Hoy puedo amarte como nunca.
Esconderme en la caverna joven de tu cuerpo
Buscar el río profundo que la cruza
Liberar las palomas que anidan en tu pecho
Para enterrar el nombre de las cosas
Y volver a morir.
Archivo de la categoría: Poesia española
Happy ending – Jaime Gil de Biedma
Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.
Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.
Me sobra la poesía – Elvira Sastre
Me sobró el resto
desde el primer beso.
Amor,
a mí desde que estás
me sobra el amor por los cuatro puntos cardinales
de este país que no quería ser conquistado
y acabó enamorado de tu bandera.
Se me han roto las brújulas
y ahora mire donde mire
solo
estás
tú,
y un trozo de mar conjugado en futuro
y un beso en cada ola de tu marea
y varias frases cosidas a tu frente
para que leas poesía cada vez que te mires al espejo.
De igual manera
que me sobran las manos cuando no estás
y tengo demasiados latidos
para tan poco pecho
para tan poco pecho
--aunque me hayas
hecho el corazón más grande que la pena--,
del mismo modo
que mis pies pierden el ritmo
cundo no van a tu casa
--el aire solo se mueve
cuando tú bailas--
y el cartero me pregunta por ti
de tanto escribirle tu nombre...
De igual manera,
me sobran las formas
y las excusas
y las palabras,
me sobra hasta el silencio
y el eco de las estaciones,
me sobra el pasado
y la tristeza
y los poemas,
me sobra la cuidad
y los enamorados que cabalgan sobre ella,
me sobran las mentiras
--menos esas que consiguen
que te quedes un ratito más--,
me sobran todos los besos llenos de tinta
y todas las palabras manchadas de saliva,
me sobra tu casa
y la mía
y las noches que duran días,
me sobra esta bendita paz
y esta ausencia de ruidos
que me has regalado,
me sobras mis dedos
y mis sueños
y mis dedos que te sueñan
y mis sueños con tus dedos,
me sobra el miedo
y los callejones
y la luz,
me sobran las huellas
porque me sobra el camino.
Desde que estás
me sobra todo lo que tengo
--me sobra hasta lo que no tengo--
porque tú me das todo.
Mi vida,
desde que estás tú
lo único que me falta
es la muerte.
Y no la echo de menos
El Ángel de la música – Paloma Palao
A Antonio Colinas
No responde
la añoranza a la música, sí al esfuerzo
de una armonía
celeste y casi hallada. Tañe el laúd
y canta: esfuerzo sumo y aún anhela, contempla.
Hay un dolor, aunque su cabello
orle una franja, de fingidas piedras. Su cuello
es recio, cual de varón. Sus ojos
perdida
la hermosura tienen. Traspasa suave
la túnica sus alas. Hay un dolor del aire
detenido. Las cuatro cuerdas del laúd tan tensas
donde las manos
no reposan. El paraíso
está perdido en el esfuerzo: no es un ángel
quien tanto dolor siente.
Hojas de naranjo acompañan
tras del azar perdido su memoria.
El mar en persona – Juan Larrea
He aquí el mar alzado en un abrir y cerrar de ojos de pastor
He aquí el mar sin sueño como un gran miedo de tréboles en flor
y en postura de tierra sumisa al parecer
Ya se van con sus lanas de evidencia su nube y su labor
A la sombra de un olmo nunca hay tiempo que perder
Crédula exquisita la oscuridad sale a mi encuentro
Mi frente abriga la corteza del pan que llevo adentro
cortado a pico sobre un pájaro inseguro
Y así me alejo bajo la acción del piano
que me cose a las plantas precursoras del mar
Un ciervo de otoño baja a lamer la luna de tu mano
Y ahora a mi orilla el mundo se empieza a desnudar
para morirse de árboles al fondo de mis ojos.
Mis cabellos se llenan de peces de penumbra
y de esqueletos de navíos forzosos
Sin ir más lejos
tú eres fría como el hacha que derriba el silencio
en la lucha entre el paisaje y su golpe de vista
Mas cuando el cielo exporta sus célebres pianistas
y la lluvia el olor de mi persona
cómo tu hermoso corazón se traiciona
Las ciudades emergieron de la tierra… – Yaiza Martínez
Las ciudades emergieron de la tierra cuando abrí las Cartas a Theo
El pintor Fernando Fueyo hablaba por la radio de dar voz a los árboles;
de enseñar a los hombres y a las mujeres a mirar como los árboles
Desde el sur de Francia, Van Gogh repetía, insistentemente:
este sol para los artistas
Cerré el libro y, de pronto, nos vimos en Arles
contando agujeros de bala frente a un muro
Luego entramos al patio del sanatorio
con la esperanza de encontrar una oreja,
pues todo está en todo
parecía
el argumento de la realidad
Patio de los arrayanes – María del Carmen Pallarés
DESPIERTA el arrayán, el aire asciende,
dibuja el llanto un alarife ciego.
Ya es siena el corazón, añil la sangre,
gualda el sonido de los surtidores.
La muerte, amor, alumbra el tiempo: somos
los que volvemos de la despedida.
El patio nos abraza, su luz ciñe
otro milagro de dolor perfecto.
Laxitud – Ernestina de Champourcín
La tarde gris y triste me agobia,
tengo sueño;
estiro lentamente
mis dos brazos abiertos
que se prenden al aire;
quieren cazar el tiempo,
aprisionarlo pronto,
robarle su secreto,
deshacer bruscamente sus límites estrechos.
Quiero llorar: no sé;
quiero reír: no puedo.
Los deseos
se estrellan contra la inexorable inercia
del silencio;
sobre mi corazón rueda grávido al peso
de la existencia toda.
Al fin me desperezo.
Logro romper el cerco
del malsano sopor,
pero apenas lo venzo
ya me torna a invadir
quedamente su tedio.
Luego…
Ya no sé más;
suspiro,
me paseo,
exprimo el tormentoso
lagar de mi cerebro,
destilo el elixir de su inquietud
en mi pecho…
Sujeto en mi memoria
repite el pensamiento;
la tarde gris y triste me agobia,
¡tengo sueño!…
Supervivencia – José Manuel Caballero Bonald
Musgo mefítico, adherencia
matinal de lo inerte, día
a día arrastrándome
hacia un fondo de esponjas
oxidadas, broncas burbujas
balbucientes, tentáculos
que en las marañas de la noche
acechan.
Toco a ciegas
la luz, las alas
de las horas, escucho
cómo restallan los cristales
de la mañana llameando
desde el centro
del sueño, desde el centro.
Lentas ondas me emplazan
en lo opaco del día, busco
la cajita de yerbas, el papel
ocasional de los recados.
Salto
por fin al borde de la vida.
Gacela de la terrible presencia – Federico García Lorca
Yo quiero que el agua se quede sin cauce.
Yo quiero que el viento se quede sin valles.
Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin la flor del oro.
Que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra.
Que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.
Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.
Resisto un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.
Pero no me enseñes tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.
Déjame en un ansia de oscuros planetas,
¡pero no me enseñes tu cintura fresca!