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Vuelo del mirlo – Jesús Bernal

Rompió a volar el mirlo en la arboleda.
Su fuga desgarró
el cielo de la tarde.
Todo quedó abolido
con la detonación de su aleteo.
Batiendo la neblina
se perdió por un túnel de carrascas.
En la brasa del pico
hurtó la luz postrera de los bosques.
Tal vez todo esperaba
el gesto de esta ave,
su chasquido de pánico,
para entregarse inerme a la tiniebla.
Trajo ceniza el viento,
fueron plomo las frondas.
Avanzó incombatible la penumbra
por el valle asfixiado.
Se alimentó la noche vorazmente
con la negra resina de la tierra.

Medianoche – Louise Elisabeth Glück

Háblame, corazón dolorido: qué
ridícula misión te has inventado para estar
llorando en el oscuro garaje
con tu bolsa de basura: no es cosa tuya
sacar la basura, tu trabajo es
vaciar el lavavajillas. Otra vez alardeas,
exactamente igual que en tu niñez; ¿dónde
está tu lado complaciente, tu famoso
distanciamiento irónico? La luz de la luna alcanza
la ventana rota, una luna de verano, delicados
murmullos de la tierra con su pronta dulzura.
¿Es ésta la manera en que te comunicas
con tu marido, negándote a responder
cuando llama, o es esta la forma de comportarse
de un corazón apenado: queriendo estar
a solas con la basura? Si yo fueras tú,
miraría al futuro. Después de quince años,
su voz puede que empiece a cansarse; alguna noche
si no contestas, alguna otra sí lo hará.

Tender un puente firme – Dolores Catarineu

Tender un puente firme
en esta noche clara,
desde mi pensamiento
a tu dormido ensueño.

Tener la certidumbre
de que esperas, sin duda,
y sentir palpitar
como un pájaro herido,
tu corazón en lucha
que reclama el silencio.

Estar en el deseo
como bruma azulada
que acaricia tus párpados
con desvelo de nido.

Ordenar las estrellas
que velarán tu sueño;
y sentirte latir
en la onda sonora
que trae tu sentimiento.

Parábola del Rey – Louise Elisabeth Glück

El gran rey al mirar hacia delante
vio no el destino sino simplemente
el reluciente amanecer sobre
la isla desconocida: como rey
pensaba en imperativos; mejor
no reconsiderar el mundo, mejor
seguir yendo hacia adelante
sobre el resplandor del agua. De todos modos,
qué es el destino sino una estrategia para ignorar
la historia, con sus dilemas
mortales, una forma de entender
el presente, donde se toman
las decisiones, como el necesario
vínculo entre el pasado (imágenes del rey
como un joven príncipe) y el glorioso futuro (imágenes
de jóvenes esclavas). Fuese lo que fuese
lo que tenía en frente, ¿por qué tenía que ser
tan deslumbrante? ¿Quién iba a saber
que no se trataba del sol de siempre
sino de las llamas en ascenso sobre un mundo
a punto de extinguirse?

Respiro y descanso… – Carlota Caulfield

Encontrado entre los papeles inéditos de George Sand.
                                      Se cree que esta carta fue escrita en Mallorca
                                                          en medio de su pasión por Federico

Respiro y descanso
al mirarte desnudo.
Este acompañarnos y saber callar
por los caminos de nuestro dolor:
mi escritura se teje
sobre las paredes
del incomparable acorde de tus manos.

Tranquilo atardecer – Louise Elisabeth Glück

Me tomas de la mano, estamos solos
en el peligro mortal del bosque. Casi inmediatamente

estamos en una casa; Noah es
ya mayor y se ha marchado; las clematis tras diez años
dan flores blancas de repente.

Más que cualquier otra cosa en el mundo
amo estos atardeceres en que estamos juntos,
los tranquilos atardeceres de verano, el cielo iluminado
aún a estas horas.

Así que Penélope tomó la mano de Odiseo,
no para retenerlo sino para grabarle
esta paz en la memoria:

a partir de este punto, el silencio que atravieses
será mi voz que te persigue.

El último Beethoven – Adam Zagajewski

No he encontrado a nadie que ame la virtud
con la misma intensidad que la belleza corporal.

