Una vez nos juntamos a celebrar
los cien años de Pessoa; a cada cual
le correspondía un heterónimo,
a mí me tocó en suerte Álvaro de
Campos, ingeniero y cosmopolita,
desenfadadamente maricón, según
contaba Ofelia. La casa era una
de esas antiguas casas señoriales
donde hubiéramos tenido que entrar
por la puerta de servicio. Ni el vino
ni las velas nos salvaron del invierno,
a punto de partir como nosotros: fue,
sin embargo, la última noche que hizo frío.
El amor en un bote de cristal – Elvira Sastre
La soledad es mirar a uno ojos que no te miran.
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvió la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
Ororó (fragmento) – Ana Strauss
Ahora bien
ahora, sin mis pies pisando el suelo
la mirada hastiada
encuentra belleza
ahora la mirada
mira las sillas y la mesa
el sol se posa con cierta alegría en el cuenco
la palabra sol
derrama su luz
el color en la vocal donde me ovillo
y buscando algo de sombra
allí cuando la mirada se vuelve
y la mirada descubre el rostro en la mano del que mira
la línea del rostro donde fuimos manos
el minuto donde las manos otean
el rostro, la línea de cada letra hecha
y la línea del rostro
dirá
velada
y qué se mira en el rostro
qué se mira en la cara querida
qué se mira en la línea que define el gesto
la cara hecha a media hora
y cuando en los ojos cerrados qué
memoria de dátil
de ovillo
donde la mirada se opaca
una imagen que borre otra imagen
y acaso volver a
amar
entre pared
humo
la mirada ahumada
la mañana ahumada
el rostro
eso que dice rostro
la inminencia del rostro
y su perpleja perplejidad
trasiego
algo en la mirada se añica
hasta que la mirada vuelva a componer
atisbo
mil años en un parpadeo
entre salinas y huellas de sol
entre mi vestido y mi enagua
huella anterior
ahora en mi galope
mis leguas de galope
mil leguas en la salina
me leguo mil leguas más
entre hierro y herraje
un día
cerrar los ojos
respirar
los párpados cerrados
mil leguas al galope, mil lunas al galope
que el palabrerío
desencadene
las palabras anteriores
II
mira hacia la ventana
la ventana
la mesa
la vela
el plato
la copa
la casa la casa la casa
tres nombres la casa
llamo a esa rosa
la cito
dice la didascalia:
diez veces tirar los dados
cerrar la puerta
(lo haré)
en el lugar común de la belleza
la belleza de la rosa
la rosa, mira, la rosa
la rosa
es mirada
aunque la rosa completa sobre la mesa
llamo a esa rosa
la cito
rosa allí
inmóvil
sobre la tierra de toda tierra
a cada palabra en cada palabra a las palabras
adornarlas
ignorarlas
quemarlas hasta el tedio
hasta el cansancio
hasta el más acá de todos los sitios
amarlas hasta el cansancio
hasta el tedio y la distracción
habría que amarlas para hacerlas oro, rubí y coco, fruta y limón
habría que amarlas hasta el cansancio, hasta mañana, hoy, ayer y siempre
habría que amarlas como niñas
como ancianas
amarlas hasta el hastío, hasta la risa
hasta la rosa
III
debería yo
rascar mis manos hasta encontrar aceite
fuego, brasas
debería
hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena
debería entre mis manos
hacer arena
deletrear luces
al cabo de unas horas se abren los ojos
a veces soy mientras duermo
dedos de una mano
la tonalidad de una luz al atardecer
mi mareo se adelanta
debería
hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena
debería entre mis manos
hacer arena
en días
debería encontrar hojas, asir el cabello
pausar en cada paso
antes de enunciar
hablaré con cada letra
arrogancia
el baile de las letras, su danza y entre el sueño se me huyen
la mañana anterior moldeada
palpo esa idea anterior entre mis manos
mirar antes
mirar lo que viene andando
entre lo que es mi cuello y labios sellados
yo me estoy hablándome a mí y de hablar entre mi piel
me estoy hablando
cuando cierro las pupilas
desarraigo las pupilas
jazmín, amarro una rama
amarro un paso del día
de ese día sobre mi palabra
la boca
los pies
me retumbo en mí diciendo
debería hacer arena en mis manos
en la elocuencia de las manos porosas
detenerme paso a paso
haciendo mi jazmín de noche
a la mañana siguiente
haciéndome
paso a paso en el telón
allá hacia el jardín de mi cuello
al cabo de unas horas se abren los ojos
soy durmiéndome
mis ojos caen
interior
en mi lengua sujeto el agua
que el palabrerío
desencadene
las palabras anteriores
allí no reconozco las orillas
de mis palabras nada
se me vacían los ojos
llueve
de allí la imagen
primero la comisura
primero en la comisura
primero está la comisura
he perdido la mirada de mis pies
mi sombra más lejos
me desmembró de mis otras orillas
debería yo
deletrear luces
al cabo de unas horas se abren los ojos
se recobran los ojos
antes del deseo
aún antes del deseo
he olvidado qué decirme
las manos palpan algunas piedras o perlas
se hace una pedrería en la garganta
ahora, sin mis pies pisando el suelo
una imagen que borre otra imagen
y acaso volver a
amar.
Poema a boca cerrada – José Saramago
No diré:
Que el silencio me ahoga y amordaza.
Callado estoy, callado he de quedarme,
Que la lengua que hablo es de otra raza.
Palabras consumidas se acumulan,
Se estancan, aljibe de aguas muertas,
Agrias penas en limos transformadas,
Raíces retorcidas en el fango del fondo.
No diré:
Que ni siquiera el esfuerzo de decirlas merecen,
Palabras que no digan cuanto sé
En este retiro en que no me conocen.
No sólo barros se arrastran, no sólo lamas,
No sólo animales flotan, muertos, miedos,
Túrgidos frutos en racimos se entrelazan
En el oscuro pozo de donde suben dedos.
Sólo diré,
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé
No se podrá morir sin decir todo.
Laberinto – José Saramago
En mí te pierdo, aparición nocturna,
En este bosque de engaños, en esta ausencia,
En la neblina gris de la distancia,
En el largo pasillo de puertas falsas.
De todo se hace nada, y esa nada
De un cuerpo vivo enseguida se puebla,
Como islas del sueño que entre la bruma
Flotan, en la memoria que regresa.
En mí te pierdo, digo, cuando la noche
Sobre la boca viene a colocar el sello
Del enigma que, dicho, resucita
Y se envuelve en los humos del secreto.
En vueltas y revueltas que me ensombrecen,
En el ciego palpar con los ojos abiertos,
¿Cuál es del laberinto la gran puerta,
Dónde el haz de sol, los pasos justos?
En mí te pierdo, insisto, en mí te huyo,
En mí el cristal se funde, se hace pedazos,
Mas cuando el cuerpo cansado se quiebra
En ti me venzo y salvo, en ti me encuentro.
Estos días azules y este sol de la infancia… – Elvira Sastre
Estos días azules y este sol de la infancia,
este camino que sigo, que nunca acaba,
que me lleva a todos esos lugares que me nombran
y abrazo, yo también, con la memoria de los versos imborrables.
Cuestión de palabras – José Saramago
Pongo sobre el papel palabras muertas
Como sellos lamidos de otras lenguas
O insectos atrapados por sorpresa
En el rigor impersonal del alfiler.
De palabras sacadas a subasta
Lleno escenarios de pasmo y de bostezo:
En las puertas me muestro, engalonado,
Pasando flores secas por entradas.
Quién pudiera saber de qué manera
Las palabras son rosas en el rosal.
Intimidad – José Saramago
En el corazón de la mina más secreta,
En el interior del fruto más distante,
En la vibración de la nota más discreta,
En la caracola espiral y resonante,
En la capa más densa de pintura,
En la vena que en el cuerpo más nos sonde,
En la palabra que diga más blandura,
En la raíz que más baje, más esconda,
En el silencio más hondo de esta pausa,
Donde la vida se hizo eternidad,
Busco tu mano y descifro la causa
De querer y no creer, final, intimidad.
Ha de haber – José Saramago
Ha de haber un color por descubrir,
Un juntar de palabras escondido,
Ha de haber una llave para abrir
La puerta de este muro desmedido.
Ha de haber una isla más al sur,
Una cuerda más tensa y resonante,
Otro mar que nade en otro azul,
Otra altura de voz que mejor cante.
Poesía tardía que no llegas
A decir la mitad de lo que sabes:
No callas, cuando puedes, ni reniegas
De este cuerpo casual en que no cabes.
Somos mujeres – Elvira Sastre
Miradnos.
Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.
Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.
Miradnos.
Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.
Miradnos.
Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos el tropiezo de otro
que pretende marcar un camino que no existe.
Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a volar a los pájaros.
Miradnos.
Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.
Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.
Miradnos.
Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.
He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.
Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.
Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.
Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.