Archivo de la categoría: Premio Nobel

Las palabras – Octavio Paz

Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.

Me falta tiempo para celebrar tus cabellos… – Pablo Neruda

Me falta tiempo para celebrar tus cabellos.
Uno por uno debo contarlos y alabarlos:
otros amantes quieren vivir con ciertos ojos,
yo sólo quiero ser tu peluquero.

En Italia te bautizaron Medusa
por la encrespada y alta luz de tu cabellera.
Yo te llamo chascona mía y enmarañada:
mi corazón conoce las puertas de tu pelo.

Cuando tú te extravíes en tus propios cabellos,
no me olvides, acuérdate que te amo,
no me dejes perdido ir sin tu cabellera

por el mundo sombrío de todos los caminos
que sólo tiene sombra, transitorios dolores,
hasta que el sol sube a la torre de tu pelo.

La mujer del circo – Han Kang

Una mujer suspendida en el aire,
envuelto su cuerpo semidesnudo
en una larga tela roja.
        
En el techo del sepulcro, intensas estrellas azules.
Enterrados vivos, brillan nuestros ojos 
cada vez que 
una vuelta de tela se desenrolla de tu cuerpo. 
¡Tuc!
¡Tuc!
Es la vida que se precipita.

No te preocupes,
tengo nueve vidas, 
quizás diecinueve o noventa y nueve.

Cuando abra los ojos después de morir noventa y ocho veces,
arquearé la espalda acurrucada como un feto
y me dejaré caer una vez más con agilidad. 
			 
Estiraré aún más la pierna 
envuelta en la cuerda roja.
			 
Enderezaré en el vacío
hasta el tobillo roto.
			 
Como las bolas de colores 
que lanza el payaso con los ojos vendados 
caeré cada vez más rápido 
o me perderé para siempre.
			 
¡Tuc!
¡Tuc!
Si oigo un canto fúnebre,
sollozos de dolor,
saldré a su encuentro
más y más 
abajo.

Materia nupcial – Pablo Neruda

De pie como un cerezo sin cáscara ni flores,
especial, encendido, con venas y saliva,
y dedos y testículos,
miro una niña de papel y luna,
horizontal, temblando y respirando y blanca
y sus pezones como dos cifras separadas,
y la rosal reunión de sus piernas en donde
su sexo de pestañas nocturnas parpadea.

Pálido, desbordante,
siento hundirse palabras en mi boca,
palabras como niños ahogados,
y rumbo y rumbo y dientes crecen naves,
y aguas y latitud como quemadas.
La pondré como una espada o un espejo,
y abriré hasta la muerte sus piernas temerosas,
y morderé sus orejas y sus venas,
y haré que retroceda con los ojos cerrados
en un espeso río de semen verde.

La inundaré de amapolas y relámpagos,
la envolveré en rodillas, en labios, en agujas,
la entraré con pulgadas de epidermis llorando
y presiones de crimen y pelos empapados.

La haré huir escapándose por uñas y suspiros,
hacia nunca, hacia nada,
trepándose a la lenta médula y al oxígeno,
agarrándose a recuerdos y razones
como una sola mano, como un dedo partido
agitando una uña de sal desamparada.

Debe correr durmiendo por caminos de piel
en un país de goma cenicienta y ceniza,
luchando con cuchillos, y sábanas, y hormigas
y con ojos que caen en ella como muertos,
y con gotas de negra materia resbalando
como pescadores ciegos y balas de agua gruesa.

Poema a boca cerrada – José Saramago


      No diré:
      Que el silencio me ahoga y amordaza.
      Callado estoy, callado he de quedarme,
      Que la lengua que hablo es de otra raza.
     
      Palabras consumidas se acumulan,
      Se estancan, aljibe de aguas muertas,
      Agrias penas en limos transformadas,
      Raíces retorcidas en el fango del fondo.
       
      No diré:
      Que ni siquiera el esfuerzo de decirlas merecen,
      Palabras que no digan cuanto sé
      En este retiro en que no me conocen.
       
      No sólo barros se arrastran, no sólo lamas,
      No sólo animales flotan, muertos, miedos,
      Túrgidos frutos en racimos se entrelazan
      En el oscuro pozo de donde suben dedos.
       
      Sólo diré,
      Crispadamente recogido y mudo,
      Que quien se calla cuanto me callé
      No se podrá morir sin decir todo.

Laberinto – José Saramago

En mí te pierdo, aparición nocturna,
En este bosque de engaños, en esta ausencia,
En la neblina gris de la distancia,
En el largo pasillo de puertas falsas.

De todo se hace nada, y esa nada
De un cuerpo vivo enseguida se puebla,
Como islas del sueño que entre la bruma
Flotan, en la memoria que regresa.

En mí te pierdo, digo, cuando la noche
Sobre la boca viene a colocar el sello
Del enigma que, dicho, resucita
Y se envuelve en los humos del secreto.

En vueltas y revueltas que me ensombrecen,
En el ciego palpar con los ojos abiertos,
¿Cuál es del laberinto la gran puerta,
Dónde el haz de sol, los pasos justos?

En mí te pierdo, insisto, en mí te huyo,
En mí el cristal se funde, se hace pedazos,
Mas cuando el cuerpo cansado se quiebra
En ti me venzo y salvo, en ti me encuentro.

Cuestión de palabras – José Saramago

Pongo sobre el papel palabras muertas
Como sellos lamidos de otras lenguas
O insectos atrapados por sorpresa
En el rigor impersonal del alfiler.

De palabras sacadas a subasta
Lleno escenarios de pasmo y de bostezo:
En las puertas me muestro, engalonado,
Pasando flores secas por entradas.

Quién pudiera saber de qué manera
Las palabras son rosas en el rosal.

Intimidad – José Saramago

En el corazón de la mina más secreta,
En el interior del fruto más distante,
En la vibración de la nota más discreta,
En la caracola espiral y resonante,

En la capa más densa de pintura,
En la vena que en el cuerpo más nos sonde,
En la palabra que diga más blandura,
En la raíz que más baje, más esconda,

En el silencio más hondo de esta pausa,
Donde la vida se hizo eternidad,
Busco tu mano y descifro la causa
De querer y no creer, final, intimidad.