Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años.
Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.
Y la madre soñaba oscuramente:
Será rubio, tendrá estos ojos mismos.
Le amarán las muchachas. Una tarde,
de pronto, llorará junto a una rosa.
Le crecerá la angustia sin saberlo,
y cada nuevo umbral será una herida.
Temblará al traspasarlos, hijo mío,
acaso una paloma, acaso nada.
El viento por la frente, las caídas
hojas que se acumulan, los rumores
del corazón callados. Nadie sabe
las formas repentinas de la dicha.
Yo lo siento aquí hondo en mis entrañas
el río de tus años que me deja
una nostalgia antigua, una dulzura
vieja en mi corazón como la sangre.
Me hace toda ribera, toda muro,
donde lamen las aguas de tu vida.
Torno otra vez a ser niña jugando,
corriendo como niña entre las rosas.
¡Oh sueño en mis entrañas! ¡Oh alto río,
resonando de siempre en mis entrañas!
Tibia noche de verano.
Llega música desde el bar.
Quiero huir hacia mi interior.
Siento en mis venas
la compasiva droga.
Corre, corre,
la serpiente es quien mejor conoce
mis más oscuros rincones.
Es la única cosa
que me abraza por dentro.
UDAKO GAU EPELA
Udako gau epela.
Musika tabernatik.
Neure barrura ihes egin nahi dut.
Droga onbera sentitzen dut
zainetan barrena.
Badoa, badoa,
sugeak ezagutzen baititu
hobekien nire bazter ilunenak.
Barrutik besarkatzen
nauen gauza bakarra da.
Yo quiero que seas todas las cosas,
y te confundo frecuentemente con los recuerdos.
Amor, ¿cómo vas a alejarte,
si no tienes dónde ir?
¿Crees que todos compartirán contigo un lecho
y que todos te esperan a cenar?
Amor, ¡no seas inocente!
Lo más que te quieren es como quieren a las aves,
lo más que te recuerdan es como a los recuerdos.
¿Qué has hecho, amor, qué has hecho?
¿Pero otra vez te has ido?
¡No tardes! ¡Ven!
ABRIL, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera:
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recojerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente...
Amor, que te están esperando los de siempre.
No olvides que prometiste bajar todas las tardes a las siete.
¿Dice que el amor ha salido?
¿Vestido de tarde o de noche?
¿Desnudo?
El amor no se viste nunca.
¿Lo detuvieron tras largas pesquisas?
¿Se le acusa de asesinato?
¡Ay, amor! ¿Tú asesino?
Asesinó a dos horas que se sentaron,
al salir del reloj,
en un banco del parque;
las corrompió primero
y las asesinó después.
Será condenado a muerte.
Lo siento principalmente por los árboles
y las locomotoras.
¿Para qué servirán las hojas
y quien tiene que viajar
si desaparecen penínsulas e islas,
archipiélagos y tiernas yemas de los árboles?
¿No te acuerdas
que ahí nadie dará contigo?
Dormía la arboleda; las ventanas
llenábanse de luz como pupilas;
las sendas grises se tornaban lilas;
cuajábanse la luz en densas granas.
La estrella que conoce por hermanas
desde el cielo tus lágrimas tranquilas,
brotó, evocando al son de las esquilas,
el rústico Belén de las aldeanas.
Mientras en las espumas del torrente
deshojaba tu amor sus primaveras
de muselina, relevó el ambiente
la armoniosa amplitud de tus caderas,
y una vaca mugió sonoramente
allá, por las sonámbulas praderas.
Anuncio mi regreso al límite marcado.
Al reloj con sus rígidas señales,
a las siglas convenidas y ese rictus
que amedrenta
los símbolos vitales.
Sí, ya estoy aquí, vedme desnuda
de toda rebelión, de todo intento,
del fuego primordial de la esperanza,
fracción de vida
con su perfil anónimo.
Ya enjaulé mis ensueños migratorios,
exilié mis verdades insurgentes,
ahuyenté mis fantasmas libertarios
y renegué de
mis locuras esenciales.
Ya soy de nuevo la cifra en el rebaño,
la postulante de toda cobardía,
os invito, sin rencor, al gran evento,
de mis remordimientos
y nostalgias.
Un placentero ensueño — un joven con su clámide
de dieciocho años y de sonrisa suave—
trajo una noche Eros debajo de mi manta: al aplicar el pecho
a su piel deliciosa, cuánta esperanza hueca cosechaba.
Aún es tibio el deseo en la memoria, y al dormir, con los ojos
a aquel espectro alado siempre quiero dar caza.
Alma de amor perdida, deja de arder en sueños
por vanos simulacros de belleza.
Era ella
un epitafio violento
como las mariposas que, entrando ya el otoño, apenas pueden
volar y son alzadas por el viento
sobre las matas de dalias
y qué feliz entrando en el bosque y sentir como se cierra cuando
avanzamos
«El cielo oscuro aligeró sus pasos
y no pudo fundirse con la sombra».
Cerca de nuestro fuego, aquella noche,
fue cuando vimos al caballo negro.
No puedo recordar nada tan negro.
Sus patas eran como unos carbones.
Del color de la noche, del vacío.
De la crin a la cola, todo negro.
Pero en su lomo sin montura había
un color negro un poco diferente.
Se quedó inmóvil. Como si durmiese.
Sus oscuras pezuñas asustaban.
Era tan negro que no daba sombra.
Nada había que fuese más oscuro.
Tan negro como espectro a medianoche.
O como el interior de alguna aguja.
Tan negro como el bosque ante nosotros,
o un lugar en el pecho, entre costillas;
hueco en la tierra para la simiente.
Lo negro habita dentro de nosotros.
Sin embargo, ¡sus ojos eran negros!
Los relojes marcaban medianoche.
No dio siquiera un paso hacia nosotros.
En sus ancas, la oscuridad sin fondo.
No se podía distinguir su lomo,
ni un destello de luz por ningún sitio,
solo el brillo azabache de sus ojos
y esas pupilas fijas, tan extrañas.
Era como lo negativo de alguien.
¿Por qué entonces detuvo su carrera
y estuvo con nosotros hasta el alba?
¿Por qué no se apartó de nuestro fuego?
¿Por qué el aire sombrío, enrarecido?
¿Por qué crujieron las oscuras ramas
y una luz negra brotó de sus ojos?
Un jinete buscaba entre nosotros.