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Nacimiento – Joseph Brodsky

Pasara lo que pasara alrededor
sea cual fuera el mensaje
que la ventisca se afanaba en proferir
y sin tomar en cuenta lo estrecho de su cuarto
o que no hubiera otro lugar en el mundo para ellos.

Primero: estaban juntos, segundo —antes que nada:
ya eran tres. Todo
lo que tenían y trabajaban, acumulaban, recibían
desde hoy, cual mínimo, entre los tres se repartía.

Encima de su albergue el cielo congelado se apoyaba sobre ellos
como el grande acostumbra sostenerse en los pequeños.
Y hacía brillar la estrella, que desde entonces
no tuvo a dónde ir: salvo el mirar del niño.

Con su último destello llamaba la fogata
todos dormían ahora, a ninguna la estrella se igualaba
por la habilidad en su nadir
de unir al forastero y al vecino.

En la región de los lagos – Joseph Brodsky

En aquel tiempo, en el país de los dentistas,
-sus hijas mandaban a Londres los pedidos,
sus tenazas izaban bien sujeta en bandera
una muela del juicio que no tenía dueño-,
yo, ocultas en la boca unas ruinas
más limpias que lo estaba el Partenón,
espía, bandolero, quintacolumnista
de una podrida civilización -de hecho
profesor de bellas letras-, vivía
en un college junto al principal
de los Grandes Lagos, adonde
me habían llamado a emplear el potro
con los adolescentes del lugar.

Todo lo que escribía en aquella época,
se reducía sin remedio a puntos suspensivos.
Aterrizaba en la cama con lo puesto.
Y si me daba por examinar el techo,
de noche, en busca de una estrella,
ella caía, acorde con la ley del fuego,
por la cara a la almohada sin dar tiempo
a que yo formulara siquiera un deseo.

Mi verso mudo, mi callado verso… – Joseph Brodsky

Mi verso mudo, mi callado verso
pero aciago -mal le pesen las riendas-,
¿a dónde de este yugo iremos a quejamos
y a quién decir la vida que llevamos?
Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando
detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna,
expulses de los restos de tu mueca opaca
con la mano, en la mesa, de la locura el polvo.
Por mucho que embadurnes este engrudo escrito
más denso que la miel, ¿con quién quebrar
en la rodilla, o en el codo al menos,
una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?