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El mar en persona – Juan Larrea

He aquí el mar alzado en un abrir y cerrar de ojos de pastor
He aquí el mar sin sueño como un gran miedo de tréboles en flor
y en postura de tierra sumisa al parecer
Ya se van con sus lanas de evidencia su nube y su labor
A la sombra de un olmo nunca hay tiempo que perder

Crédula exquisita la oscuridad sale a mi encuentro
Mi frente abriga la corteza del pan que llevo adentro
cortado a pico sobre un pájaro inseguro

Y así me alejo bajo la acción del piano
que me cose a las plantas precursoras del mar
Un ciervo de otoño baja a lamer la luna de tu mano
Y ahora a mi orilla el mundo se empieza a desnudar
para morirse de árboles al fondo de mis ojos.

Mis cabellos se llenan de peces de penumbra
y de esqueletos de navíos forzosos

Sin ir más lejos
tú eres fría como el hacha que derriba el silencio
en la lucha entre el paisaje y su golpe de vista

Mas cuando el cielo exporta sus célebres pianistas
y la lluvia el olor de mi persona
cómo tu hermoso corazón se traiciona

Patio de los arrayanes – María del Carmen Pallarés

DESPIERTA el arrayán, el aire asciende,
dibuja el llanto un alarife ciego.
Ya es siena el corazón, añil la sangre, 
gualda el sonido de los surtidores.
La muerte, amor, alumbra el tiempo: somos
los que volvemos de la despedida.
El patio nos abraza, su luz ciñe
otro milagro de dolor perfecto. 

Laxitud – Ernestina de Champourcín

La tarde gris y triste me agobia,
tengo sueño;
estiro lentamente
mis dos brazos abiertos
que se prenden al aire;
quieren cazar el tiempo,
aprisionarlo pronto,
robarle su secreto,
deshacer bruscamente sus límites estrechos.
Quiero llorar: no sé;
quiero reír: no puedo.
Los deseos
se estrellan contra la inexorable inercia
del silencio;
sobre mi corazón rueda grávido al peso
de la existencia toda.
Al fin me desperezo.
Logro romper el cerco
del malsano sopor,
pero apenas lo venzo
ya me torna a invadir
quedamente su tedio.
Luego…
Ya no sé más;
suspiro,
me paseo,
exprimo el tormentoso
lagar de mi cerebro,
destilo el elixir de su inquietud
en mi pecho…
Sujeto en mi memoria
repite el pensamiento;
la tarde gris y triste me agobia,
¡tengo sueño!…

Supervivencia – José Manuel Caballero Bonald

Musgo mefítico, adherencia		
matinal de lo inerte, día		
a día arrastrándome		
hacia un fondo de esponjas		
oxidadas, broncas burbujas		
balbucientes, tentáculos		
que en las marañas de la noche		
acechan.		
      Toco a ciegas
la luz, las alas		
de las horas, escucho		
cómo restallan los cristales		
de la mañana llameando		
desde el centro		
del sueño, desde el centro.		
Lentas ondas me emplazan		
en lo opaco del día, busco		
la cajita de yerbas, el papel		
ocasional de los recados.		
                      Salto
por fin al borde de la vida.

Gacela de la terrible presencia – Federico García Lorca

Yo quiero que el agua se quede sin cauce.
Yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin la flor del oro.

Que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra.

Que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.

Resisto un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no me enseñes tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas,
¡pero no me enseñes tu cintura fresca!

Las cosas odiadas – Pilar Paz Pasamar

No es culpa mía. Hay un abismo abierto
aun antes de existir. En la memoria
de quien lo hizo esté el remordimiento.

Estoy desperdiciando con vosotras
una frecuente luz que bien pudiera
iluminar las manos generosas,
iluminar los trigos y las cepas,
encenderme en el llanto o la alegría.

¿Cómo es posible que no os lleve
junto a mi corazón como a otras tantas,
que involuntariamente en mí os destruya?

Más que dolor es miedo a contemplaros
desde mi pensamiento,
reconocer que es imposible
quereros acercar y, sobre todo,
saber que incluso el odio
es una forma de sentir la vida,
que estáis también alimentándome,
que vuestra muerte es una forma
de crecerme en mí misma,
que involuntariamente el corazón
os siente: ¡que sois mías! 

Cinco poemas para abdicar – Blanca Andreu

El Buen amor – Olga Novo

                               Busca estes amores..., búscaos,
                               si tes quen chos poida dare;
                               que éstes son sóio os que duran
                               nesta vida de pasaxen.
                                             ROSALÍA DE CASTRO
A menudo me decías
que una legión de ángeles rilkeanos me protege
y era cierto.
En las mañanas en que llovizna
y el ruido del roce de la nada me hace vibrar
sintiendo que estoy viva...
se acerca sin más pisando sobre hierbas aún no nacidas
el buen amor
que salva y canta allá
donde se unen mis vértebras y los astros.

Como aquel libro leído en plena adolescencia
que ardió en mi boca entre Dante y los sueños.
Ahora sé por fin 
que en medio del camino de la vida
entre Vilarmao y Bastavales
la bestia de la felicidad pacía con paz entre flores amarillas.

Y le doy de beber esta sangre fluvial
y proclamo su armonía como un tratado barroco
para zanfoña y lágrimas
de alegría.

A menudo me decías 
pero yo no entendía...
Que en las mañanas de nieve
donde la blancura asume la suma total del color
y yo me alzo tres metros sobre mí apenas sin ser notada
por la gravedad y sus manzanas maduras...
Que en esas mañanas 
todo perdura 
al pender de las manos del buen amor
que cura y percute en la piel
como un bombo de esferas celestes.

Extremo saber que todo cambia
que nos levanta del barro la lengua al límpido lenguaje
donde te digo que te quiero y todo arde
sutil y tranquilo en esta tarde...