No quería salir de noche – Cristián Gómez Olivares

Una vez nos juntamos a celebrar
los cien años de Pessoa; a cada cual
le correspondía un heterónimo,
a mí me tocó en suerte Álvaro de
Campos, ingeniero y cosmopolita,
desenfadadamente maricón, según
contaba Ofelia. La casa era una
de esas antiguas casas señoriales
donde hubiéramos tenido que entrar
por la puerta de servicio. Ni el vino
ni las velas nos salvaron del invierno,
a punto de partir como nosotros: fue,
sin embargo, la última noche que hizo frío.

El amor en un bote de cristal – Elvira Sastre

La soledad es mirar a uno ojos que no te miran.

Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.

Añoro el mar
alcanzo a decir.

No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvió la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.

Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.

La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.

Ororó (fragmento) – Ana Strauss

Ahora bien

ahora, sin mis pies pisando el suelo

la mirada hastiada

encuentra belleza

ahora la mirada

mira las sillas y la mesa

el sol se posa con cierta alegría en el cuenco

la palabra sol

derrama su luz

el color en la vocal donde me ovillo

y buscando algo de sombra

allí cuando la mirada se vuelve

y la mirada descubre el rostro en la mano del que mira

la línea del rostro donde fuimos manos

el minuto donde las manos otean

el rostro, la línea de cada letra hecha

y la línea del rostro

dirá

velada

y qué se mira en el rostro

qué se mira en la cara querida

qué se mira en la línea que define el gesto

la cara hecha a media hora

y cuando en los ojos cerrados qué

memoria de dátil

de ovillo

donde la mirada se opaca

una imagen que borre otra imagen

y acaso volver a

amar

entre pared

humo

la mirada ahumada

la mañana ahumada

el rostro

eso que dice rostro

la inminencia del rostro

y su perpleja perplejidad

trasiego

algo en la mirada se añica

hasta que la mirada vuelva a componer

atisbo

mil años en un parpadeo

entre salinas y huellas de sol

entre mi vestido y mi enagua

huella anterior

ahora en mi galope

mis leguas de galope

mil leguas en la salina

me leguo mil leguas más

entre hierro y herraje

un día

cerrar los ojos

respirar

los párpados cerrados

mil leguas al galope, mil lunas al galope

que el palabrerío

desencadene

las palabras anteriores

II

mira hacia la ventana

la ventana

la mesa

la vela

el plato

la copa

la casa la casa la casa

tres nombres la casa

llamo a esa rosa

la cito

dice la didascalia:

diez veces tirar los dados

cerrar la puerta

(lo haré)

