La estrecha puerta – Huang Fang

He arrastrado con la anorexia que nunca
se ha curado desde los años de mi infancia.
He andado un año, luego otro.
Es probable que hoy ya no me mueva más.
Las veces que deseo salir de casa por las mañanas
veo a los niños retozando
mientras cruzan la calle en fila
como enjambre de abejas
como olas del mar.
Sobre los matorrales, los gorriones gorjean
y baten sus alas.
Las cosas en este mundo son tan prósperas
que el hombre se resiste a abandonarlas.
Pero antes de que termine el otoño
una nieve inusual gravita de repente
y se funde en el firmamento.
El invierno más frío está por llegar.
¡Anda! Regresa.
Regresa a la estrecha puerta y afiánzala con todas tus fuerzas.

Vida bribona – Diego de Torres Villarroel

En una cuna pobre fui metido,
entre bayetas burdas mal fajado,
donde salí robusto y bien templado,
y el rústico pellejo muy curtido.

A la naturaleza le he debido
más que el señor, el rico y potentado,
pues le hizo sin sosiego delicado,
y a mí con desahogo bien fornido.

Él se cubre de seda, que no abriga,
yo resisto con lana a la inclemencia;
él por comer se asusta y se fatiga,

yo soy feliz, si halago a mi conciencia,
pues lleno a todas horas la barriga,
fiado de que hay Dios y providencia.

Si debo morir, mándenme de vuelta… – Jidi Majia

Si debo morir, mándenme de vuelta
A mi lugar de nacimiento, entre furiosas montañas
Déjenme entregarme a las llamas
Tal y como lo hicieron mis ancestros.
Sobre las llamas, el cielo abierto
Nunca fue un reino del vacío,
La armadura aguarda ahí al valiente, una preciosa espada traslúcida,
Una silla de montar tejida por aves, la sal de la lengua madre, semillas devueltas a la tierra,
Panteras y -aún más- piedras celestiales.
Hay susurros que deben ser atendidos
Hechos por el viento soplando a través del trigo,
El ala del sol, pasando sobre la escalera del tiempo,
Las colmenas de las laderas rezumando la divina dulzura,
Un río de cereales, cúmulos de estrellas escondidos en pequeños tarros,
Sobre esas llamas
Mi alma comenzará su viaje.
En cuanto a mi, sólo en aquel lugar
La muerte puede ser un nuevo comienzo… las brasas arden de nuevo
Sobre el camino donde el crepúsculo eterno se extiende
Mi sombra no se detendrá por un instante
Dirigiéndose por el mismo camino que recorrieron mis ancestros
Siguiendo por la ruta de la blancura,
Y antes de que el resplandor me cubra, mi nombre,
Cobijado en su propio oro, brillará.

Amor constante más allá de la muerte – Francisco de Quevedo

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Tú ERAS COLUMNA DE BABILONIA O CASI…- Blanca Andreu

Tú ERAS COLUMNA DE BABILONIA O CASI,
capítulo del beso de Babel cuando eras mano labios dedos torres,
historia alta de ti,
el libro de la voz deshojándose con paso de danza,
y la colonia que se despierta y escribe estrofas verdes,
y el viento era escabel para tus pies
en la luna bermeja del salón.
O cuando fuiste dioses, dioses para la adolescencia que se vende,
o antes, sí, antes de esperar casas
del lenguaje arquitecto,
templos para bisoledad y rastro lejano de ti,
mirando el ligero Mediterráneo,
aguardando una iluminación del nervioso mar,
un haz de días,
una camada lírica.

La maravillosa suerte de que todo siga en su sitio – Elvira Sastre

Tus arrugas:
las toco y pienso en todos esos campos
que asaltamos de jóvenes,
que allanamos sin vergüenza
y con pasión.
Tus arrugas:
las toco y veo ahora
montañas llenas de ríos
e historias,
hechas con árboles ya viejos
que nadie entiende que resumen el paisaje.

Tu cuerpo:
lo toco y creo en el deseo
del tiempo,
en los sueños de las noches de insomnio.
Tu cuerpo:
lo toco y lo recorro de memoria y recuerdo
lo absoluto del amor,
el milagro de conocerte e invadirte
con la paz que da
alcanzar el hogar,
la maravillosa suerte de que todo siga en su sitio.

Tu silencio:
lo toco y me parece joven,
tus veinte años devueltos a un gemido entrecortado.
Tu silencio:
lo toco y lo traduzco en otro idioma
que se antoja lejano pero sigue ahí,
hablándonos,
recordando la chispa que enciende el juego,
el trozo de madera que lo aviva.

Te toco.

Y entro en ti,
con el nervio de una guerra
que ya ha terminado
pero en la que aún resuenan los disparos.

 

No quería salir de noche – Cristián Gómez Olivares

Una vez nos juntamos a celebrar
los cien años de Pessoa; a cada cual
le correspondía un heterónimo,
a mí me tocó en suerte Álvaro de
Campos, ingeniero y cosmopolita,
desenfadadamente maricón, según
contaba Ofelia. La casa era una
de esas antiguas casas señoriales
donde hubiéramos tenido que entrar
por la puerta de servicio. Ni el vino
ni las velas nos salvaron del invierno,
a punto de partir como nosotros: fue,
sin embargo, la última noche que hizo frío.

El amor en un bote de cristal – Elvira Sastre

La soledad es mirar a uno ojos que no te miran.

Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.

Añoro el mar
alcanzo a decir.

No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvió la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.

Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.

La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.

