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Autorretrato – Rosa Díaz

Cruza el semáforo.
Aleja la falda y el pelo
del parabrisas de tu coche.

Tiene la lluvia
y el ejemplo fresco de sus gotas.
La arisca sensación de los felinos,
siempre en fuga: de Bach a Bach.

Ella no sabe
de la estúpida luz
del cielo de Beatrice.
Su cuerpo es la corteza
de un árbol retorcido.
Pasa de sus infiernos
a ciertos purgatorios.

Si la incitas
es una virtuosa meretriz.
Si la escuchas,
suele ser genial treinta minutos,
las otras veintitrés horas y media
se le hacen como a ti y como a todos,
normalmente vulgares.

Sabrás que se enamora fácilmente,
pero siendo educadamente sincera
miente con cierta cortesía.

Ella existe, si llega a tu pensamiento
con la fuerza del rayo
o si en él la refugias
como una enfermedad.

Lleva el rostro esculpido,
inteligentemente maquillado
y no es casualidad la desgana
con que se cuelga el bolso,
la imperfección
con la que usa la ropa
ni la mezcla medida en el perfume:
sino pura matemática.

Transita en los pasillos
de tu último sueño.

Espabila tu instinto
cuando la sientes venir
del lavadero del amanecer,
con su pájaro agüero
o su buen augur.

Es fatalista.
Imposible como una copla de posguerra.
Seguramente merecería
una antigua y arrebatadora metáfora.

Ahora llegará hasta ti
igual que un zarpazo.
Pues vigila tu espera,
la mano que llevas al bolsillo,
el gesto que guarda
la comisura de tu boca
y el perfil con el que le golpeas el corazón.

Cruza,
se acerca y le sorprende la vida,
te dice que te ama y deberías creerla.

Tierra – Susana March

No importa. No eres tú quien me daña…
Soy un puñado de tierra que pisa tu pie ligero,
algo que te sustenta y que apenas conoces,
algo que acaso nunca comprenderás del todo.

No importa. ¡No eres tú quien me daña!
Me hicieron campo de lucha para tu sangre joven
campo para morir y para erguirte
como un árbol gozoso de ti mismo.

Por todos mis caminos me recorres
hiriéndome, sangrándome…
¡No importa!
Me alimento en el daño que me haces,
¡me alimento en el daño!

Por la persecución de la doncella – Rosa Díaz

Si yo pudiera cazar tu alma,
abrir el cofre que posee
el antiguo latir de tu memoria: juro
que soltaría todas las traíllas
de los perros amaestrados
y los azuzaría contra ti,
doncella frágil.

Todos los mastines sedientos de tu sangre
irían detrás de tus tobillos. Y tú,
gacela, presurosa hija del rayo,
no sucumbirías fácilmente,
pues lobezna eres, brava eres
y paridora de bellísimas fieras.

Y así, hermosa, acorralada y huidiza,
mandarías a los espíritus de tu padre
para que quedáramos todos alobados,
desconcertados y perdidos por la luna
tras tu rastro que se deja ver, cuando rozas los besos
de los que amándose te velan. Y tú,
absorbiéndolos, pues, desmayándolos,
te denuncias y te escapas.

País – Rocío Arana

A veces, en mi casa, cuando gritan
los perros, cuando ladran los minutos,
cuando no sé qué hacer, pero no tengo
mapas para mis manos y mis ojos,
cuando las cosas lloran su silencio

entonces, lentamente voy girando
la cara para ver tu luz de tarde.
Has venido, me tomas por sorpresa.
Como un país lejano,
una pequeña flor gritando vida
en un camino seco, se me cuelan
tus últimas palabras, ese gesto
de mirar tu reloj en una isla,
la sonrisa perfecta, chimenea.
Te quedarás conmigo
te mostraré mis nueve manuscritos,
cenaremos al fin en la terraza
entre limones, viento y buganvilla,
y luego marcharás.
A veces, cuando vuelvo de tu vida
a mis manos vacías en mi cuarto,
a los perros, la tarde y la pantalla,
de pronto surges tú
de un país remotísimo, poblado
por islas y volcanes,
donde te estoy viviendo cada día.

So-meto de repente – Rosa Díaz

Un capullo me ofreces, y al instante
lo contemplo rosado, firme y prieto,
catorce veces palpo y acometo
y él crece en vertical insinuante.

No hay regalo mejor para la amante
que celosa lo toma, con objeto
de someterlo a fondo y por completo
y hacerlo deseado y deseante.

Y, so-mételo al fin con ambas manos
con mimo de que el tallo no se encoja,
y en duro envite y perseguido antojo

en el fondo mejor de los arcanos,
el capullo más sabio se deshoja
y con gusto se queda mustio y flojo.

Autobiografía – Carmen Conde

En este gran salón donde la noche
penetra con su luz de ensueño puro,
quisiera rescatar de tantos ángeles
la luz que por velar ya sé perdida.
La luz que solo yo sabía mía,
aquella que luché porque alumbrara.
Redonda luz de infancia ajena a todos
que tuve por cilicio. Hasta apagarla.

