Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

La mariposa negra – Antonio Preciado

La mariposa negra
vino temprano.
Llegó la misma noche
y se fue volando.

¡Ah, niño, si algún lucero
llenara de luz tu cuarto!...

La muerte viene cerrando
una sombra que te alcanza.
Ves, niño, la mariposa
te abrió sus alas.

¡Ah la lumbre de un lucero
en el filo de tu cama!...

Pero, ya ves, los luceros
crecen a mucha distancia, 
y tendríamos que andar
abismos para alcanzarla.

¡Ay, niño, la mariposa
hacía tiempo te buscaba!...

Muerte en el olvido – Ángel González

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

                         Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva 
mi carne, pero será otro hombre 
—oscuro, torpe, malo— el que la habita...

Hablo con mi madre – Antonio Gamoneda

Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa		
del que no está con nosotros.		
Te miro el borde blanco de los párpados		
y no puedo pensar.		

Mamá: quiero olvidar todas las cosas		
en el fondo de una respiración que canta.		
Pasa tus manos grandes por mi nuca		
todos los días para que no vuelva		
la soledad.		

Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.		
No busques más en las paredes, madre.		
Mira despacio el rostro que tú amas:		
mira mi rostro en cada rostro humano.		

He sentido tus manos.		
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido		
como tú sentías mis manos antes de nacer.		

Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.		
Ésta es mi condición.		
                   Y mi esperanza.

Homenaje – Luis Cernuda

Ni mirto ni laurel. Fatal extiende
Su frontera insaciable el vasto muro
Por la tiniebla fúnebre. En lo oscuro
Todo vibrante un claro son asciende.

Cálida voz extinta, sin la pluma
Que opacamente blanca la vestía,
Ráfagas de su antigua melodía
Levanta arrebatada entre la bruma.

Es un rumor celándose suave;
Tras una gloria triste, quiere, anhela.
Con su acento armonioso se desvela
Ese silencio sólido tan grave.

El tiempo, duramente acumulando
Olvido hacia el cantor, no lo aniquila;
Su voz más joven vive, late, oscila
Con un dejo inmortal que va cantando.

Mas el vuelo mortal tan dulce, ¿adónde
Perdidamente huyó? Deshecho brío,
El mármol absoluto en un sombrío
Reposo melancólico lo esconde.

Qué paz estéril, solitaria, llena
Aquel vivir pasado, en lontananza,
Aunque trabajo bello, con pujanza
Surta una celestial, sonora vena.

Toda nítida, sí, vivaz perdura,
Azulada en su grito transparente.
Pero un eco es tan solo; ya no siente
Quien le infundió tan lúcida hermosura.

KERALA – Verónica Aranda

VEO morir las tardes junto al mar
desde una baranda en Travancor
en donde leo a Borges. Hay jardines
con perros color luna y bibliotecas.

La memoria, sus plazas de palomas,
el desembarco de los portugueses,
la noche de Panjim, sin ataduras,
en que bebí licor mal destilado,
y este amor que se acaba lentamente
al igual que las tardes junto al mar,
bajo la tenue luz de salones de música
y la frondosidad de las palmeras.

Porque temer la noche
no es tan sólo un oficio de cobardes
o viajeros ociosos.
Es pensar en las celdas de septiembre
e ir por tu cuerpo como por las viñas:
la embriaguez transitoria y luego el desarraigo
como única forma de regreso.

Veo morir las tardes junto al mar,
con miedo a la palabra y sus astillas.
El doble filo de la dualidad
nos hace vulnerables
más allá del ocaso y de los patios
con la ropa tendida.

Las buenas intenciones – Carlos Marzal

Como, mal que le pese, uno en el fondo es serio,		
debe dejar escrita su opinión del oficio		
(los muertos aplicados dejan su testamento		

aunque a los vivos, luego, no les complazca oírlo).		
Hablo con la certeza de que mis impresiones		
serán para los tristes una fuente de alivio.		

¿Me estará agradecida la juventud del orbe,		
siempre desorientada y falta de modelos,		
y me idolatrarán los investigadores?		

Escribo, simplemente, por tratarse de un método		
que me libra sin daño (sin demasiado daño)		
de cuestiones que a veces entorpecen mi sueño.		

Por tanto, los poemas han de ser necesarios		
para quien los escribe, y que así lo parezcan		
al paciente lector que acaba de comprarlos.		

Se me ocurre, además, que trato de dar cuenta		
de una vida moral, es decir, reflexiva,		
mediante un personaje que vive en los poemas.		

Esas ciertas cuestiones que he mencionado arriba		
son las viejas verdades que a la vida dan forma,		
y la forma en que urdimos nuestras viejas mentiras.		

Ahora bien, reconozco que no sólo me importan		
estas pocas razones. Escribo por capricho,		
y por juego también, para matar las horas.		

Porque puede que sea un destino escogido,		
pero también, sin duda, para obtener favores		
de algunas señoritas amigas de los libros.		

Me es grata la figura del artista de Corte,		
riguroso y mundano, descreído y profundo,		
que trata por igual la muerte y los escotes.		

Sobre qué es poesía nunca he estado seguro;		
tal vez conocimiento, o comunicación,		
o todo juntamente. Lo cierto es que el asunto		

carece de importancia, no afecta al creador.		
Doctores tiene ya nuestra Sagrada Iglesia		
y en futuros Concilios harán salir el sol		

para todos nosotros. Sin embargo, quisiera		
que se tuviese en cuenta el hecho de que existe		
poesía por vicio, porque es una manera		

que tienen unos pocos de vivir su declive,		
pero ignoro si hacerla los convierte en más sabios		
y si esa obstinación los vuelve más felices.		

Aspiro a escribir bien y trato de ser claro.		
Cuido el metro y la rima, pero no me esclavizan;		
es fácil que la forma se convierta en obstáculo		

para que nos entiendan. La mejor poesía		
acierta con deslices, convierte lo imperfecto		
en un arte y se olvida de los juicios puristas.		

Aunque he escrito bebido, cuando escribo no bebo.		
Trabajo siempre a mano, y no me enorgullece		
no tener disciplina ni ser dueño de un método.		

No suelo, me figuro, romper lo suficiente,		
tal vez porque tampoco escribo demasiado,		
al pasar media vida ocupado en perderme.		

Del lector solicito como único regalo		
que esboce alguna vez una media sonrisa:		
tan sólo busco cómplices que sepan de qué hablo.		

No reclamo, por tanto, privilegios de artista:		
me limito a ordenar, quizá sin merecerlo,		
asuntos que una voz ignorada me dicta.		

De entre los infinitos poetas, yo prefiero		
a aquellos que construyen con emoción su obra		
y hacen del arte vida. De los demás descreo.		

Y para terminar, confieso que esta moda		
de componer poéticas resulta edificante.		
Con ella se demuestra que son distintas cosas		
lo que se quiere hacer y lo que al fin se hace.

El mar – Jorge Luis Borges

El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y el de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.

Visión – Carlos Edmundo de Ory

Te he sentido tan mía en esta alada		
alta visión de tu honda primavera,		
que voy perdido por tu mundo fuera		
de mi mundo sin rosas ni alborada.		

Bajo el temblor azul de tu mirada		
nostálgica de amor y marinera,		
he pulsado tu imagen de quimera		
sobre el río del alba reflejada.		

Solo en tu gracia altiva blanca y pura		
como un mismo latido en mis latidos		
te he llevado en el ritmo de mi anhelo.		

Y he gozado en tu frente la segura		
aurora de tu luz en mis sentidos		
para palpar la ruta de tu cielo.

Agua escondida – Dulce María Loynaz

Tú eres el agua oscura
que mana por dentro de la roca.
Tú eres el agua oscura y entrañable
que va corriendo bajo la tierra,
ignorada del sol,
de la sed de los que rastrean la tierra,
de los que ruedan por la tierra.

Tú eres agua virgen sin destino y sin nombre
geográfico; tú eres la frescura intocada,
el trémulo secreto de frescura, el júbilo secreto
de esta frescura mía que tú eres, de esta agua
honda que tú has sido siempre,
sin alcanzar a ser más nada que eso;
agua negra, sin nombre…
¡Y apretada, apretada contra mí!

septiembre, 2 – Vicente Gallego

Es ahora la vida		
esta extraña y frecuente sensación		
de sopor y distancia,		
y es también una luz que vela el mundo:		
salir del caserón tras la comida,		
recorrer bajo el sol la carretera		
con los ojos ardientes de un verano		
y sentarme en la roca frente al mar.		
Abandonarme entonces		
al sonido sin pausa de la tierra		
mientras me vence el sueño algún instante		
y me moja las sienes con su agua bendita.		
Descubrir con asombro renovado		
al pescador que vuelve cada tarde,		
como vuelven las olas,		
como vendrá la brisa con la noche.		
Y esperar otra vez sobre la roca,		
abrumado en el centro de la vida,		
a que la sombra inunde		
lentamente mi sombra.