A las rubias envidias
porque naciste con color moreno,
y te parecen ellas blancos ángeles
que han bajado del cielo.
¡Ah!, pues no olvides, niña,
y ten por cosa cierta,
que mucho más que un ángel siempre pudo
un demonio en la tierra.
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La más bella niña… – Luis de Góngora y Argote
La más bella niña
de nuestro lugar,
hoy viuda y sola
y ayer por casar,
viendo que sus ojos
a la guerra van,
a su madre dice,
que escucha su mal:
«Dejadme llorar
orillas del mar.
»Pues me disteis, madre,
en tan tierna edad
tan corto el placer,
tan largo el pesar,
y me cautivasteis
de quien hoy se va
y lleva las llaves
de mi libertad,
Dejadme llorar
orillas del mar.
»En llorar conviertan
mis ojos, de hoy más,
el sabroso oficio
del dulce mirar,
pues que no se pueden
mejor ocupar,
yéndose a la guerra
quien era mi paz,
Dejadme llorar
orillas del mar.
»No me pongáis freno
ni queráis culpar,
que lo uno es justo,
lo otro por demás.
si me queréis bien,
no me hagáis mal;
harto peor fuera
morir y callar,
Dejadme llorar
orillas del mar.
»Dulce madre mía,
¿quién no llorará,
aunque tenga el pecho
como un pedernal,
y no dará voces
viendo marchitar
los más verdes años
de mi mocedad?
Dejadme llorar
Orillas del mar.
»Váyanse las noches,
pues ido se han
los ojos que hacían
los míos velar;
váyanse, y no vean
tanta soledad,
después que en mi lecho
sobra la mitad.
Dejadme llorar
orillas del mar.
A la firmeza del amor – Francisco de Trillo y Figueroa
Al pie de una alta haya en dulce avena
el mantuano Títiro tañía,
y Amarilis no mas le respondía
el valle umbroso, que a su voz resuena.
Cuando un triste zagal, que la cadena
arrastrado de amor también había,
por el valle sus cabras conducía
al lento paso de una amarga pena.
Oyó al triste pastor y dijo: «En vano
te dan oído las frondosas ramas,
y voz la sola y taciturna selva,
pues no hay piedad en el amor tirano
para olvidar, ni aun las difuntas llamas,
aunque ya en llanto el humo se resuelva.»
En las noches claras… – Gloria Fuertes
En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.
Como aquel que en soñar gusto recibe – Juan Boscán
Como aquel que en soñar gusto recibe,
su gusto procediendo de locura,
así el imaginar con su figura
vanamente su gozo en mí concibe.
Otro bien en mí, triste, no se escribe,
si no es aquel que en mi pensar procura;
de cuanto ha sido hecho en mi ventura
lo sólo imaginado es lo que vive.
Teme mi corazón de ir adelante,
viendo estar su dolor puesto en celada;
y así revuelve atrás en un instante
a contemplar su gloria ya pasada.
¡Oh sombra de remedio inconstante,
ser en mí lo mejor lo que no es nada!
Umbral – Susana March
Cándidamente azul. Aún no he nacido.
Ciñe el aire mis muslos. Soy de aire.
El mar me sabe. Sal, vela y espuma.
dibujan mi contorno en el paisaje.
Me traspasa la luz. No me conozco.
Soy apenas un soplo de la tarde.
El sexo yace en paz, el alma duerme,
no tengo voz y Dios está distante.
Navego por los cielos castamente
con las alas al viento como un ángel.
Pequeña llama, apenas un chispazo.
mi corazón no existe, pero arde.
Enseña la madre a la novia… – Anónimo
Enseña la madre a la novia
cómo se lo tiene de hacer,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
─ Si el novio quisiere luego
con vos, hija, retozar,
es menester rehusar
por meterle más en juego,
y no aguardar mucho ruego
sino, pues se ha de hacer,
alzar las piernas arriba,
y con el culo cerner.
Porfía con él un poco,
haciendo de la enojada,
y dile: «Quítate, loco,
que ya me tienes cansada».
Y si no aprovecha nada,
ni te puedes defender,
alzar las piernas arriba,
y con el culo cerner.
Y esto del porfiar
ha de ser medio burlando,
y dejarte retozar
y besar de cuando en cuando;
y si se fuere alegrando
y te lo quisiere hacer,
alzar las piernas arriba,
y con el culo cerner.
A la gatesca, es verdad
que se gana dos pulgadas,
hija mía, mas mirad
que no conviene a las casadas,
sino estarse bien echadas
y hoder bien a placer,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
Y mejor para hoderte
es el canto de la cama,
y postura de más suerte,
y de más plática dama;
y que mujeres de fama
lo acostumbran hacer,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
Una regla te se acuerde:
nunca hacértelo arrimada,
porque sin lo que se pierde,
te hallarás dello cansada,
la espuma vaciada
al tiempo del remeter,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
También es cosa gustosa,
cuando te vistes de fiesta
y estás más fresca y hermosa,
cabalgarte por la siesta;
y es más gusto ir compuesta
para quien te ha de hoder,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
También el pajaichuelo
dicen ser cosa muy loada,
mas yo mucho me muelo
destar tanto encaramada;
muy bien me lo hago echada
y recibo mayor placer,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
Hija mía, ten [bien] cuenta
con las reglas que te he dado,
y no te muestres asenta
delante de tu velado,
sino ten mucho cuidado
de hartarte bien de hoder,
alzando las piernas arriba,
y con el culo cerner.
El más hermoso territorio – Francisco Brines
El ciego deseoso recorre con los dedos
las líneas venturosas que hacen feliz su tacto,
y nada le apresura. El roce se hace lento
en el vigor curvado de unos muslos
que encuentran su unidad en un breve sotillo perfumado.
Allí en la luz oscura de los mirtos
se enreda, palpitante, el ala de un gorrión,
el feliz cuerpo vivo.
O intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto,
en el posar cansado de un ocaso apagado.
Del estrecho lugar de la cintura,
reino de siesta y sueño,
o reducido prado
de labios delicados y de dedos ardientes,
por igual, separadas, se desperezan líneas
que ahondan. muy gentiles, el vigor mas dichoso de la edad,
y un pecho dejan alto, simétrico y oscuro.
Son dos sombras rosadas esas tetillas breves
en vasto campo liso,
aguas para beber, o estremecerlas.
y un canalillo cruza, para la sed amiga de la lengua,
este dormido campo, y llega a un breve pozo,
que es infantil sonrisa,
breve dedal del aire.
En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles
se yergue el cuello altivo que serena,
o el recogido cuello que ablanda las caricias,
el tronco del que brota un vivo fuego negro,
la cabeza: y en aire, y perfumada,
una enredada zarza de jazmines sonríe,
y el mundo se hace noche porque habitan aquélla
astros crecidos y anchos, felices y benéficos.
Y brillan, y nos miran, y queremos morir
ebrios de adolescencia.
Hay una brisa negra que aroma los cabellos.
He bajado esta espalda,
que es el más descansado de todos los descensos,
y siendo larga y dura, es de ligera marcha,
pues nos lleva al lugar de las delicias.
En la más suave y fresca de las sedas
se recrea la mano,
este espacio indecible, que se alza tan diáfano,
la hermosa calumniada, el sitio envilecido
por el soez lenguaje.
Inacabable lecho en donde reparamos
la sed de la belleza de la forma,
que es sólo sed de un dios que nos sosiegue.
Rozo con mis mejillas la misma piel del aire,
la dureza del agua, que es frescura,
la solidez del mundo que me tienta.
Y, muy secretas, las laderas llevan
al lugar encendido de la dicha.
Allí el profundo goce que repara el vivir,
la maga realidad que vence al sueño,
experiencia tan ebria
que un sabio dios la condena al olvido.
Conocemos entonces que sólo tiene muerte
la quemada hermosura de la vida.
Y porque estás ausente, eres hoy el deseo
de la tierra que falta al desterrado,
de la vida que el olvidado pierde,
y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo,
pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo.
Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido… – Francisco Brines
Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido
la inclinación del sol, las luces rojas
que en el cristal cambian el huerto, y alguien
que es un bulto de sombra está sentado.
Sobre la mesa los cartones muestran
retratos de ciudad, mojados bosques
de helechos, infinitas playas, rotas
columnas: cuántas cosas, como un muelle,
le estremecieron de muchacho. Antes
se tendía en la alfombra largo tiempo,
y conquistaba la aventura. Nada
queda de aquel fervor, y en el presente
no vive la esperanza. Va pasando
con lentitud las hojas. Este rito
de desmontar el tiempo cada día
le da sabia mirada, la costumbre
de señalar personas conocidas
para que le acompañen. y retornan
aquellas viejas vidas, los amigos
más jóvenes y amados, cierta muerta
mujer, y los parientes. No repite
los hechos como fueron, de otro modo
los piensa, más felices, y el paisaje
se puebla de una historia casi nueva
(y es doloroso ver que aún con engaño,
hay un mismo final de desaliento).
Recuerda una ciudad, de altas paredes,
donde millones de hombres viven juntos,
desconocidos, solitarios; sabe
que una mirada allí es como un beso.
Mas él ama una isla, la repasa
cada noche al dormir, y en ella sueña
mucho, sus fatigados miembros ceden
fuerte dolor cuando apaga los ojos.
Un día partirá del viejo pueblo
y en un extraño buque, sin pensar,
navegará. Sin emoción la casa
se abandona, ya los rincones húmedos
con la flor de verdín, mustias las vides,
los libros amarillos. Nunca nadie
sabrá cuándo murió, la cerradura
se irá cubriendo de un lejano polvo.
Las últimas preguntas – Francisco Brines
En el acabamiento de la tarde,
cuando hacía el camino,
he llegado de pronto ¿a dónde?
La noche que ha caído,
tan repentina y negra, me impide ver,
y sólo sé que nadie me acompaña.
¿Qué ha sido este viaje?
Muy largo debió ser, por la fatiga,
o acaso fue muy breve, si existió:
De entre mis posesiones
sólo guardo un pañuelo que oscurece en mis manos:
¿Para secar las lagrimas que no puedo verter?
¿O para despedirme, desde la prescripción,
de las sombras que dejo?
Sin tiempo, me pregunto: ¿qué soy? ¿quién soy?
¿Y para qué partí?
¿Y qué sentido tiene haber llegado?
Y qué poco me importa lo que,
del lado del desuso, pueda pasar ahora,
si nada entiendo.
Dejo de ser mortal. Mas no soy inmortal.
Como si nada hubiera sido.