Me estás enseñando a amar… – Gerardo Diego

Me estás enseñando a amar.
               Yo no sabía.
Amar es no pedir, es dar,
               noche tras día.

La Noche ama al Día, el claro
               ama a la Oscura.
Qué amor tan perfecto y tan raro.
               Tú mi ventura.

El Día a la Noche alza, besa
               sólo un instante.
la Noche al Día -alba, promesa-
               beso de amante.

Me estás enseñando a amar.
               Yo no sabía.
Amar es no pedir, es dar.
               Mi alma, vacía.

Derrota – Cristina Peri Rossi

En el amor está inscrito el desamor
como las placas en el caparazón
de los galápagos.
Como los años
en los surcos del tronco de los árboles.

En el amor está inscrito el desamor
como el ocre en el ocre
como las huellas de una pintura
en la pintura
como el texto
en el palimpsesto.

Ninguna inocencia
en mi mirada enamorada
sin querer descubro
que los ojos que amo
serán un día los ojos por los que dejaré de amarte
y la risa que hoy festejo con alegría
será la que me alejará de vos.
La caricia que anhelo
mañana me dejará indiferente
y las noches de deleitoso placer
serán las pesadillas al despertar.

En el amor está inscrito el desamor
como en la vida está inscrita la muerte.

Oscuridad creadora – Rafael Guillén

Cierro los ojos y veo		
la oscuridad. Te veo a ti		
cuando no eras, cuando,		
antes de ti, ya estabas destinada		
a amarme. Tapo las rendijas		
del corazón, no huyendo del externo		
resplandor, sino para que no salga		
afuera esta creadora		
oscuridad en la que estoy amándote.		

Cierro los ojos y desciendo al pozo		
de tu amor y es su ciega		
negrura de azabache la que presta		
frescura al agua. Cierro		
las ventanas que miran a lo extenso		
de tu amor y lo más corpóreo y turbio		
de ti se me sitúa		
al alcance del beso.		

Cierro los ojos para verte,		
porque es desde la noche desde donde		
amanece, porque es de las tinieblas		
de donde surge el rayo, porque		
es de la oscuridad de donde nace		
todo lo que hace humana		
la luz.

El poema de amor que nunca escribirás – Carlos Marzal

Debería nombrar (debería intentarlo)		
el afán hasta hoy por ti dilapidado		
en perseguir amor, que quizá fuera tanto		
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,		
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,		
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.		

Debería acoger, dar lugar a unos labios		
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo		
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-		
diálogos de alcoba que pareciesen tangos		
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,		
siempre que en la distancia solemos evocarlos):		

De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,		
me consuela, mi amor, el fingir, fabulando,		
otra eterna contigo, cogidos de la mano.		
Y habría de alojar dictámenes sagrados,		
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:		
De entre todas las perras que en la noche he tratado,
		

la más perra eres tú. Debería, malsano,		
contener esas citas de los domingos vastos,		
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,		
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,		
con su aire de ramera experta en el contagio		
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.		

No podrían faltar los cuerpos del verano,		
cuando la adolescencia ardía por el tacto,		
en especial aquél de todo lo vedado.		
Ni habría de omitir el vicio solitario,		
por el amor perdido en inventar los rasgos		
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.		

Y en él habitarían con todo su sarcasmo		
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,		
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-		
las cartas sin respuesta; y esos aniversarios,		
tiernamente ridículos después de celebrados,		
que dejan en el alma aroma a mal teatro.		

Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,		
dirigidos al centro del dolor, como un dardo		
con toda la miseria que acarrean los años.		
El placer del acoso, cuando el amor intacto,		
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,		
no señalaba límites al indudable ocaso.		

El maldito poema tanto tiempo aplazado,		
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,		
querría redimirte de todos tus letargos.		
Una voz que te daña diría murmurando:		
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,		
para que tus palabras no tengan que inventarlo.		

Quien a ese poema de amor dilapidado		
incauto se atreviera, sin calcular el daño,		
amaría el amor, probablemente tanto		
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,		
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,		
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

Amor así – José Luis Hidalgo

Cuando dos cuerpos se unen para amar,		
se quema más despacio la soledad de la tierra.		

De corazón a corazón, de hueso a hueso,		
saltan pájaros ardiendo como puñales,		
piel del mundo o deseo donde la carne gime,		
un gran río desnudo de inesperados crisantemos.		
Cuando dos cuerpos se aprietan como bocas,		
se empujan como voraces cataratas al rumor de la vida		
perdiendo un posible contacto con la muerte que espera,		
que sobre el olvidado planeta a lo lejos refulge		
como un fantasma solitario y oculto.		
Hombre o mujer, árboles vibrantes,		
hirvientes besos estrujados y un ángel.		

Amarse es poseer la tierra sin sombras para siempre.

La adolescente – José Ángel Valente

Ya baja mucha luz por tus orillas,
nadie recuerda la invasión del frío.

Ya los sueños no bastan para darle
razón de ser a todos los suspiros.

Tú cantas por el aire.

Ya se ponen de verde los vestidos.
Ya nadie sabe nada.
                  Nadie sabe
ni cómo ni por qué ni cuándo ha sido.

Travesía incompleta – Estefanía Soto

No nos hemos despedido de este lugar
que nos ha apretado, que nos ha despertado.
No nos hemos despedido de este aroma
que grita libertad y escándalo, fuego y paz.
No nos hemos despedido de las voces
que cantaban que nos quedásemos,
de las instalaciones sin esqueleto,
del llanto esparcido en los armarios.
                             A r r u g a d o s
No nos hemos puesto la mitad de la ropa
apta para mosquitos hembra y largas travesías.
No ha sido en vano, pero ahora me pregunto
cómo lo hago, cómo reprimo esta valentía
que tuve o tengo, y que al rato hace estrago.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades