Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años.
Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.
Un hombre está tendido en la playa nudista del
Inconsciente
A esa hora de la noche en que salen dos soles
La parte mujer de hombre corre graciosamente hacia el
Agua
La parte hombre camina en dirección a la orilla
En la playa nudista del inconsciente
Las dos partes se bañan tomadas de la mano
El sol negro se baña en el horizonte
El sol blanco se pone al rojo vivo
La mujer y el hombre hacen el amor hasta el vértigo
Sus cuerpos luchan en la arena fosforescente
Y el firmamento se llena de aerolitos
Que se desplazan a la velocidad de la luz
Entré en la sala de baño
cubierto con la sábana de arriba
Dibujé tu nombre en el espejo
brumoso por el vapor de la ducha
Salí de la sala de baño
y miré nuestra cama vacía
Entonces sopló un viento terrible
y se volaron las líneas de mis manos
las manos de mi cuerpo
y mi cuerpo entero aún tibio de ti
Ahora soy la sábana ambulante
el fantasma recién nacido
que te busca de dormitorio en dormitorio
Estar sin ti es como estar sin música
sin Mozart sin Vivaldi
y sin el clavecín bien temperado
Estar sin ti es como si de pronto
un gran silencio despojara al mundo
del canto de las olas y del trino
del ruiseñor o la alondra en Verona
Estar sin ti es como estar sin música
ni de la tierra ni de las esferas
Aquella dulce muerte tu hermosísimo amor
Me ha traído a la orilla de este río nevado
De pronto en pleno invierno la descongelación
Descubre rosas rojas y bárbaras azules
Los pájaros helados se entibian sorprendidos
Un trino de color rosado pinta el cielo
A las diez de la noche: y un alba deslumbrante
Se levanta a deshora limpiándose las plumas
Aquella dulce muerte tu hermosísimo amor
Me ha rozado los ojos con su estela celeste
Y ahora en vez de lágrimas una constelación
De hipocampos dorados rueda por tus mejillas.
NO CREO EN UN DIOS
sino en muchos
mitad hombres
mitad mujeres
con cabeza de ciervo
o cuerpo de caballo
y cuando suena la música
se empiezan a travestir
en laurel
en cisne
no me gusta
el dios sin rostro
todo mirada
párpado abierto
buscándose
en mis ojos
como un Narciso
Una mujer suspendida en el aire,
envuelto su cuerpo semidesnudo
en una larga tela roja.
En el techo del sepulcro, intensas estrellas azules.
Enterrados vivos, brillan nuestros ojos
cada vez que
una vuelta de tela se desenrolla de tu cuerpo.
¡Tuc!
¡Tuc!
Es la vida que se precipita.
No te preocupes,
tengo nueve vidas,
quizás diecinueve o noventa y nueve.
Cuando abra los ojos después de morir noventa y ocho veces,
arquearé la espalda acurrucada como un feto
y me dejaré caer una vez más con agilidad.
Estiraré aún más la pierna
envuelta en la cuerda roja.
Enderezaré en el vacío
hasta el tobillo roto.
Como las bolas de colores
que lanza el payaso con los ojos vendados
caeré cada vez más rápido
o me perderé para siempre.
¡Tuc!
¡Tuc!
Si oigo un canto fúnebre,
sollozos de dolor,
saldré a su encuentro
más y más
abajo.
Me asomé, lejos, a un abismo...
(Sobre el espejo que perdí he nacido.)
Clavé mis manos en mis ojos...
(Manando estoy en mí desde mi rostro.)
Tiré mi cuerpo, hueco, al aire...
(Abren su voz los ojos de mi sangre.)
Rodé en el llanto de una herida...
(Nazco en la misma luz que me ilumina.)
Se coaguló mi llanto en sombra...
Carne es la luz y el nácar de mi boca.)
Dentro de mí se hundió mi lengua...
(Siembro en mi cielo el cuerpo de una estrella.)
Se pudrió el tiempo en que habitaba...
(Brota en mi espejo un cielo de dos caras.)
Huyó mi cuerpo por mi cuerpo...
(Bebo en el agua limpia de mi espejo.)
¡A mi existencia uno mi vida!
(Espejo sin cristal es mi alegría.)
Lento voy con la tarde
meditando un recuerdo
de mi vida, ya sólo
y para siempre mío.
Y en el ciprés, que es muerte,
reclino el cuerpo, miro
la superficie blanca
de los muros, y sueño.
El sol da en la varilla
de hierro, y una sombra
señala en la pared,
lentamente la mueve.
Cierro los ojos. Llega
la brisa, gira las hojas,
roza mis sienes. Abro
nuevamente los ojos.
En la pared anida
la tarde oscura. Nada
visible late, rueda.
Callan el mar y el campo.
Muy despacio se mueve
el corazón, señala
las horas de la noche.
Lucen altas estrellas.
Vive por él un muerto
que ya no tiene rostro;
bajo la tierra yace,
como el vivo, esperando.
Secreta noche herida de menguante
cae donde no hay agua ni tierra.
Marcha a cortar el filo de la luna,
mis raíces, que están donde no estuve.
...Traerán mi corazón, negra violeta
que se durmió en la orilla de otro sueño.
Lo he de llamar y no sabrá su nombre.
Me ha de cantar, y no he de comprenderle.
Y llevaré, camino en mediodía
de veinte cielos con opuestos soles,
mi angustia en veinte voces sin mi sangre.
He de llorar mil años sin mi llanto
y he de dormir mil años sin mis ojos
noche con veinte pétalos de luna.
Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo,
como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,
todo eso es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.
Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.