Archivo de la etiqueta: Poesia española

El dique – Sergio Navarro Ramírez

COMO el dique tendido sobre el mar,
criatura deshecha en mil heridas
que dividen su cuerpo, igual reposa
la persona que acuesta en su colchón
los mil pedazos de su vida, juntos
solo por ocupar un mismo espacio.
Espera conciliar un sueño donde
la noche se derrame en sus heridas
y llene con su sombra las fisuras,
cicatrice la carne y la reúna.
Pero el mar siempre embiste, siempre excava
en las llagas con garras espumosas.
Penetra, ahonda.

No alcanzaré la curva matriz de los deseos… – Paloma Palao

No alcanzaré la curva matriz de los deseos,
desovillada lamentación de la carne. No alcanzaré
la certidumbre del día, ni el pie fantástico
del dolor impaciente. Cuando el mar me contempla
siento que la roca penetra mi carne. Siempre
hay un nombre, que hace posible la alegría
mientras los cánones de la belleza acarician
la estatua. El mismo nombre, que desarmó
la inocencia, podía hacer ingrata la ausencia.
El mismo nombre que nos conduce, nos pierde
en nuestra audacia. Largo es el tiempo
de la meditación frente al silencio, cuando
la meditación es sólo un nombre. Annelein
es más cierta que la voz que la calla. Pero Annelein
no es un nombre. Indica
la transparente vicisitud del agua. Annelein
es un lamento, que puede significar también
un sobresalto.

De noche – Gabriel Celaya

Y la noche se eleva como música en ciernes,
y las estrellas brillan temblando de extinguirse,
y el frío, el claro frío,
el gran frío del mundo,
la poca realidad de cuanto veo y toco,
el poco amor que encuentro,
me mueven a buscarte,
mujer, en cierto bosque de latidos calientes.

Sólo tú, dulce mía,
dulce en los olores de savia espesa y fuerte,
sin palabras, muy cerca, palpitando conmigo,
sólo tú eres real en un mundo fingido;
y te toco, y te creo,
y eres cálida y suave matriz de realidades,
amante, amparo, madre,
o peso de la tierra que sólo en ti acaricio,
o presencia que aún dura cuando cierro los ojos,
fuera de mí, tan bella.

Ay, Carmela – Joaquín Sabina

A ti que te enfurruñas con mis bromas,
hija de anciano bardo inevitable,
candidata a heredar mis cromosomas,
polizón de un por fin ingobernable.

A ti que me arruinas con percebes,
a ti que me adivinas de memoria,
a ti que trinas cuando no te atreves
a explorar las letrinas de mi historia.

A ti, prima inter pares, Carmelona,
compinche de mis trucos malabares,
chinche, precoz, naranja guasingtona,

dame un beso filial en la rebaba,
por cantar el cantar de los cantares
y ponerlo a tus pies, reina de Saba.

Sueño de una noche de verano – Joan Margarit

Has aparcado el coche
junto a este largo muro de cipreses.
Treinta años hace que vivimos juntos.
Yo era un chico inexperto y tú una chica
desamparada y cálida. Las sombras
de una última oportunidad
van cubriendo la luna.
Soy un viejo inexperto.
Tú, una mujer mayor desamparada.

Soneto amoroso – Francisco de Quevedo

Si dios eres, Amor, ¿cuál es tu cielo?
Si señor, ¿de qué renta y de qué estados?
¿Adónde están tus siervos y criados?
¿Dónde tienes tu asiento en este suelo?

Si te disfraza nuestro mortal velo,
¿cuáles son tus desiertos y apartados?
Si rico, ¿do tus bienes vinculados?
¿Cómo te veo desnudo al sol y al yelo?

¿Sabes qué me parece, Amor, de aquesto?
Que el pintarte con alas y vendado,
es que de ti el pintor y el mundo juega.

Y yo también, pues sólo el rostro honesto
de mi Lisis así te ha acobardado,
que pareces, Amor, gallina ciega.