Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

Madonna de Bellini – Julio Martínez Mesanza

Y siento que es inextinguible el alma;
hasta las lágrimas lo siento a veces,
como en santa maria la gloriosa,
cuando la dulce madre me esperaba
después de estar oculto tanto tiempo
bajo el abstracto e imperdonable frío.
un espacio vacío, muros blancos:
solo malvivo en sitios diferentes,
y, sin embargo, sé que alguna imagen
guarda la luz y el oro verdaderos.

Elegía en abril – Carilda Oliver Labra

Andaba yo volando por el suelo,
sin zapatos,
sin mi traje de nube de las nubes;
sola para tus manos,
patética,
inviolada,
pobre,
sola para tus manos,
sola,
y me empinaba hasta rozarte el ángel.
Andaba yo
-noche sobre la noche-
distraída en tu voz de inconfundibles dalias;
andaba yo como entre acosos de belleza,
clásica,
lírica,
absoluta,
y en las paredes profanadas por otros sin el sueño
rebotaban lejanías, pedazos de palabras,
besos
que guardaré mañana.
Mi boca dio en la tuya
como un ave de paso.
Pensé en abril
y en que las noches de amor son breves como
                                                      fósforos negros
De qué serán los versos sino de aquella sombra
que hicimos sobre el lecho?
Su enredadera me arroja en la inocencia
y otra vez soy la misma
que demoraba su salud de novia.

Me he preguntado hoy si tú entendías la media luz
si hallaste el todo,
si te faltaba piel, no quiero, entraña, como a mí.
Me he preguntado si asumes la ternura de memoria,
si odias tu trabajo, los relojes, mi ómnibus,
el alba fiera, insobornable...
¡Ay, tantas cosas...
(¡Qué trastorno hace aquí si te recuerdo,
qué venas tengo nuevas si me ayudas
a duplicar el alba
otra vez en mi frente!)
Y las preguntas pasan inalterables, con verano,
ayer, ahora, siempre,
siempre, ahora, ayer,
y quedo muda sobreseyendo un pájaro,
la fiebre, el mar,
la arena que debe estar contigo,
todas las soledades,
el desayuno triste como un acuerdo impronunciado.
¡Ay, qué palabra diré para ignorarte,
en cuál silencio no hablaré tu nombre
que ya supe!
Mira, te quejas y el amor instala
la agonía,
el tiempo,
la casa extraña donde empecé tu carne
hecha de estalactitas y misterios.
Mira, te quejas,
y yo me acojo a un zumo de azucenas porfiadas,
a niños que desean intervenir mi vientre.
Mira, te quejas,
y estoy yo sola con tu voz
-nelumbio, amarillez, cauto cristal-
viviendo el alarido de la noche muerta
que resucito en el poema.

Yo me pregunto hoy cómo aplacar el cisne,
lo inefable de tu tedio,
la marca de mi alma,
esto que no es morirme aunque me muero.
Y sigo oscura, oscura, oscura,
por gusto derramada,
como esos sauces que nos dicen llantos
que no oímos,
como esas olas que se acaban tan cerca y no miramos,
como esos cánceres horribles que ni duelen,
como esa luz que aunque es la luz porque es la luz
nos deja ciegos...

Yo me pregunto,
llama que no se dijo,
cerrada puerta,
óxido,
hueso maldito,
sed;
yo me pregunto cómo saberte a toda la sorpresa,
a adolescencia,
a naufragio por fin,
a vértigo,
a imposible;
cómo salir de pronto a condenar tu sangre,
a dividirte en truenos,
a ser otra
metida en tus gavetas de estudiante.
Pregunto,
y me socorren todos los incendios del mundo
y vuelvo sola,
y sola vuelvo
y vuelvo sola.
No sé qué tengo. Digo que es jueves
y me asesina un miércoles.
Llega el frío.
Paseo entre callados árboles
sin otro aviso
que el que me traen las horas que nos vieron.