en el lugar común de la belleza

la belleza de la rosa

la rosa, mira, la rosa

la rosa

es mirada

aunque la rosa completa sobre la mesa

llamo a esa rosa

la cito

rosa allí

inmóvil

sobre la tierra de toda tierra

a cada palabra en cada palabra a las palabras

adornarlas

ignorarlas

quemarlas hasta el tedio

hasta el cansancio

hasta el más acá de todos los sitios

amarlas hasta el cansancio

hasta el tedio y la distracción

habría que amarlas para hacerlas oro, rubí y coco, fruta y limón

habría que amarlas hasta el cansancio, hasta mañana, hoy, ayer y siempre

habría que amarlas como niñas

como ancianas

amarlas hasta el hastío, hasta la risa

hasta la rosa

III

debería yo

rascar mis manos hasta encontrar aceite

fuego, brasas

debería

hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena

debería entre mis manos

hacer arena

deletrear luces

al cabo de unas horas se abren los ojos

a veces soy mientras duermo

dedos de una mano

la tonalidad de una luz al atardecer

mi mareo se adelanta

debería

hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena

debería entre mis manos

hacer arena

en días

debería encontrar hojas, asir el cabello

pausar en cada paso

antes de enunciar

hablaré con cada letra

arrogancia

el baile de las letras, su danza y entre el sueño se me huyen

la mañana anterior moldeada

palpo esa idea anterior entre mis manos

mirar antes

mirar lo que viene andando

entre lo que es mi cuello y labios sellados

yo me estoy hablándome a mí y de hablar entre mi piel

me estoy hablando

cuando cierro las pupilas

desarraigo las pupilas

jazmín, amarro una rama

amarro un paso del día

de ese día sobre mi palabra

la boca

los pies

me retumbo en mí diciendo

debería hacer arena en mis manos

en la elocuencia de las manos porosas

detenerme paso a paso

haciendo mi jazmín de noche

a la mañana siguiente

haciéndome

paso a paso en el telón

allá hacia el jardín de mi cuello

al cabo de unas horas se abren los ojos

soy durmiéndome

mis ojos caen

interior

en mi lengua sujeto el agua

que el palabrerío

desencadene

las palabras anteriores

allí no reconozco las orillas

de mis palabras nada

se me vacían los ojos

llueve

de allí la imagen

primero la comisura

primero en la comisura

primero está la comisura

he perdido la mirada de mis pies

mi sombra más lejos

me desmembró de mis otras orillas

debería yo

deletrear luces

al cabo de unas horas se abren los ojos

se recobran los ojos

antes del deseo

aún antes del deseo

he olvidado qué decirme

las manos palpan algunas piedras o perlas

se hace una pedrería en la garganta

ahora, sin mis pies pisando el suelo

una imagen que borre otra imagen

y acaso volver a

amar.

Poema a boca cerrada – José Saramago


      No diré:
      Que el silencio me ahoga y amordaza.
      Callado estoy, callado he de quedarme,
      Que la lengua que hablo es de otra raza.
     
      Palabras consumidas se acumulan,
      Se estancan, aljibe de aguas muertas,
      Agrias penas en limos transformadas,
      Raíces retorcidas en el fango del fondo.
       
      No diré:
      Que ni siquiera el esfuerzo de decirlas merecen,
      Palabras que no digan cuanto sé
      En este retiro en que no me conocen.
       
      No sólo barros se arrastran, no sólo lamas,
      No sólo animales flotan, muertos, miedos,
      Túrgidos frutos en racimos se entrelazan
      En el oscuro pozo de donde suben dedos.
       
      Sólo diré,
      Crispadamente recogido y mudo,
      Que quien se calla cuanto me callé
      No se podrá morir sin decir todo.

Laberinto – José Saramago

En mí te pierdo, aparición nocturna,
En este bosque de engaños, en esta ausencia,
En la neblina gris de la distancia,
En el largo pasillo de puertas falsas.

De todo se hace nada, y esa nada
De un cuerpo vivo enseguida se puebla,
Como islas del sueño que entre la bruma
Flotan, en la memoria que regresa.

En mí te pierdo, digo, cuando la noche
Sobre la boca viene a colocar el sello
Del enigma que, dicho, resucita
Y se envuelve en los humos del secreto.

En vueltas y revueltas que me ensombrecen,
En el ciego palpar con los ojos abiertos,
¿Cuál es del laberinto la gran puerta,
Dónde el haz de sol, los pasos justos?

En mí te pierdo, insisto, en mí te huyo,
En mí el cristal se funde, se hace pedazos,
Mas cuando el cuerpo cansado se quiebra
En ti me venzo y salvo, en ti me encuentro.

Cuestión de palabras – José Saramago

Pongo sobre el papel palabras muertas
Como sellos lamidos de otras lenguas
O insectos atrapados por sorpresa
En el rigor impersonal del alfiler.

De palabras sacadas a subasta
Lleno escenarios de pasmo y de bostezo:
En las puertas me muestro, engalonado,
Pasando flores secas por entradas.

Quién pudiera saber de qué manera
Las palabras son rosas en el rosal.

Intimidad – José Saramago

En el corazón de la mina más secreta,
En el interior del fruto más distante,
En la vibración de la nota más discreta,
En la caracola espiral y resonante,

En la capa más densa de pintura,
En la vena que en el cuerpo más nos sonde,
En la palabra que diga más blandura,
En la raíz que más baje, más esconda,

En el silencio más hondo de esta pausa,
Donde la vida se hizo eternidad,
Busco tu mano y descifro la causa
De querer y no creer, final, intimidad.

Ha de haber – José Saramago

Ha de haber un color por descubrir,
Un juntar de palabras escondido,
Ha de haber una llave para abrir
La puerta de este muro desmedido.

Ha de haber una isla más al sur,
Una cuerda más tensa y resonante,
Otro mar que nade en otro azul,
Otra altura de voz que mejor cante.

Poesía tardía que no llegas
A decir la mitad de lo que sabes:
No callas, cuando puedes, ni reniegas
De este cuerpo casual en que no cabes.

Somos mujeres – Elvira Sastre

Miradnos.

Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.

Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.

Miradnos.

Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.

Miradnos.

Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos el tropiezo de otro
que pretende marcar un camino que no existe.

Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a volar a los pájaros.

Miradnos.

Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.

Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.

Miradnos.

Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.

He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.

Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.

Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.

Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades