Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Parábola del Rey – Louise Elisabeth Glück

El gran rey al mirar hacia delante
vio no el destino sino simplemente
el reluciente amanecer sobre
la isla desconocida: como rey
pensaba en imperativos; mejor
no reconsiderar el mundo, mejor
seguir yendo hacia adelante
sobre el resplandor del agua. De todos modos,
qué es el destino sino una estrategia para ignorar
la historia, con sus dilemas
mortales, una forma de entender
el presente, donde se toman
las decisiones, como el necesario
vínculo entre el pasado (imágenes del rey
como un joven príncipe) y el glorioso futuro (imágenes
de jóvenes esclavas). Fuese lo que fuese
lo que tenía en frente, ¿por qué tenía que ser
tan deslumbrante? ¿Quién iba a saber
que no se trataba del sol de siempre
sino de las llamas en ascenso sobre un mundo
a punto de extinguirse?

Respiro y descanso… – Carlota Caulfield

Encontrado entre los papeles inéditos de George Sand.
                                      Se cree que esta carta fue escrita en Mallorca
                                                          en medio de su pasión por Federico

Respiro y descanso
al mirarte desnudo.
Este acompañarnos y saber callar
por los caminos de nuestro dolor:
mi escritura se teje
sobre las paredes
del incomparable acorde de tus manos.

Tranquilo atardecer – Louise Elisabeth Glück

Me tomas de la mano, estamos solos
en el peligro mortal del bosque. Casi inmediatamente

estamos en una casa; Noah es
ya mayor y se ha marchado; las clematis tras diez años
dan flores blancas de repente.

Más que cualquier otra cosa en el mundo
amo estos atardeceres en que estamos juntos,
los tranquilos atardeceres de verano, el cielo iluminado
aún a estas horas.

Así que Penélope tomó la mano de Odiseo,
no para retenerlo sino para grabarle
esta paz en la memoria:

a partir de este punto, el silencio que atravieses
será mi voz que te persigue.

El último Beethoven – Adam Zagajewski

No he encontrado a nadie que ame la virtud
con la misma intensidad que la belleza corporal.

Confucio

Nadie sabe quién era, la Amada
Inmortal. Aparte de eso, todo está
claro. Ligeras notas descansan
apaciblemente sobre los hilos del pentagrama
como golondrinas que acaban
de llegar del Atlántico. ¿Qué debería ser yo
para poder hablar de él, que todavía está
creciendo? Ahora caminamos solos
sin fantasmas ni banderas. Viva el
caos, dicen nuestras bocas solitarias.
Sabemos que vestía descuidadamente,
que era dado a los ataques de avaricia, que no era
siempre justo con sus amigos.
Los amigos llegan cien años
tarde con sus sonrisas impecables. ¿Quién
era la Amada Inmortal? Ciertamente,
amaba más la virtud que la belleza.
Pero un dios de la belleza habitaba
en él y obligaba su obediencia.
Improvisaba durante horas. Anotaba unos pocos
minutos de cada improvisación.
Estos minutos no pertenecen ni al siglo diecinueve
ni al veinte; como si ácido hidroclórico
quemara una ventana de terciopelo, abriendo
así un pasadizo hacia un terciopelo
aún más suave, delicado como
una telaraña. Ahora ponen su nombre
a barcos y perfumes. No saben quién
era la Amada Inmortal, de lo contrario
nuevas ciudades y bloques de viviendas llevarían su nombre.
Pero es inútil. Sólo el terciopelo
que crece bajo el terciopelo, como una hoja escondida
bajo otra sin peligro. Luz en la oscuridad.
Adagios interminables. Así de cansada respira
la libertad. Los biógrafos sólo argumentan
los detalles. Por qué atormentaba tanto
a su sobrino Karl. Por qué
caminaba tan rápido. Por qué no fue
a Londres. Aparte de eso, todo está claro.
No sabemos lo que es la música. Quién habla
en ella. A quién está dirigida. Por qué es
tan obstinadamente silenciosa. Por qué da vueltas y regresa
en vez de dar una respuesta clara
como exige el evangelio. Las profecías
no se cumplieron. Los chinos no llegaron
al Rin. Una vez más, resultó
que el mundo real no existe, para el inmenso
alivio de los anticuarios. El secreto estaba escondido
en otro lugar, no en las mochilas
de los soldados, sino en algunos cuadernos.
Grillparzer, él, Chopin. Los generales están
modelados en plomo y oropel para
dar a la llama del infierno un momento de respiro
después de kilovatios de paja. Adagios interminables.
Pero ante todo alegría, alegría
salvaje de forma, la hermana reidora de la muerte.

