Tierra – Yang Lian

la muerte    reduce las repeticiones a una sola vez
a noche tormentosa
se hunde en doce espejos
un prado limpia estas oraciones

los cisnes    una biblioteca blanca como nieve
doce catálogos pasean
en las botellas femeninas de plata
claro de luna    olas rugientes

no puedes ver
la siesta dorada de la tarde en ojos de nácar
septiembre inscrito de palabras   tan profundo como 
    un rostro
hablas    entonces debes existir

bajo los pies    una habitación a prueba de sonido se
    abre de par en par
doce bordes reflejan a los visitantes
un zoológico de cristal
de un lejano susurro intergaláctico

la vez necesaria
al menos    en el espejo
los dioses al revés
sin tu carne y tu sangre sombrías

Entonces y además – Blas de Otero

Cuando el llanto, partido en dos mitades,
cuelga, sombríamente, de las manos,
y el viento, vengador, viene y va, estira
del corazón, ensancha el desamparo.

Cuando el llanto, tendido como un llanto
silencioso, se arrastra por las calles
solitarias, se enreda entre los pies,
y luego suavemente se deshace.

Cuando morir es ir donde no hay nadie,
nadie, nadie; caer, no llegar nunca,
nunca, nunca; morirse y no poder
hablar, gritar, hacer la gran pregunta.

Cuando besar a una mujer desnuda
sabe a ceniza, a bajamar, a broza,
y el abrazo final es esa franja
sucia que deja, en bajamar, la ola.

Entonces, y también cuando se toca
con las dos manos el vacío, el hueco,
y no hay donde apoyarse, no hay columnas
que no sean de sombra y de silencio.

Entonces, y además cuando da miedo
ser hombre, y estar solo es estar solo,
nada más que estar solo, sorprenderse
de ser hombre, ajenarse: ahogarse solo.

Cuando el llanto, parado ante nosotros...

Desdén – Susana March

Después de todo, tú no me haces falta.
Al fin, ¿quién eres tú? Nervios y sangre,
carne que ha de podrirse en el sepulcro;
un puñado de polvo solamente.

Si he de morir después de haberte amado
¿la muerte me será más llevadera?
¿Qué haré en la tumba con tus dulces besos
temblándome en la boca descarnada?

¿Podré seguir soñando? ¿Habrás de darme
nueva vida quizá? ¡Eres tan poco!
Nada importa que alientes si algún día
has de dejar de ser. Hoy eres fuerte.

Mañana jugará un niño en el campo
con tus huesos antiguos, destruidos.
¿Para qué un alma que no tienes,
que no tendrás jamás? ¡No me haces falta!

Voy recogiendo pálidas estrellas,
hierba estelar con que formar mi tumba.
Allá, en las sombras, tú estarás inmóvil.
¡Mas yo me agitaré en las margaritas!

Para el visitante del amanecer – Tetsuo Nakagami

A la hora en que trata de acostarse, cansado de escribir poemas,
se le acercan unos pasos en línea recta, triturando hojas secas.
Vienen hacia la casa del hombre. Desde muy lejos.

Alguien mete la cabeza por la ventana del estudio para leer
los manuscritos, todavía no terminados, que están sobre
el escritorio. Con entusiasmo. Sólo para eso viene él desde
muy lejos. Noche tras noche. Y se va al terminar de leerlos.
Hacia el fondo del bosque.

Cada vez que escribe un poema, el hombre se siente
afl igido, pensando que nadie lo leerá por más que escriba.
Pero ahora, él recuerda con felicidad que sí tiene un lector:
el único lector, cabezón, del mundo.

Esta mañana, el hombre se quedó dormido encima de los
manuscritos de sus poemas. Por el cansancio del día. Él
aguardó con paciencia a que se despertara el hombre. Fuera
de la ventana. Pero se marchó sigilosamente antes de que
Venus desapareciera en el cielo oriental. Hacia el fondo del
bosque.