Ororó (fragmento) – Ana Strauss

Ahora bien

ahora, sin mis pies pisando el suelo

la mirada hastiada

encuentra belleza

ahora la mirada

mira las sillas y la mesa

el sol se posa con cierta alegría en el cuenco

la palabra sol

derrama su luz

el color en la vocal donde me ovillo

y buscando algo de sombra

allí cuando la mirada se vuelve

y la mirada descubre el rostro en la mano del que mira

la línea del rostro donde fuimos manos

el minuto donde las manos otean

el rostro, la línea de cada letra hecha

y la línea del rostro

dirá

velada

y qué se mira en el rostro

qué se mira en la cara querida

qué se mira en la línea que define el gesto

la cara hecha a media hora

y cuando en los ojos cerrados qué

memoria de dátil

de ovillo

donde la mirada se opaca

una imagen que borre otra imagen

y acaso volver a

amar

entre pared

humo

la mirada ahumada

la mañana ahumada

el rostro

eso que dice rostro

la inminencia del rostro

y su perpleja perplejidad

trasiego

algo en la mirada se añica

hasta que la mirada vuelva a componer

atisbo

mil años en un parpadeo

entre salinas y huellas de sol

entre mi vestido y mi enagua

huella anterior

ahora en mi galope

mis leguas de galope

mil leguas en la salina

me leguo mil leguas más

entre hierro y herraje

un día

cerrar los ojos

respirar

los párpados cerrados

mil leguas al galope, mil lunas al galope

que el palabrerío

desencadene

las palabras anteriores

II

mira hacia la ventana

la ventana

la mesa

la vela

el plato

la copa

la casa la casa la casa

tres nombres la casa

llamo a esa rosa

la cito

dice la didascalia:

diez veces tirar los dados

cerrar la puerta

(lo haré)

en el lugar común de la belleza

la belleza de la rosa

la rosa, mira, la rosa

la rosa

es mirada

aunque la rosa completa sobre la mesa

llamo a esa rosa

la cito

rosa allí

inmóvil

sobre la tierra de toda tierra

a cada palabra en cada palabra a las palabras

adornarlas

ignorarlas

quemarlas hasta el tedio

hasta el cansancio

hasta el más acá de todos los sitios

amarlas hasta el cansancio

hasta el tedio y la distracción

habría que amarlas para hacerlas oro, rubí y coco, fruta y limón

habría que amarlas hasta el cansancio, hasta mañana, hoy, ayer y siempre

habría que amarlas como niñas

como ancianas

amarlas hasta el hastío, hasta la risa

hasta la rosa

III

debería yo

rascar mis manos hasta encontrar aceite

fuego, brasas

debería

hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena

debería entre mis manos

hacer arena

deletrear luces

al cabo de unas horas se abren los ojos

a veces soy mientras duermo

dedos de una mano

la tonalidad de una luz al atardecer

mi mareo se adelanta

debería

hacer dunas, arena, debería hacer arena, y más arena

debería entre mis manos

hacer arena

en días

debería encontrar hojas, asir el cabello

pausar en cada paso

antes de enunciar

hablaré con cada letra

arrogancia

el baile de las letras, su danza y entre el sueño se me huyen

la mañana anterior moldeada

palpo esa idea anterior entre mis manos

mirar antes

mirar lo que viene andando

entre lo que es mi cuello y labios sellados

yo me estoy hablándome a mí y de hablar entre mi piel

me estoy hablando

cuando cierro las pupilas

desarraigo las pupilas

jazmín, amarro una rama

amarro un paso del día

de ese día sobre mi palabra

la boca

los pies

me retumbo en mí diciendo

debería hacer arena en mis manos

en la elocuencia de las manos porosas

detenerme paso a paso

haciendo mi jazmín de noche

a la mañana siguiente

haciéndome

paso a paso en el telón

allá hacia el jardín de mi cuello

al cabo de unas horas se abren los ojos

soy durmiéndome

mis ojos caen

interior

en mi lengua sujeto el agua

que el palabrerío

desencadene

las palabras anteriores

allí no reconozco las orillas

de mis palabras nada

se me vacían los ojos

llueve

de allí la imagen

primero la comisura

primero en la comisura

primero está la comisura

he perdido la mirada de mis pies

mi sombra más lejos

me desmembró de mis otras orillas

debería yo

deletrear luces

al cabo de unas horas se abren los ojos

se recobran los ojos

antes del deseo

aún antes del deseo

he olvidado qué decirme

las manos palpan algunas piedras o perlas

se hace una pedrería en la garganta

ahora, sin mis pies pisando el suelo

una imagen que borre otra imagen

y acaso volver a

amar.

Poema a boca cerrada – José Saramago


      No diré:
      Que el silencio me ahoga y amordaza.
      Callado estoy, callado he de quedarme,
      Que la lengua que hablo es de otra raza.
     
      Palabras consumidas se acumulan,
      Se estancan, aljibe de aguas muertas,
      Agrias penas en limos transformadas,
      Raíces retorcidas en el fango del fondo.
       
      No diré:
      Que ni siquiera el esfuerzo de decirlas merecen,
      Palabras que no digan cuanto sé
      En este retiro en que no me conocen.
       
      No sólo barros se arrastran, no sólo lamas,
      No sólo animales flotan, muertos, miedos,
      Túrgidos frutos en racimos se entrelazan
      En el oscuro pozo de donde suben dedos.
       
      Sólo diré,
      Crispadamente recogido y mudo,
      Que quien se calla cuanto me callé
      No se podrá morir sin decir todo.