con la angustia imposible de la concha en la arena.
La mano más pequeña desplegará la honda.
¡Dame el cántico, amor, del puro vencimiento!
¡Mis manos son el mar y la brisa y la nube!
¡Tú solo, amor, tú solo, y alerta, alerta, alerta!