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El verso- Pureza Canelo

Es un coloquio		
que me bebe;		
no me orienta, me adentra,		
responde a mi ceguera		
y acaba perdonándome en su rostro.		
Trae fortunas heredadas,		
abrazos de otros, leyendas visibles,		
invisibles, rectas de la muerte,		
volutas del momento,		
cántico rodado de hace mucho,		
el verso.		

Resbala del pelo a la garganta,		
me hace tropezar de veras,		
guiña su ojo		
tiende el mar		
y yo me tiento.		

El verso es un ojo		
pensado para ciegos,		
para mí,		
un caballo al fondo		
volver a casa		
y encender la lámpara del miedo,		
del miedo o la pregunta.		

Tanto		
me estrecha la cintura,		
se escapa de mis brazos,		
me adentra en la campana del llanto,		
de oros con llanto, del din don,		
en la plegaria.		
Y coge mi mano recién hecha		
al vacío		
y no me deja en paz		
aunque lo mate.		

El verso		
puede con mi vida		
sin pedirme permiso para la muerte.		

Carmen del valle de estío – Eugenio de Nora

Yo estaba en la pradera, junto a los grandes álamos,
y en el aire sereno, acariciante,
venía la fragancia de los juncos y el trébol,
venía, como si alguien la esperase.

¡Ah plenitud del valle, pecho del horizonte!
Los susurros, los suspiros del río,
llegaban a mi alma, desde el agua con cielo,
como si yo fuera sonoro, como diciendo pensamientos míos.

En las briznas pisadas, en las hojas
que tiemblan si las apartamos,
en las sombras más tibias, algo había,
algo quedaba de mi corazón, antiguo y cálido.

Y yo estaba en la tarde solo, pero con un cariño
reflejado ya en todo, completo;
¡oh maravilla feliz, encontrar a través de la tierra
con nosotros, presente, el amor ofrecido tan lejos!

Carmen de esta noche – Eugenio de Nora

¡Dolor del alma por quererte!
En la noche de viento azul
oigo temblar los dulces árboles,
y me traspasa su rumor.

Los árboles, que al mediodía
eran la tierra puesta en pie,
copas de sombra y abandono
alzan a la inefable luz.

Quizá nostálgicos por eso,
por el lejano palpitar
de las estrellas desoladas,
cuya ternura late allí.

(Tibio es el cuerpo, interior, solo
como un astro en la oscuridad;
como una rosa adormecida
en el alma que la soñó.)

El aire pasa suspirando,
¡tan ciegamente, sin saber!
Toda la noche, inexplicable,
se parece a mi corazón.

Carmen de la eterna vida – Eugenio de Nora

Miraba yo las rosas penando de alegría,
solas entre mis manos, atónitas, perdidas.

Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas.
Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.

Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente
vi florecer los ramos de luz dorada y verde.

Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.

( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa,
aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.

Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo
con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )

Felicidad contigo. Nos viven y sustentan
en lo hondo de la noche las eternas estrellas.

¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día,
nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.

Mesa del silencio – Clara Janés

                              Tirgu Jiu



Nos sentamos a la mesa del silencio,		
al aire de los chopos y los arces		
del parque interminable de hojas muertas.		
Implacable y amoroso		
callaba el caudal inmóvil de blancos cantos.		

La piedra ingrávida,		
paréntesis al tiempo		
y altar		
de la profunda soledad del alma humana.		

El blanco lecho vacío de las venas		
era blanco como aquel blanco cauce		
donde el río no corre.		

Nos sentamos		
y allí nos quedamos para siempre,		
en la mesa del silencio.		

Allí,		
donde tiempo más tiempo más tiempo		
no es nunca igual a tiempo.		

Carmen del éxtasis – Eugenio de Nora

Distraída del mundo; más, lejana
como un vuelo de pájaros, tú existes
donde el silencio empieza, donde el alma.

Donde las avenidas, misteriosas
de árboles altos y de sombra extraña
nos llevan a la pena más hermosa;
donde la noche llora, constelada
frente a sí misma, porque todo es poco,

porque los mundos brillan en la nada,
como nosotros, donde la belleza
suspende el tiempo; donde canta
mi voz más sola; en mi reducto último,
allí estás tú, silencio, alma.

Alza los ojos, tienes la cabeza
de una imposible luz aureolada;
quieres, querrías, pero no te sientes,
porqué eres sólo noche, noche clara.

¡Ah, dame ese silencio, rompe
esta belleza que nos mata!
Y en tu infinita noche, álcese
un viento dulce, despertando ramas.

Carmen de lo repetido – Eugenio de Nora

Quizá, quizá me repito;
si tú lo dices es cierto;
y aunque estrene siempre el alma,
será en el mismo universo.

Pero también se repite
el mar, múltiple y perpetuo,
y fulge en estrellas únicas
cada noche eterno el cielo.

La primavera, las nieves,
en la corona del tiempo,
cuando todo había pasado
lo devuelven, limpio y nuevo.

Así que si mis palabras
se enlazan porque te quiero
deben, con varia hermosura,
decir siempre el mismo sueño.

La afinidad de las cosas
tiembla en el rocío del verso
repetido: ¡Gota, mundo,
alba del conocimiento!

—También las rosas, también
los suspiros, y los besos
se repiten en ternura...
Todo lo repetiremos.

Epitafio para una muchacha – María Victoria Atencia

Porque te fue negado		
el tiempo de la dicha		
tu corazón descansa		
tan ajeno a las rosas.		
Tu sangre y carne fueron		
tu vestido más rico		
y la tierra no supo		
lo firme de tu paso.		

Aquí empieza tu siembra		
y acaba juntamente		
—tal se entierra a un vencido		
al final del combate—,		
donde el agua en noviembre		
calará tu ternura		
y el ladrido de un perro		
tenga voz de presagio.		

Quieta tu vida toda		
al tacto de la muerte,		
que a las semillas puede		
y cercena los brotes,		
te quedaste en capullo		
sin abrir, y ya nunca		
sabrás el estallido		
floral de primavera.

Quizá el amor es simplemente esto… – Antonio Gala

Quizá el amor es simplemente esto:
entregar una mano a otras dos manos,
olfatear una dorada nuca
y sentir que otro cuerpo nos responde en silencio.

El grito y el dolor se pierden, dejan
sólo las huellas de sus negros rebaños,
y nada más nos queda este presente eterno
de renovarse entre unos brazos. 

Maquina la frente tortuosos caminos
y el corazón con frecuencia se confunde,
mientras las manos, en su sencillo oficio,
torpes y humildes siempre aciertan.

En medio de la noche alza su queja
el desamado, y a las estrellas mezcla
en su triste destino.
Cuando exhausto baja los ojos, ve otros ojos
que infantiles se miran en los suyos.

Quizá el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y olvidarse.
Cada uno permanece siendo él mismo,
pero hay dos cuerpos que se funden.

Qué locura querer forzar un pecho
o una boca sellada.
Cerca del ofuscado, su caricia otro pecho exige,
otros labios, su beso,
su natural deleite otra criatura.

De madrugada, junto al frío,
el insomne contempla sus inusadas manos:
piensa orgulloso que todo allí termina;
por sus sienes las lágrimas resbalan...
Y sin embargo, el amor quizá sea sólo esto:
olvidarse del llanto, dar de beber con gozo
a la boca que nos da, gozosa, su agua;
resignarse a la paz inocente del tigre;
dormirse junto a un cuerpo que se duerme.