Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Discurso fúnebre – Nicanor Parra

Es un error creer que las estrellas
pueden servir para curar el cáncer
el astrólogo dice la verdad
pero en este respecto se equivoca.
Médico, el ataúd lo cura todo.

Un caballero acaba de morir
y se ha pedido a su mejor amigo
que pronuncie las frases de rigor,
pero yo no quisiera blasfemar,
sólo quisiera hacer unas preguntas.

La primera pregunta de la noche
se refiere a la vida de ultratumba:
quiero saber si hay vida de ultratumba
nada más que si hay vida de ultratumba.

No me quiero perder en este bosque.
Voy a sentarme en esta silla negra
cerca del catafalco de mi padre
hasta que me resuelvan mi problema.
¡Alguien tiene que estar en el secreto!

Cómo no va a saber el marmolista
o el que le cambie la camisa al muerto.
¿El que construye el nicho sabe más?
Que cada cual me diga lo que sabe,
todos estos trabajan con la muerte
¡Estos deben sacarme de la duda!

Sepulturero, dime la verdad,
cómo no va a existir un tribunal,
¡o los propios gusanos son los jueces!
Tumbas que parecéis fuentes de soda
contestad o me arranco los cabellos
porque ya no respondo de mis actos,
sólo quiero reír y sollozar.

Nuestros antepasados fueron duchos
en la cocinería de la muerte:
disfrazaban al muerto de fantasma,
como para alejarlo más aún,
como si la distancia de la muerte
no fuera de por sí inconmensurable.

Hay una gran comedia funeraria.

Dícese que el cadáver es sagrado,
pero todos se burlan de los muertos.
¡Con qué objeto los ponen en hileras
como si fueran latas de sardinas!

Dícese que el cadáver ha dejado
un vacío difícil de llenar
y se componen versos en su honor.
¡Falso, porque la viuda no respeta
ni el ataúd ni el lecho del difunto!

Un profesor acaba de morir.
¿Para qué lo despiden los amigos?
¿Para que resucite por acaso?
¡Para lucir sus dotes oratorias!
¿Y para qué se mesan los cabellos?
¡Para estirar los dedos de la mano!

En resumen, señoras y señores,
sólo yo me conduelo de los muertos.

Yo me olvido del arte y de la ciencia
por visitar sus chozas miserables.

Sólo yo, con la punta de mi lápiz,
hago sonar el mármol de las tumbas.

Pongo las calaveras en su sitio.

Los pequeños ratones me sonríen
porque soy el amigo de los muertos.

Estoy viejo, no sé lo que me pasa.
¿Por qué sueño clavado en la cruz?
Han caído los últimos telones.
Yo me paso la mano por la nuca
y me voy a charlar con los espíritus.

El Dios que es transparencia – António Ramos Rosa

Nadie me saluda en las esquinas del papel.
Ningún dios me acompaña por las calles desiertas.
Pero en los dedos siento el rumor de un secreto
vegetal.
Es como si buscara alargar la mano de los dioses.
Es como arder con el agua en la blancura deslumbrante
de la resaca. Y las palabras de la casa se levantan
la ventana la puerta la cama y la silla.
Son espesas y nítidas presencias en el perfil.
Se forma así un círculo con energía alzada
en las sílabas rellenas por la coherencia del mundo.
Maternas son las sombras en torno un centro verde
que fue tal vez un dios antiguo que se olvidó
y el olvido es su signo: la transparencia.

En silencio descubrí esa ciudad en el mapa – Herberto Hélder

En silencio descubrí esa ciudad en el mapa
a toda velocidad: gota
sombría. Descubrí el polvo que golpeaba
como peces en la sangre.
A toda velocidad, en silencio, en el mapa —
como se descubre una letra
de otro color en medio de las hojas,
temblando en los olmos, en silencio. Gota
sombría en un girasol —
esa letra, esa ciudad en silencio,
golpeando como sangre.

Estaba mi ciudad al norte del mapa, 
en una velocidad llamada
mundo sombrío. Sus peces temblaban
como letras en lo alto de las hojas,
polvo de otro color: girasol que se descubre
como una gota en el mundo.
Descubrí esa ciudad, puliendo tablas
lentas como rosas vigiladas
por las letras de los espinos. Estaba en silencio
como una gota
de savia lenta en una tabla pulida.
Descubrí que tenía alas como una pera
que desciende. Y a esa velocidad
volaba para mí aquella ciudad del mapa.
Yo golpeaba como los peces golpeando
dentro de la sangre —peces 
en silencio, llenos de hojas. Yo escribía,
puliendo en la tabla
todo mi silencio. Y la savia
sombría venía escurriéndose en el mapa
del mundo. En la sombra de la sangre, temblando
como las letras en las hojas
de otro color.

Ciudad que estrecho, batiendo las alas —ella-
en el aire del mapa. Y que estrecho
contra cuanto, temblando en mí con hojas, 
escribo en el mundo.
Que estrecho con el amor sombrío contra 
mí: peces de gran velocidad,
letra monumental descubierta entre el polvo.
Y que yo amo lentamente hasta el fin
de la tabla por donde se escurre
en silencio pulido en otro color:
como una pera volando,
un girasol del mundo.

Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad… – Paulina Vinderman

Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad.
Las travesías se volvieron copias
de ciudades tocadas sólo por supervivencia,
para regresar a la mía.
Como si ella contuviera todos los números, los secretos,
las pasiones del mundo.
Alguna vez una calle me devuelve el desierto
y cuando oscurece,
las sombras de las bolsas de basura
son instalaciones de museo, que sólo puedo ver
cuando mi memoria agotada olvida el mar, aquellas grúas
detrás de las cercas, la mujer del turbante azul que
me vendió la caja mágica y la oportunidad
de atesorar mis miedos como mariposas atrapadas
en la belleza de su oro.
Hay que aprender la asfixia como se aprende un idioma.
Nadie llorará por la ausencia de las alas contra el cielo.

Los enamorados – Vicente Gerbasi

Los rostros de los enamorados, en el césped,
se vuelven indiferentes, hacia el trueno,
hasta que brillen en la lluvia
que hace temblar las flores.

Entre durazneros y almendros,
que al giro de las estaciones
se cubren de abejas,
los enamorados
son un infinito instante,
el sueño del tiempo
estremecido en su propia tempestad.

El relámpago va huyendo
entre rosas y gallos.

El tiempo se hunde con ramas y nubes
en las charcas que de la lluvia
cerca de los enamorados
que eternamente olvidan
su propia historia,
abandonados al relámpago
y a un sabor de mieles silvestres.

Yo estoy solo en la tarde. Miro lejos… – Rafael Montesinos

Yo estoy solo en la tarde. Miro lejos,
desesperadamente lejos. Quedan
por el aire las últimas palabras
de los enamorados que se alejan.

Las nubes saben dónde van, mi sombra
nunca sabrá dónde el amor la lleva.
¿Oyes pasar las nubes, dime, oyes
resbalar por el césped mi tristeza?

Nadie sabe que amo. Nadie sabe
que si llegó el amor trajo su pena.
Yo estoy sólo en la tarde y miro lejos.
No sé de dónde vienes a mis venas.

Te me vas de las manos, no del alma.
Nos separan montañas, vientos, fechas.
El amor, cuando menos lo pensamos,
se nos viste de ausencia.

Estoy en soledad. Miro a lo lejos
oscurecer la tarde y mi tristeza.
Estoy pensando en ti y estoy pensando
que acaso en soledad también me piensas.

Libertad – Lamiae El Amrani

Adaptaré el tiempo a mi reloj
los límites de mi mirada
al infinito de mi alma
y nadaré entre venas del desierto
que una vez fue mar
para alcanzar la luz de la esperanza
que mantengo encerrada en mi mente.
Frotaré lámparas de Aladino
por si me conceden derrumbar tus fronteras.
Miraré al horizonte allá donde
todo es posible,
para ver si puedo alcanzarte,
con el filo de mis palabras.
Tenderé mi mano por si quieres atraparme,
y correré en la noche para ver si
entre sus lámparas encendidas
logro descifrar donde te cobijas.
Escaparé hasta del color que tiñe mi piel,
de la pupila de mis ojos,
del rizo de mi pelo,
hasta de los dientes de marfil marchito
para morirme en ti,
limpio, puro y humano
incoloro pero libre. 

Un viento de amor y mareas – Nisrin Ibn Larbi

Hay ranas en la calle de las tinieblas,
el ruido es estridente y vergonzoso.
Hay ranas con besos ya en el olvido,
las palabras se las lleva el silencio.
El viento se hace eco de nuevos aires,
Ya sin ranas. Ya sin besos. Ya sin palabras.

Que la masa boscosa no me impida ver los árboles de tus venas.
Que la masa boscosa no me cese los latidos de aire cálido.
Que la masa boscosa sea rumor, sea polvo, sea nada.

Rey sol, ilumina mis pensamientos,
agrada mis placeres en tu erupción,
aleja el frío abrasador en tu olvido.
Rey sol, no oscurezcas mi destino.
Atrapa mis ideas y aleja los fantasmas vacíos.

Dolor de hojas secas, pálpito en mi músculo olvidado,
pensamiento: razón oscura
dolor: alivio pasajero
amor: palabra antigua.
Dolor de hojas secas es lo que siento por el olvido.