Extraña niña ardiente castigada
por olas de rencor, inextinguibles;
soñando con las rosas, con fantasmas
colmados de purpúreas vestiduras;
cerrándose al ataque con silencio
y tensa voluntad de mundo propio.

Pequeño corazón el que mantuvo
lo oscuro del dolor que perseguía...;
las ansias de escapar eran su agua
y tuvo sed de fuentes celestiales.
Lo crezco desde entonces, grande y duro,
como una piedra roja sin misterio.
Ninguno de mis seres, ni siquiera
la joven que fui pronto, me perturba
la pura maravilla de mi infancia.
Creyente de imposibles aventuras,
fanática soñante de delirios
que nunca realidad alcanzarían.

¡Oh, espíritus, volved! Traedme sienes
que turnen su verdor con las marchitas
que empiezan a pesar sobre mi rostro.
Llevadme con vosotros al trasmundo;
llevadme, que olvidé cómo se iba.
Anduve con los ojos muy cerrados
y nunca me perdí. Llevadme ahora,
que no puedo soñar, de tan despierta.

Perdono con dolor a los que entonces
sus látigos en mí ejercitaron.
Por serles transparentes mi presencia
quisieron concretarla con mi sangre.
Dormida por los siglos se ha quedado,
sin nadie que libere tanto sueño,
la niña que me dio lo que yo he sido.

El día se abrirá. Los días abren
del fondo silencioso del pasado...
¡Oh, noche, que me urges las antorchas,
yo quiero que tú seas irredenta!
Amada adolescente, que amó loca,
secreta joven grave en sus pasiones,
mujer que renunció porque tenía
temor de contener cuanto contuvo:
os queda como a mí aquella niña
que no despertará más en mi cuerpo.

Sáficos – José Antonio Muñoz Rojas

Dulce reposo de mi sien cansada:
¡oh playa alegre en que mis miembros gozan,
gracia simplísima!
  
A ti los ojos de mirar cansados,
a ti los brazos de estrechar sedientos,
a ti los labios que la sed aflige,
alma y ventura.
    
Cuando la noche con su mano oprime
el pecho, y duro el corazón nos late,
cuando los dedos de lo oscuro aprietan
nuestras gargantas;
    
como los ríos que su paso alargan
por la campiña, con su gozo llevan,
igual que brisa que la mar refresca,
tu pensamiento.

¡Oh paño fino que mi sien rodea!
¡Oh sombra alegre que mi paso acoge!
¡Oh bosque entero a mi delicia abierto!
¡Oh deleznable!
  

El otoño – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

Al bosque y al jardín el crudo aliento
del otoño robó la verde pompa,
y la arrastra marchita en remolinos
       por el árido suelo.

Los árboles y arbustos erizados
yertos extienden las desnudas ramas
y toman el aspecto pavoroso
      de helados esqueletos.

Huyen de ellos las aves asombradas
que en torno revolaban bulliciosas
y entre las frescas hojas escondidas
         cantaban sus amores.

¿Son, ¡ay!, los mismos árboles que ha poco
del sol burlaban el ardor severo
y entre apacibles auras se mecían
        hermosos y lozanos?

Pasó su juventud fugaz y breve,
pasó su juventud y, envejecidos,
no pueden sostener las ricas galas
        que les dio primavera.

Y pronto, en su lugar, el crudo invierno
les dará nieve rígida en ornato,
y el jugo, que es la sangre de sus venas,
       hielo será de muerte.

A nosotros, los míseros mortales,
a nosotros también nos arrebata
la juventud gallarda y venturosa
       del tiempo la carrera,

y nos despoja con su mano dura,
al llegar nuestro otoño, de los dones
de nuestra primavera, y nos desnuda
        de sus hermosas galas.

Y huyen de nuestra mente apresurados
los alegres y dulces pensamientos
que en nuestros corazones anidaban
        y nuestras dichas eran.

Y luego la vejez de nieve cubre
nuestras frentes marchitas, y de hielo
nuestros áridos miembros, y en las venas
        se nos cuaja la sangre.

Mas, ¡ay, qué diferencia, cielo santo,
entre esas plantas que caducas creo
y el hombre desdichado y miserable!
        ¡Oh, Dios, qué diferencia!

Los huracanes pasarán de otoño,
y pasarán las nieves del invierno;
y al tornar apacible primavera,
        risueña y productora,

los que miro desnudos esqueletos
brotarán de sí mismos nueva vida,
renacerán en juventud lozana,
        vestirán nueva pompa;

y tornarán las bulliciosas aves
a revolar en torno y a esconderse
entre sus frescas hojas, derramando
         deliciosos gorjeos.

Pero a nosotros, míseros humanos,
¿quién nuestra juventud, quién nos devuelve
sus ilusiones y sus ricas galas?…
       Por siempre las perdimos.

¿Quién nos libra del peso de la nieve
que nuestros miembros débiles abruma?
De la horrenda vejez, ¿quién nos liberta?…
       La mano de la muerte.