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Alegría – Luis Antonio de Villena

La terraza veraniega quedaba frente al Museo del Prado.
Era el verano muy dulce de 1989
y una noche de Julio de calor benigno,
una de esas noches en que un vientecillo de primicia
acaricia y ondea las masas verdosas,
las grandes hojarascas de los árboles del Prado.
Estábamos sentados al inicio de la noche
y yo diría que no teníamos nada mejor que hacer
sino esperar y gozar de la nocturna travesía,
de las delicias que deparara la nave…
Buscábamos al negro que pasaba coca.
(Sí, esnifábamos una rayita de cuando en cuando.
Nada grave.)
Bebíamos ron con coca-cola, y nos gustaba la luz
artificial chocando contra aquellas grandes moles arbóreas…
Reíamos. No recuerdo de qué, pero reíamos.
Eso era la alegría. El mundo como aventura,
abierto, cálido, dispuesto, como prietas nalgas afortunadas.
El futuro nos parecía —incluso a mí, que era mayor—
algo por hacer y construir. Algo por llegar,
que haríamos casi como quisiéramos hacer…
Querido y abolido amigo joven,
¿qué decías?
«¿Ahí va Igor, el hermoso muchacho
de volátil pelo que se diría aéreo y grácil
como un maravilloso puma alado?»
Sí. Adiós, y que el Ángel de la Suerte te bendiga.
La noche se diría como una rosa azul.
No teníamos nada que hacer.
El mundo y el placer —vinieran como viniesen—
eran todo. Todo debía ocurrir
y todo sería alegría, sed, pasión, calor, piel, cuerpos finos.
Yo no sé (de veras no sé) si he sido feliz.
Ignoro más bien qué es la felicidad,
y aunque admiro la alegría
casi por encima de cualquier otra cosa,
ruego a vuesas mercedes no me pregunten
qué es ser feliz o en qué consiste la dicha.
Pero si alguien puede,
si algún arcano pacto se lo permite (bendito ladrón)
lléveme, devuélvame un ratito a aquella lejana
noche de un perdido y ocioso verano madrileño.
(Los dos jóvenes evocados, los dos, murieron ya)
Pero por Hércules le juro,
por el gran Heracles le aseguro y prometo que yo
—viejancón y triste aún—
en un pis-pas, le diré lo qué es cabalmente ser feliz…

Serán ceniza – José Ángel Valente

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.

Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.

Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.

Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza

Elegía – Carlos Bousoño

Te he dicho que los hombres no contemplan
el puro río que pasa,
la dulce luz que invade las riberas
cuando fluye hacia el mar el agua casta.

Te he dicho ayer…Y yo veo ahora
fluyendo dulce hacia la mar lejana,
mientras los hombres ciegos, ciegamente
se embisten con furor de piedra helada.

Con desolada luz vas olvidado,
pero yo te contemplo, agua irisada,
silente amigo, y veo mi figura
triste, mirándose en tus aguas.

Amigo solitario:
esto te digo mientras pasas.
Repite luego mi voz triste
allá en las rocas desoladas.

Porque has de ver tierras estériles
y muertos sin remedio ni esperanza.

Gratitud al Gran Pájaro Azul – Antonio Gamoneda

Tú, el Gran Pájaro Azul, la Luminosa Guacamaya,
el Supremo Decisor, el que crea y concede la Vida,
estremeces tus alas y te extiendes volando en ti mismo.

Esto has hecho aquí, sobre la plenitud de mi casa,
y mi casa es ahora el Lugar de la Vida.

Vivimos en tu piedad, vivimos en tu pensamiento.
Así vivimos aquí, en los espacios de la tierra.

Has hecho que tus alas se estremezcan y te has extendido sobre mi casa.
Has creado la vida en mi casa.

Mi casa es ahora el Lugar de la Vida.

Afirmación ante la muerte – Antonio Gamoneda

No encontraremos un lugar donde no exista la muerte. ¿Hemos de vivir llorando por ello?

Levantad vuestro corazón sabiendo y aceptando
que nadie vivirá para siempre.

Has los príncipes vinieron a la vida para morir y las multitudes se acercan a sus propias cenizas.

Levantad vuestro corazón sabiendo
que nadie vivirá para siempre.

En tanto que de rosa y azucena… – Garcilaso de la Vega

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco enhiesto
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre Primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado;
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.