Confucio

Nadie sabe quién era, la Amada
Inmortal. Aparte de eso, todo está
claro. Ligeras notas descansan
apaciblemente sobre los hilos del pentagrama
como golondrinas que acaban
de llegar del Atlántico. ¿Qué debería ser yo
para poder hablar de él, que todavía está
creciendo? Ahora caminamos solos
sin fantasmas ni banderas. Viva el
caos, dicen nuestras bocas solitarias.
Sabemos que vestía descuidadamente,
que era dado a los ataques de avaricia, que no era
siempre justo con sus amigos.
Los amigos llegan cien años
tarde con sus sonrisas impecables. ¿Quién
era la Amada Inmortal? Ciertamente,
amaba más la virtud que la belleza.
Pero un dios de la belleza habitaba
en él y obligaba su obediencia.
Improvisaba durante horas. Anotaba unos pocos
minutos de cada improvisación.
Estos minutos no pertenecen ni al siglo diecinueve
ni al veinte; como si ácido hidroclórico
quemara una ventana de terciopelo, abriendo
así un pasadizo hacia un terciopelo
aún más suave, delicado como
una telaraña. Ahora ponen su nombre
a barcos y perfumes. No saben quién
era la Amada Inmortal, de lo contrario
nuevas ciudades y bloques de viviendas llevarían su nombre.
Pero es inútil. Sólo el terciopelo
que crece bajo el terciopelo, como una hoja escondida
bajo otra sin peligro. Luz en la oscuridad.
Adagios interminables. Así de cansada respira
la libertad. Los biógrafos sólo argumentan
los detalles. Por qué atormentaba tanto
a su sobrino Karl. Por qué
caminaba tan rápido. Por qué no fue
a Londres. Aparte de eso, todo está claro.
No sabemos lo que es la música. Quién habla
en ella. A quién está dirigida. Por qué es
tan obstinadamente silenciosa. Por qué da vueltas y regresa
en vez de dar una respuesta clara
como exige el evangelio. Las profecías
no se cumplieron. Los chinos no llegaron
al Rin. Una vez más, resultó
que el mundo real no existe, para el inmenso
alivio de los anticuarios. El secreto estaba escondido
en otro lugar, no en las mochilas
de los soldados, sino en algunos cuadernos.
Grillparzer, él, Chopin. Los generales están
modelados en plomo y oropel para
dar a la llama del infierno un momento de respiro
después de kilovatios de paja. Adagios interminables.
Pero ante todo alegría, alegría
salvaje de forma, la hermana reidora de la muerte.

La canción de Penélope – Louise Elisabeth Glück

Pequeña alma, siempre desvestida,
haz esto que te ordeno, trepa
por los estantes de las ramas del abeto;
aguarda en la copa, atenta, como un
centinela o un vigía. Pronto llegará a casa;
te corresponde a ti ser
generosa. Tampoco tú has sido del todo
perfecta; con tu problemático cuerpo
has hecho cosas de las que no deberías
hablar en los poemas. Así que
llámalo a través del mar abierto, del mar resplandeciente
con tu canción oscura, con tu avariciosa,
forzada canción: apasionada,
como María Callas. ¿Quién
no te desearía? ¿A qué apetito
demoníaco no corresponderías? Pronto
regresará de allí por donde transcurra su viaje,
bronceado por el tiempo fuera de casa, reclamando
su pollo asado. Ah, tendrás que darle la bienvenida,
tendrás que sacudir las ramas del árbol
para captar su atención,
pero con cuidado, con cuidado, no sea
que desfiguren su hermoso rostro
demasiadas agujas al caer.

Silencio – José Luis Hidalgo

Silencio sobre el mundo. Va espesando sus alas		
la grave mansedumbre del corazón que escucha.		
Pesa sobre los muertos, como un cielo caído,		
todo el latir del tiempo sobre la tierra única.		

Dios es sobre vosotros. Azul tiene su carne,		
azul su vasta sangre inmensamente lúcida:		
azul es el silencio del mundo que os sostiene		
contra el silencio negro que vuestra carne oculta.		

¿Cantar?... ¿cantar?... ¿Quién canta? ¿Acaso un mar de piedra		
pudo lanzar su voz sobre la tierra nunca?		
¿Acaso, de estos hombres tendidos, la voz triste		
podrá brotar jamás de su muerte absoluta?		

Hay almas, pero callan. Sobre los cuerpos vuelan,		
pasan celestemente con un roce sin música;		
pero el silencio existe: pesa sobre los muertos,		
sobre la tierra pesa, como una eterna luna.