¿Quién es él? El hombre no tiene la menor idea. Nunca lo
ha visto. Sólo percibe su presencia con seguridad, debido a
la mancha en los manuscritos y el fuerte olor que su cuerpo
deja tras su paso.

El rencor – Yutaka Hosono

El soldado murió golpeado.
Murió golpeado por el cabo
que lo tiró a puñetazos,
lo forzó a levantarse
y lo siguió golpeando.
Finalmente, el soldado cayó de bruces
y murió.
Detrás de la cerca
brillaron los ojos de unos niños
entre los cuales siguen brillando
los míos.
El soldado murió callado,
reprimiendo su cólera, su terror y su reclamo.
¿Cuántos soldados murieron así?
Que no sea la muerte nada más que una pérdida;
que se llene el mundo con las almas
de los que mueren oprimidos.

El agua y Mongolia – Toriko Takarabe

No pienso en el mar cuando tomo agua.
De pie en la cocina,
sólo alzo la mirada hacia el sucio ventilador azul.

No siento ni en el corazón ni en la espalda
las oleadas lejanas de la boca del río o de la bahía.
Que en medio de la llanura de Mongolia, parecida al mar,
haya un paso
con televisor
no se me ocurre, tampoco que el cuerpo humano
sea casi por completo de agua
ni que el alma sea de agua.

Cuando tomo agua,
con cariño corre una oveja por la tráquea
como una pincelada pianísima.
En ese instante el cuerpo sosegado
tiembla con fuerza,
pero no pienso en los mongoles que persiguen las ovejas
cuando el agua atraviesa la garganta

Ni tú pensarás cuando tomas agua
en hombres mongoles.
Ante el eco del sonido gutural,
no se te ocurrirá pensar
que los mongoles caminan hacia la orilla
a grandes zancadas con botas largas de cuero de oveja

Caminen, hasta donde resplandece el agua.
Al soplar el viento sobre la llanura seca de la orilla,
los pastos bajitos ondulan, como si las ovejas
estuvieran dormitando.
Los pastos secos se erizan susurrantes contra el viento,
la agilidad de los susurros movedizos,
¡qué brincos tan suaves!: –nada de esto
lo pensarán cuando el agua atraviesa la garganta.

Sólo de un vaso transparente
tomamos agua a borbotones sin pensar en nada.
Es lo más lógico.

El cielo de la nevera – Ruriko Mizuno

Un bocadillo de invierno en un plato
en cuyo extremo
sin cesar
está nevando.

(El mundo es mítico.)

    Una noche así,
    en un rincón del cielo,
    agoniza un gigante,
    con su campo de cultivo manchado de sangre...

    Una noche así,
    en el revés de las estrellas
    el sol del ocaso burbujea susurrante,
    mientras la madre difunta da a luz un bebé
    sobre la sábana ondulante color rosado.

(El mundo gira varias veces).

Cierro la puerta,
y en la cocina, lejos de la bóveda celeste
lavo las fresas del invierno pleno.
Bajo el encierro del cielo nocturno,
el plato helado
se atrasa
en el sueño.

Pájaro Carpintero – Kazuko Shiraishi

aparece un pájaro carpintero que industrioso
perfora un hueco en la cabaña
un hombre vuela y lo amenaza

durante 8 años el hombre
construyó la casa
para su esposa y dos hijos
entonces
antes de que el pájaro carpintero perforara el hueco
otro invisible pájaro carpintero llegó
y picoteó a la esposa

de ahí la mujer
voló hacia alguna parte
y no regresó más

aparece un pájaro carpintero que industrioso
picotea la cabaña de un hombre

Ruina – Leopoldo María Panero

Padezco de una extraña comunicación con el estiércol
Bautizado por el Papa Negro de la ruina
Un papa al que no dejan salir electo
Unos buitres asexuados sin religión
Y el buitre volando sobre la página
Sobre el ciervo de la ruina
Sobre el ciervo atroz del desastre
Y todos mis poemas son un himno al desastre
Y la única comunión debe ser comunión con la ruina
Y la única compasión, compasión con la ruina
Y con la perfecta belleza del desastre.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades