He arrastrado con la anorexia que nunca
se ha curado desde los años de mi infancia.
He andado un año, luego otro.
Es probable que hoy ya no me mueva más.
Las veces que deseo salir de casa por las mañanas
veo a los niños retozando
mientras cruzan la calle en fila
como enjambre de abejas
como olas del mar.
Sobre los matorrales, los gorriones gorjean
y baten sus alas.
Las cosas en este mundo son tan prósperas
que el hombre se resiste a abandonarlas.
Pero antes de que termine el otoño
una nieve inusual gravita de repente
y se funde en el firmamento.
El invierno más frío está por llegar.
¡Anda! Regresa.
Regresa a la estrecha puerta y afiánzala con todas tus fuerzas.
Archivos Mensuales: junio 2025
Vida bribona – Diego de Torres Villarroel
En una cuna pobre fui metido,
entre bayetas burdas mal fajado,
donde salí robusto y bien templado,
y el rústico pellejo muy curtido.
A la naturaleza le he debido
más que el señor, el rico y potentado,
pues le hizo sin sosiego delicado,
y a mí con desahogo bien fornido.
Él se cubre de seda, que no abriga,
yo resisto con lana a la inclemencia;
él por comer se asusta y se fatiga,
yo soy feliz, si halago a mi conciencia,
pues lleno a todas horas la barriga,
fiado de que hay Dios y providencia.
Si debo morir, mándenme de vuelta… – Jidi Majia
Si debo morir, mándenme de vuelta
A mi lugar de nacimiento, entre furiosas montañas
Déjenme entregarme a las llamas
Tal y como lo hicieron mis ancestros.
Sobre las llamas, el cielo abierto
Nunca fue un reino del vacío,
La armadura aguarda ahí al valiente, una preciosa espada traslúcida,
Una silla de montar tejida por aves, la sal de la lengua madre, semillas devueltas a la tierra,
Panteras y -aún más- piedras celestiales.
Hay susurros que deben ser atendidos
Hechos por el viento soplando a través del trigo,
El ala del sol, pasando sobre la escalera del tiempo,
Las colmenas de las laderas rezumando la divina dulzura,
Un río de cereales, cúmulos de estrellas escondidos en pequeños tarros,
Sobre esas llamas
Mi alma comenzará su viaje.
En cuanto a mi, sólo en aquel lugar
La muerte puede ser un nuevo comienzo… las brasas arden de nuevo
Sobre el camino donde el crepúsculo eterno se extiende
Mi sombra no se detendrá por un instante
Dirigiéndose por el mismo camino que recorrieron mis ancestros
Siguiendo por la ruta de la blancura,
Y antes de que el resplandor me cubra, mi nombre,
Cobijado en su propio oro, brillará.
Amor constante más allá de la muerte – Francisco de Quevedo
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Tú ERAS COLUMNA DE BABILONIA O CASI…- Blanca Andreu
Tú ERAS COLUMNA DE BABILONIA O CASI,
capítulo del beso de Babel cuando eras mano labios dedos torres,
historia alta de ti,
el libro de la voz deshojándose con paso de danza,
y la colonia que se despierta y escribe estrofas verdes,
y el viento era escabel para tus pies
en la luna bermeja del salón.
O cuando fuiste dioses, dioses para la adolescencia que se vende,
o antes, sí, antes de esperar casas
del lenguaje arquitecto,
templos para bisoledad y rastro lejano de ti,
mirando el ligero Mediterráneo,
aguardando una iluminación del nervioso mar,
un haz de días,
una camada lírica.
La maravillosa suerte de que todo siga en su sitio – Elvira Sastre
Tus arrugas:
las toco y pienso en todos esos campos
que asaltamos de jóvenes,
que allanamos sin vergüenza
y con pasión.
Tus arrugas:
las toco y veo ahora
montañas llenas de ríos
e historias,
hechas con árboles ya viejos
que nadie entiende que resumen el paisaje.
Tu cuerpo:
lo toco y creo en el deseo
del tiempo,
en los sueños de las noches de insomnio.
Tu cuerpo:
lo toco y lo recorro de memoria y recuerdo
lo absoluto del amor,
el milagro de conocerte e invadirte
con la paz que da
alcanzar el hogar,
la maravillosa suerte de que todo siga en su sitio.
Tu silencio:
lo toco y me parece joven,
tus veinte años devueltos a un gemido entrecortado.
Tu silencio:
lo toco y lo traduzco en otro idioma
que se antoja lejano pero sigue ahí,
hablándonos,
recordando la chispa que enciende el juego,
el trozo de madera que lo aviva.
Te toco.
Y entro en ti,
con el nervio de una guerra
que ya ha terminado
pero en la que aún resuenan los disparos.
No quería salir de noche – Cristián Gómez Olivares
Una vez nos juntamos a celebrar
los cien años de Pessoa; a cada cual
le correspondía un heterónimo,
a mí me tocó en suerte Álvaro de
Campos, ingeniero y cosmopolita,
desenfadadamente maricón, según
contaba Ofelia. La casa era una
de esas antiguas casas señoriales
donde hubiéramos tenido que entrar
por la puerta de servicio. Ni el vino
ni las velas nos salvaron del invierno,
a punto de partir como nosotros: fue,
sin embargo, la última noche que hizo frío.
El amor en un bote de cristal – Elvira Sastre
La soledad es mirar a uno ojos que no te miran.
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvió la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
Ororó (fragmento) – Ana Strauss
Ahora bien
ahora, sin mis pies pisando el suelo
la mirada hastiada
encuentra belleza
ahora la mirada
mira las sillas y la mesa
el sol se posa con cierta alegría en el cuenco
la palabra sol
derrama su luz
el color en la vocal donde me ovillo
y buscando algo de sombra
allí cuando la mirada se vuelve
y la mirada descubre el rostro en la mano del que mira
la línea del rostro donde fuimos manos
el minuto donde las manos otean
el rostro, la línea de cada letra hecha
y la línea del rostro
dirá
velada
y qué se mira en el rostro
qué se mira en la cara querida
qué se mira en la línea que define el gesto
la cara hecha a media hora
y cuando en los ojos cerrados qué
memoria de dátil
de ovillo
donde la mirada se opaca
una imagen que borre otra imagen
y acaso volver a
amar
entre pared
humo
la mirada ahumada
la mañana ahumada
el rostro
eso que dice rostro
la inminencia del rostro
y su perpleja perplejidad
trasiego
algo en la mirada se añica
hasta que la mirada vuelva a componer
atisbo
mil años en un parpadeo
entre salinas y huellas de sol
entre mi vestido y mi enagua
huella anterior
ahora en mi galope
mis leguas de galope
mil leguas en la salina
me leguo mil leguas más
entre hierro y herraje
un día
cerrar los ojos
respirar
los párpados cerrados
mil leguas al galope, mil lunas al galope
que el palabrerío
desencadene
las palabras anteriores
II
mira hacia la ventana
la ventana
la mesa
la vela
el plato
la copa
la casa la casa la casa
tres nombres la casa
llamo a esa rosa
la cito
dice la didascalia:
diez veces tirar los dados
cerrar la puerta
(lo haré)
en el lugar común de la belleza
la belleza de la rosa
la rosa, mira, la rosa
la rosa
es mirada
aunque la rosa completa sobre la mesa
llamo a esa rosa
la cito
rosa allí
inmóvil
sobre la tierra de toda tierra
a cada palabra en cada palabra a las palabras
adornarlas
ignorarlas
quemarlas hasta el tedio
hasta el cansancio
hasta el más acá de todos los sitios
amarlas hasta el cansancio
hasta el tedio y la distracción
habría que amarlas para hacerlas oro, rubí y coco, fruta y limón
habría que amarlas hasta el cansancio, hasta mañana, hoy, ayer y siempre
habría que amarlas como niñas
como ancianas
amarlas hasta el hastío, hasta la risa
hasta la rosa
III
debería yo
rascar mis manos hasta encontrar aceite
fuego, brasas
debería
hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena
debería entre mis manos
hacer arena
deletrear luces
al cabo de unas horas se abren los ojos
a veces soy mientras duermo
dedos de una mano
la tonalidad de una luz al atardecer
mi mareo se adelanta
debería
hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena
debería entre mis manos
hacer arena
en días
debería encontrar hojas, asir el cabello
pausar en cada paso
antes de enunciar
hablaré con cada letra
arrogancia
el baile de las letras, su danza y entre el sueño se me huyen
la mañana anterior moldeada
palpo esa idea anterior entre mis manos
mirar antes
mirar lo que viene andando
entre lo que es mi cuello y labios sellados
yo me estoy hablándome a mí y de hablar entre mi piel
me estoy hablando
cuando cierro las pupilas
desarraigo las pupilas
jazmín, amarro una rama
amarro un paso del día
de ese día sobre mi palabra
la boca
los pies
me retumbo en mí diciendo
debería hacer arena en mis manos
en la elocuencia de las manos porosas
detenerme paso a paso
haciendo mi jazmín de noche
a la mañana siguiente
haciéndome
paso a paso en el telón
allá hacia el jardín de mi cuello
al cabo de unas horas se abren los ojos
soy durmiéndome
mis ojos caen
interior
en mi lengua sujeto el agua
que el palabrerío
desencadene
las palabras anteriores
allí no reconozco las orillas
de mis palabras nada
se me vacían los ojos
llueve
de allí la imagen
primero la comisura
primero en la comisura
primero está la comisura
he perdido la mirada de mis pies
mi sombra más lejos
me desmembró de mis otras orillas
debería yo
deletrear luces
al cabo de unas horas se abren los ojos
se recobran los ojos
antes del deseo
aún antes del deseo
he olvidado qué decirme
las manos palpan algunas piedras o perlas
se hace una pedrería en la garganta
ahora, sin mis pies pisando el suelo
una imagen que borre otra imagen
y acaso volver a
amar.
Poema a boca cerrada – José Saramago
No diré:
Que el silencio me ahoga y amordaza.
Callado estoy, callado he de quedarme,
Que la lengua que hablo es de otra raza.
Palabras consumidas se acumulan,
Se estancan, aljibe de aguas muertas,
Agrias penas en limos transformadas,
Raíces retorcidas en el fango del fondo.
No diré:
Que ni siquiera el esfuerzo de decirlas merecen,
Palabras que no digan cuanto sé
En este retiro en que no me conocen.
No sólo barros se arrastran, no sólo lamas,
No sólo animales flotan, muertos, miedos,
Túrgidos frutos en racimos se entrelazan
En el oscuro pozo de donde suben dedos.
Sólo diré,
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé
No se podrá morir sin decir todo.