La verdad de los cielos esconde el secreto de tu boca.
La verdad de los mares calla la tempestad de tu silencio.
La verdad de los amantes silencia el deseo carnal de Venus.
La verdad de las miradas ciegas esconde el tesoro que tanto callas.

Compañero de viaje, dueño del camino del vivir.
Compañero del recuerdo, sueño de amapolas y girasoles.
Compañero de viaje. Siempre tú, siempre yo.
Siempre nuestros. Compañero de viaje.

Y tú me dices un “te quiero”.
Más allá de la profundidad del cristal.
Más allá del bien y de las tormentas.
Más allá del hilo infinito de tu voz.
Y yo te digo un instante eterno.
Más acá de mis venas.
Más acá de mi razón.
Y más acá del tú y del yo.

Báilame el agua y siente mis besos en tu piel.
Recuerda mis caricias. No las olvides.
Protégelas en tu piel.
Báilame el agua y siente mis suspiros en tu boca.
Recuerda mis labios. No los olvides.
Bésalos hasta dejarme sin aliento.
Báilame el agua y déjame morir en tus abrazos.

El beso en el cuello,
el roce suave de los labios en el frágil cuello,
me hizo cisne con plumas de cristal:
Ave fénix renacido del Amor.
Invento de cuento de hadas.
Tul vaporoso y de aires azules.
Invento de sueño dorado.
Brillo de luz aguamarina y lecho apasionado.

Más allá de la profundidad del cristal.
Más allá del eco débil de las venas.
Más allá del océano de las pupilas.
Más allá de la mirada: Un amor más allá de ti:
Un silencio roto.

Más allá de ti. La vida y la muerte.
Gotas de agua helada recorren mis venas,
son escarcha de los recuerdos,
duermen en la letanía de mis sueños,
son la bruma blanca,
son respiro en la inmensidad de mi frio.
La vida y la muerte. Son tú y yo, tal vez.

Un amor arrogante y poderoso. Sin el adiós.
Un amor de viento y mareas. Sin el aliento.
Un amor con márgenes. Sin escrituras.
Un amor de preámbulos vacíos. Y finales sin saber qué decir.

Te descubro en mí. Te vivo, te siento.
Aunque haya un mar más o menos estrecho.
Aunque pasen los años. Ni tú pierdes la belleza,
Ni yo la esperanza de recuperarte.

Tú, mi ciudad, íntima y hermosa.
Contigo vuelvo a nacer, al abrigo de murallas y nevadas.
Tú, mi ciudad, fría y distante.
Contigo vuelvo a nacer, al son de Amor y Sabiduría.
Tú, mi ciudad, Tú, mi dolor y llanto
Tú, lejos en el ahora. Tú, cerca en el ayer.

Hemos vivido ya todos los sueños,
“Si una vida, como todo, es cuestión de historias
Acercarme a tus calles fue crear un destino”.
Échame de menos.
Mándame luz y amor cada vez que pienses en mí,
cada vez que anochece en tu interior.
Échame de menos y de más.
Y déjalo así. No será para siempre, Nada lo es.

El último vagón vacío de sombras
surca imparable mi mar ferroso.
Se lleva mis anhelos y mis nostalgias.
Se lleva el tú y el yo y mi ciudad sin tregua.
El último vagón vacío de ausencias
se detiene en mi historia desangelada.
Se lleva mis miradas hacia otra parte.
Se lleva mi último adiós y me quedo sin nada.

Me rebelo con la palabra.
Sueño el mañana con las venas.
Y, mientras, camino largo y tendido.
Siempre en tapiz rojo.
Y, mientras, tiembla mi destino.
Con recortes de mi palabra.
Siempre en tapiz rojo.

Me planto en el mes de las heladas.
Caballo blanco y bosque verde.
Me planto en los ojos de mi destino.
Pluma blanca y tierra mojada.
Me planto en los escritos.
Página en blanco y punto y final.

Viaje astral – Laila Belghali

Un tren...
Un viaje...
El destino...
La vida...
Superar el calor, la lluvia y el frio
hasta tenerte cerca,
y percibir dentro de mí las nubes
traídas por la fuerza
de tu viento.
Haremos piruetas estelares,
de este mundo un trapecio
para tocar la luna con las manos,
romper los moldes y rasgar figuras
que no se quieren, que no deseamos
construir un castillo azul, de nieve
y robar a los vientos lo que quieras.
Dejar al tiempo atado para siempre
en la orilla infeliz de los mortales.
Alborotar tu pelo
jugando entre tus deseos.
Bordar luego tu frente con un beso
y ungir todo tu cuerpo de canela.
Entonces, tal vez ya...
Será otro tren,
otro viaje
y otra tierra.