A ti muchacha, que, de pronto, estrenas… – Antonio Gamoneda

A ti, muchacha, que, de pronto, estrenas
la juventud caliente de la risa,
a ti te estoy diciendo: eres precisa
en cierta soledad, en ciertas venas.

Crece la muerte con la vida. Apenas
le llega al corazón alguna brisa,
pero tú crecerías más deprisa;
la alegría que tú desencadenas.

Préstame, amiga, préstame temprano
tus ojos y tus pechos. Duramente
por la boca te sale mucha vida.

Esta hora es feroz. Dame la mano;
alcánzame una muerte sonriente;
pon tus labios desnudos en mi herida.

Suena mi oscura juventud y suena… – Antonio Gamoneda

Suena mi oscura juventud y suena
mi corazón extrañamente grave.
Es silencioso Dios. Yo no. Quién sabe
por qué esta y tanta cantidad de pena.

Parece que es dolor lo que me llena
hasta la altura de los ojos. Cabe
vida y muerte en mi voz, pero no hay llave
para abrir el amor; sólo hay cadena.

Lumbre lejana que me estás quemando
y no me dejas ver y no me tocas:
esto es un hombre, pero está llorando.

Sólo quiere vivir, pero en caliente.
Dime: ¡qué hago con las ganas locas
de ser agua en la sed, sed en la fuente?

¿Qué harás a estas horas con tus manos?… – Antonio Gamoneda

¿Qué harás a estas horas con tus manos?
¿A qué materias estarás cercana?
A la desolación de tu ventana,
¿trae la oscuridad ruidos humanos?

Me ocurre como todos los veranos:
me crece el corazón, me da la gana.
¡Vivir tan duramente la semana
y ahora no poder! ¡Ah ciudadanos!

Son las once en la noche. A lo mejor
es más tarde en la vida. Yo no veo
ninguna solución. Todo es peor.

Y tú, reina mortal, ¿en qué cal viva
pondrás los ojos a dormir? Paseo
como un perro; con sed, a la deriva.

Aquí hubo un amor, hubo una impura… – Antonio Gamoneda

Aquí hubo un amor, hubo una impura
floración de la sangre enamorada,
pero la sangre más desesperada
no tiene un fuego en que incendiar tu hondura.

Como un ángel te vas; como la oscura
juventud del dolor; como una espada
de amargura y de viento, derrotada
por el hierro y la sed de la ternura.

En ti acaba la noche, en tu ribera,
y el agua amante y la pasión dormida,
y, en tu boca, mi boca verdadera.

Únicamente porque muere, canta
mi palabra desnuda y retorcida:
hacia ti, como un puño, se levanta.

Arráncate la luz de la mirada… – Antonio Gamoneda

Arráncate la luz de la mirada.
Los ángeles del bien están hundidos.
Voluntades de nubes y de nidos
son la ceniza de la madrugada.

Arráncate la luz, que ya es llegada
la hora de los cielos descendidos,
y desgarra tus labios encendidos,
que está abajo la tierra enamorada.

Está abajo la tierra y, por metales,
lentos barcos de amor, vagan los muertos
y no lloran: cantan, horizontales.

Es la boca de Dios. Estremecida,
en la vieja pasión de los desiertos,
clama, abajo, caliente, por tu vida.

Mala hora – José Manuel Caballero Bonald

Tristeza de la caja de latón
vacía y el color azafrán
de la pared.

Tristeza de la puerta
condenada y de los arriates del jardín
donde se han ido acumulando
los segmentos nocivos de los días
y del derramamiento de la bruma
con su rastrero fleco de hopalanda.

Tristeza de la luz
de acetileno y de los zócalos
tan blancos de los hospitales y de la lenta
respiración de la basura y de los charcos
al pie de las farolas del amanecer.

Tristeza de los maniquíes
amontonados en su osario y del resol
municipal ungiendo
los bancos herrumbrosos del domingo.

Tristeza
de estar aquí acordándome de algo
que queda ya más lejos que el recuerdo.