En una cuna pobre fui metido,
entre bayetas burdas mal fajado,
donde salí robusto y bien templado,
y el rústico pellejo muy curtido.
A la naturaleza le he debido
más que el señor, el rico y potentado,
pues le hizo sin sosiego delicado,
y a mí con desahogo bien fornido.
Él se cubre de seda, que no abriga,
yo resisto con lana a la inclemencia;
él por comer se asusta y se fatiga,
yo soy feliz, si halago a mi conciencia,
pues lleno a todas horas la barriga,
fiado de que hay Dios y providencia.
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Si debo morir, mándenme de vuelta… – Jidi Majia
Si debo morir, mándenme de vuelta
A mi lugar de nacimiento, entre furiosas montañas
Déjenme entregarme a las llamas
Tal y como lo hicieron mis ancestros.
Sobre las llamas, el cielo abierto
Nunca fue un reino del vacío,
La armadura aguarda ahí al valiente, una preciosa espada traslúcida,
Una silla de montar tejida por aves, la sal de la lengua madre, semillas devueltas a la tierra,
Panteras y -aún más- piedras celestiales.
Hay susurros que deben ser atendidos
Hechos por el viento soplando a través del trigo,
El ala del sol, pasando sobre la escalera del tiempo,
Las colmenas de las laderas rezumando la divina dulzura,
Un río de cereales, cúmulos de estrellas escondidos en pequeños tarros,
Sobre esas llamas
Mi alma comenzará su viaje.
En cuanto a mi, sólo en aquel lugar
La muerte puede ser un nuevo comienzo… las brasas arden de nuevo
Sobre el camino donde el crepúsculo eterno se extiende
Mi sombra no se detendrá por un instante
Dirigiéndose por el mismo camino que recorrieron mis ancestros
Siguiendo por la ruta de la blancura,
Y antes de que el resplandor me cubra, mi nombre,
Cobijado en su propio oro, brillará.
Amor constante más allá de la muerte – Francisco de Quevedo
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Tú ERAS COLUMNA DE BABILONIA O CASI…- Blanca Andreu
Tú ERAS COLUMNA DE BABILONIA O CASI,
capítulo del beso de Babel cuando eras mano labios dedos torres,
historia alta de ti,
el libro de la voz deshojándose con paso de danza,
y la colonia que se despierta y escribe estrofas verdes,
y el viento era escabel para tus pies
en la luna bermeja del salón.
O cuando fuiste dioses, dioses para la adolescencia que se vende,
o antes, sí, antes de esperar casas
del lenguaje arquitecto,
templos para bisoledad y rastro lejano de ti,
mirando el ligero Mediterráneo,
aguardando una iluminación del nervioso mar,
un haz de días,
una camada lírica.
La maravillosa suerte de que todo siga en su sitio – Elvira Sastre
Tus arrugas:
las toco y pienso en todos esos campos
que asaltamos de jóvenes,
que allanamos sin vergüenza
y con pasión.
Tus arrugas:
las toco y veo ahora
montañas llenas de ríos
e historias,
hechas con árboles ya viejos
que nadie entiende que resumen el paisaje.
Tu cuerpo:
lo toco y creo en el deseo
del tiempo,
en los sueños de las noches de insomnio.
Tu cuerpo:
lo toco y lo recorro de memoria y recuerdo
lo absoluto del amor,
el milagro de conocerte e invadirte
con la paz que da
alcanzar el hogar,
la maravillosa suerte de que todo siga en su sitio.
Tu silencio:
lo toco y me parece joven,
tus veinte años devueltos a un gemido entrecortado.
Tu silencio:
lo toco y lo traduzco en otro idioma
que se antoja lejano pero sigue ahí,
hablándonos,
recordando la chispa que enciende el juego,
el trozo de madera que lo aviva.
Te toco.
Y entro en ti,
con el nervio de una guerra
que ya ha terminado
pero en la que aún resuenan los disparos.
No quería salir de noche – Cristián Gómez Olivares
Una vez nos juntamos a celebrar
los cien años de Pessoa; a cada cual
le correspondía un heterónimo,
a mí me tocó en suerte Álvaro de
Campos, ingeniero y cosmopolita,
desenfadadamente maricón, según
contaba Ofelia. La casa era una
de esas antiguas casas señoriales
donde hubiéramos tenido que entrar
por la puerta de servicio. Ni el vino
ni las velas nos salvaron del invierno,
a punto de partir como nosotros: fue,
sin embargo, la última noche que hizo frío.
El amor en un bote de cristal – Elvira Sastre
La soledad es mirar a uno ojos que no te miran.
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvió la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
Poema a boca cerrada – José Saramago
No diré:
Que el silencio me ahoga y amordaza.
Callado estoy, callado he de quedarme,
Que la lengua que hablo es de otra raza.
Palabras consumidas se acumulan,
Se estancan, aljibe de aguas muertas,
Agrias penas en limos transformadas,
Raíces retorcidas en el fango del fondo.
No diré:
Que ni siquiera el esfuerzo de decirlas merecen,
Palabras que no digan cuanto sé
En este retiro en que no me conocen.
No sólo barros se arrastran, no sólo lamas,
No sólo animales flotan, muertos, miedos,
Túrgidos frutos en racimos se entrelazan
En el oscuro pozo de donde suben dedos.
Sólo diré,
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé
No se podrá morir sin decir todo.
Laberinto – José Saramago
En mí te pierdo, aparición nocturna,
En este bosque de engaños, en esta ausencia,
En la neblina gris de la distancia,
En el largo pasillo de puertas falsas.
De todo se hace nada, y esa nada
De un cuerpo vivo enseguida se puebla,
Como islas del sueño que entre la bruma
Flotan, en la memoria que regresa.
En mí te pierdo, digo, cuando la noche
Sobre la boca viene a colocar el sello
Del enigma que, dicho, resucita
Y se envuelve en los humos del secreto.
En vueltas y revueltas que me ensombrecen,
En el ciego palpar con los ojos abiertos,
¿Cuál es del laberinto la gran puerta,
Dónde el haz de sol, los pasos justos?
En mí te pierdo, insisto, en mí te huyo,
En mí el cristal se funde, se hace pedazos,
Mas cuando el cuerpo cansado se quiebra
En ti me venzo y salvo, en ti me encuentro.
Estos días azules y este sol de la infancia… – Elvira Sastre
Estos días azules y este sol de la infancia,
este camino que sigo, que nunca acaba,
que me lleva a todos esos lugares que me nombran
y abrazo, yo también, con la memoria de los versos imborrables.