He aquí el mar alzado en un abrir y cerrar de ojos de pastor
He aquí el mar sin sueño como un gran miedo de tréboles en flor
y en postura de tierra sumisa al parecer
Ya se van con sus lanas de evidencia su nube y su labor
A la sombra de un olmo nunca hay tiempo que perder
Crédula exquisita la oscuridad sale a mi encuentro
Mi frente abriga la corteza del pan que llevo adentro
cortado a pico sobre un pájaro inseguro
Y así me alejo bajo la acción del piano
que me cose a las plantas precursoras del mar
Un ciervo de otoño baja a lamer la luna de tu mano
Y ahora a mi orilla el mundo se empieza a desnudar
para morirse de árboles al fondo de mis ojos.
Mis cabellos se llenan de peces de penumbra
y de esqueletos de navíos forzosos
Sin ir más lejos
tú eres fría como el hacha que derriba el silencio
en la lucha entre el paisaje y su golpe de vista
Mas cuando el cielo exporta sus célebres pianistas
y la lluvia el olor de mi persona
cómo tu hermoso corazón se traiciona
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Patio de los arrayanes – María del Carmen Pallarés
DESPIERTA el arrayán, el aire asciende,
dibuja el llanto un alarife ciego.
Ya es siena el corazón, añil la sangre,
gualda el sonido de los surtidores.
La muerte, amor, alumbra el tiempo: somos
los que volvemos de la despedida.
El patio nos abraza, su luz ciñe
otro milagro de dolor perfecto.
Laxitud – Ernestina de Champourcín
La tarde gris y triste me agobia,
tengo sueño;
estiro lentamente
mis dos brazos abiertos
que se prenden al aire;
quieren cazar el tiempo,
aprisionarlo pronto,
robarle su secreto,
deshacer bruscamente sus límites estrechos.
Quiero llorar: no sé;
quiero reír: no puedo.
Los deseos
se estrellan contra la inexorable inercia
del silencio;
sobre mi corazón rueda grávido al peso
de la existencia toda.
Al fin me desperezo.
Logro romper el cerco
del malsano sopor,
pero apenas lo venzo
ya me torna a invadir
quedamente su tedio.
Luego…
Ya no sé más;
suspiro,
me paseo,
exprimo el tormentoso
lagar de mi cerebro,
destilo el elixir de su inquietud
en mi pecho…
Sujeto en mi memoria
repite el pensamiento;
la tarde gris y triste me agobia,
¡tengo sueño!…
Supervivencia – José Manuel Caballero Bonald
Musgo mefítico, adherencia
matinal de lo inerte, día
a día arrastrándome
hacia un fondo de esponjas
oxidadas, broncas burbujas
balbucientes, tentáculos
que en las marañas de la noche
acechan.
Toco a ciegas
la luz, las alas
de las horas, escucho
cómo restallan los cristales
de la mañana llameando
desde el centro
del sueño, desde el centro.
Lentas ondas me emplazan
en lo opaco del día, busco
la cajita de yerbas, el papel
ocasional de los recados.
Salto
por fin al borde de la vida.
Gacela de la terrible presencia – Federico García Lorca
Yo quiero que el agua se quede sin cauce.
Yo quiero que el viento se quede sin valles.
Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin la flor del oro.
Que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra.
Que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.
Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.
Resisto un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.
Pero no me enseñes tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.
Déjame en un ansia de oscuros planetas,
¡pero no me enseñes tu cintura fresca!
Las cosas odiadas – Pilar Paz Pasamar
No es culpa mía. Hay un abismo abierto
aun antes de existir. En la memoria
de quien lo hizo esté el remordimiento.
Estoy desperdiciando con vosotras
una frecuente luz que bien pudiera
iluminar las manos generosas,
iluminar los trigos y las cepas,
encenderme en el llanto o la alegría.
¿Cómo es posible que no os lleve
junto a mi corazón como a otras tantas,
que involuntariamente en mí os destruya?
Más que dolor es miedo a contemplaros
desde mi pensamiento,
reconocer que es imposible
quereros acercar y, sobre todo,
saber que incluso el odio
es una forma de sentir la vida,
que estáis también alimentándome,
que vuestra muerte es una forma
de crecerme en mí misma,
que involuntariamente el corazón
os siente: ¡que sois mías!
Cinco poemas para abdicar – Blanca Andreu
Cinco poemas para abdicar,
para que sean un destello terrestre en mi tránsito
mientras el vaivén de mi cuerpo me dote de viejo sueño y tenga un altar adornado,
mientras mis ojos suspendan la aspersión del líquido más breve,
abandonen su aire lacustre y la ligereza de la lágrima cóncava en donde beben grullas
y otras zancudas con pie de bailarina,
mientras mis manos sean hangares en las salinas negras para aviones de turbios vuelos,
mientras el súcubo murciélago diga en mi oído espuma
y diga oscuridad
en las marineras negras.
Cinco poemas para la marcha en el paisaje de sábana de hilo,
un páramo es encaje antepasado,
iniciales bordadas hace ya tres mil días
y alguna mancha de amor.
Cinco poemas como cinco frutos cifrados
o como cinco velas para la travesía:
el primero una trenza de iris o un neurasténico jazmín,
el primero una calle con un traje de malva para no tener frío,
el primero hacia aquella a la que nadie ve en la vaga velada del lago:
un resquicio de abril para Virginia, porque amó a las mujeres.
El segundo para mi amor:
sé bien que encima de mis heridas busco la alondra de tus heridas,
sé bien que encima de mis heridas una cigüeña pone sus huevos.
Encima de tus heridas las ramas de los nervios se han dormido
y ahora son alas, páginas, oleaje, seres verdes.
Encima de mis heridas yo descubro una tela desventurada y ocre,
rasgada de enemigos,
o una palabra emborrachada por el lacre.
Pero cuando me duerma ya no te querré.
Pero cuando me duerma
ya no te querré.
El tercero para la casa que cae y el álamo vihuela o jardín feo,
para el ángel que guarda a la lombriz,
para todo lo que es pueril o leve y que clava
submarinos anzuelos en los ojos adultos.
El tercero es para el corazón de la raíz
y para la cerrada tierra de los estambres,
para la lluvia seria de las siestas del norte,
mala como una institutriz.
Dile que no se meta en los salones
y los llene de gafas estrujadas.
Ay, dile que no espante los espejos de mirada niña.
Había tres balcones sangrantes,
había tres balcones como tres heridas incurables del muro,
había tres balcones y siete temblorosos escabeles.
Ay, dile que no asuste las palabras palomas,
que no deje que vayan batiendo un aire usado con alas de cuchillo.
Las palabras apátridas de mi tercer poema
que no me muerdan las mejillas
y las sonatas que yo no toqué nunca, que no cesen,
ni el pequeño cuaderno de Ana Magdalena.
Yo no dije: silencio!,
por eso, que retornen las hojas y las jarras con líquido de luna,
notas blancas sobre árboles
o atriles.
Yo no dije: silencio!
y ahora el réquiem se teje con seres y desastres consanguíneos.
Dejadme las hortensias vestidas de pupilas, con traje de mirada,
esa campana vegetal que ya no suena y llora un zumo epílogo,
y las magnolias catalejos,
y aquel sillar tan grande como el siglo más cíclope.
Yo no dije: silencio!
pero me fui bebiendo vino de exilio en la boca de piedra,
bebiendo fermentado líquido migratorio,
los ramos de las tórtolas de agosto y el eco de la casa que se cae.
Veo que no sobrevive el alma alta del muro,
la espuma voladora borracha de gaviotas,
el ángel que cuidaba la cucaracha de uva y la lombriz,
ni ningún pájaro como lágrima póstuma y celeste,
ni la resina tañendo su ámbar triste,
ni tampoco las malvas, las violentas, las verdes partituras.
El cuarto es para mi amor.
Amor mío, amor, amor, amor
sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu cuello no será sajado
por el filo último de mi sueño,
que no te insultará el hiriente corazón de mi sueño,
porque si duermo ya no te querré.
Sé bien que busco encima de mis heridas
el escorpión de oro de tus heridas.
Sé bien que encima de mis heridas sólo habita
la imagen encalada de mi muerte.
Y por eso voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbitúrica
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo,
amor mío, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
palabras luminosas o familias errantes de soles.
Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los niños,
para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el hule astral de abril.
Sé bien que galoparé en negro
porque negro es el color de los sueños,
negras las manos de la intimidad,
y sin espuelas, y sin bridas,
porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas
de tijera y abismo.
Pezuñas de dulce bruja,
gemas brillantes como estribillos,
llanto azabache de esporas agónicas,
el quinto para mi caballo,
para cuando ya estemos sucediendo como dos estaciones o dos días iguales,
como dos hirientes pupilas de muerto,
como calavera de caballo y esqueleto florido de caballo
retablo de oro y hueso y olvidada hoz,
montado por calavera sin anémonas,
esqueleto de mi antigua paloma.
Hemos visto cuatro veces las cuatro películas de Shrek – Luna Miguel
marguerite duras y yann andréa pasaron toda su relación
amorosa llamándose de usted
lo leo en una revista de literatura
mientras en el cuarto contiguo de la rochelle
una mujer caga y en su esfuerzo se le escapa
un delicado pero desgarrador gemido
que por alguna razón colma mis ojos
de lágrimas
El Buen amor – Olga Novo
Busca estes amores..., búscaos,
si tes quen chos poida dare;
que éstes son sóio os que duran
nesta vida de pasaxen.
ROSALÍA DE CASTRO
A menudo me decías
que una legión de ángeles rilkeanos me protege
y era cierto.
En las mañanas en que llovizna
y el ruido del roce de la nada me hace vibrar
sintiendo que estoy viva...
se acerca sin más pisando sobre hierbas aún no nacidas
el buen amor
que salva y canta allá
donde se unen mis vértebras y los astros.
Como aquel libro leído en plena adolescencia
que ardió en mi boca entre Dante y los sueños.
Ahora sé por fin
que en medio del camino de la vida
entre Vilarmao y Bastavales
la bestia de la felicidad pacía con paz entre flores amarillas.
Y le doy de beber esta sangre fluvial
y proclamo su armonía como un tratado barroco
para zanfoña y lágrimas
de alegría.
A menudo me decías
pero yo no entendía...
Que en las mañanas de nieve
donde la blancura asume la suma total del color
y yo me alzo tres metros sobre mí apenas sin ser notada
por la gravedad y sus manzanas maduras...
Que en esas mañanas
todo perdura
al pender de las manos del buen amor
que cura y percute en la piel
como un bombo de esferas celestes.
Extremo saber que todo cambia
que nos levanta del barro la lengua al límpido lenguaje
donde te digo que te quiero y todo arde
sutil y tranquilo en esta tarde...
Vaguedad – Carmen Jodra Davó
Ya no sé lo que creo ni lo que soy.
Me gustaría ser perfecta:
ni hombre ni mujer,
material pero sin mancha alguna
de materia.
Sin embargo mi peso en el colchón
me dice que me deje de bobadas.