La canción de Penélope – Louise Elisabeth Glück

Pequeña alma, siempre desvestida,
haz esto que te ordeno, trepa
por los estantes de las ramas del abeto;
aguarda en la copa, atenta, como un
centinela o un vigía. Pronto llegará a casa;
te corresponde a ti ser
generosa. Tampoco tú has sido del todo
perfecta; con tu problemático cuerpo
has hecho cosas de las que no deberías
hablar en los poemas. Así que
llámalo a través del mar abierto, del mar resplandeciente
con tu canción oscura, con tu avariciosa,
forzada canción: apasionada,
como María Callas. ¿Quién
no te desearía? ¿A qué apetito
demoníaco no corresponderías? Pronto
regresará de allí por donde transcurra su viaje,
bronceado por el tiempo fuera de casa, reclamando
su pollo asado. Ah, tendrás que darle la bienvenida,
tendrás que sacudir las ramas del árbol
para captar su atención,
pero con cuidado, con cuidado, no sea
que desfiguren su hermoso rostro
demasiadas agujas al caer.

Silencio – José Luis Hidalgo

Silencio sobre el mundo. Va espesando sus alas		
la grave mansedumbre del corazón que escucha.		
Pesa sobre los muertos, como un cielo caído,		
todo el latir del tiempo sobre la tierra única.		

Dios es sobre vosotros. Azul tiene su carne,		
azul su vasta sangre inmensamente lúcida:		
azul es el silencio del mundo que os sostiene		
contra el silencio negro que vuestra carne oculta.		

¿Cantar?... ¿cantar?... ¿Quién canta? ¿Acaso un mar de piedra		
pudo lanzar su voz sobre la tierra nunca?		
¿Acaso, de estos hombres tendidos, la voz triste		
podrá brotar jamás de su muerte absoluta?		

Hay almas, pero callan. Sobre los cuerpos vuelan,		
pasan celestemente con un roce sin música;		
pero el silencio existe: pesa sobre los muertos,		
sobre la tierra pesa, como una eterna luna.

A Blas de Otero – Gabriel Celaya

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,		
y porque el mundo existe, y yo también existo,		
porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,		
gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,		
quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo		
de este dolor que insiste en todo lo que existe.		

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:		
el semillero hirviente de un corazón podrido,		
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,		
los días cualesquiera que nos comen por dentro,		
la carga de miseria, la experiencia —un residuo—,		
las penas amasadas con lento polvo y llanto.		

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,		
y también por el quinto de un Dios que no entendemos.		
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,		
los ácidos borrachos de amarguras antiguas,		
las corrupciones vivas, las penas materiales...,		
todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.		

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.		
La llama que nos duele quería ser un ala.		
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.		
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,		
sabes también por dentro de una angustia rampante,		
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.		

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:		
ese mugido triste del mar abandonado,		
ese temblor insomne de un follaje indistinto,		
las montañas convulsas, el éter luminoso,		
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,		
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.		

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,		
el alma transparente y el yo opaco en su centro,		
soy el agua sin forma que cambiando se irisa,		
la inercia de la tierra sin memoria que pesa,		
el aire estupefacto que en sí mismo se pierde,		
el corazón que insiste tartamudo afirmando.		

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.		
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.		
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,		
la esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio.		
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente		
la materia y el fuego, los latidos arcaicos.		

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.		
Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,		
soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,		
soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,		
soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante		
que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.		

¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!		
¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere		
sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!		
Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros		
y es una vieja historia lo que aquí desemboca.		
Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.		

Invoco a los amantes, los mártires, los locos		
que salen de sí mismos buscándose más altos.		
Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,		
los hombres trabajados que duramente aguantan		
y día a día ganan su pan, mas piden vino.		
Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.		

Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,		
la justicia exclusiva y el orden calculado,		
las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,		
la condición finita del hombre que en sí acaba,		
la consecuencia estricta, los daños absolutos.		
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.		

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,		
con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,		
con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,		
con ese mal tremendo que no te explica nadie.		
Irónicos zumbidos de aviones que pasan		
y muertos boca arriba que no, no perdonamos.		

A veces me parece que no comprendo nada,		
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.		
Lo real me resulta increíble y remoto.		
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.		
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,		
desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.		

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,		
idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.		
Detrás de cada hombre un espejo repite		
los gestos consabidos, más lejos ya, muy lejos.		
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,		
quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.		

Hace aún pocos días caminábamos juntos		
en el frío, en el miedo, en la noche de enero		
rasa con sus estrellas declaradas lucientes,		
y era raro sentirnos diferentes, andando.		
Si tu codo rozaba por azar mi costado,		
un temblor me decía: «Ése es otro, un misterio».		

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,		
distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,		
distintos en un tiempo y un lugar personales,		
en las pisadas huecas, en un mirar furtivo,		
en esto con que afirmo: «Yo, tú, él, hoy, mañana»,		
en esto que separa y es dolor sin remedio.		

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,		
desfilar ante casas quizá nunca habitadas,		
saber que una escalera por sí misma no acaba,		
traspasar una puerta —lo que es siempre asombroso—,		
saludar a otro amigo también raro y humano,		
esperar que dijeras: «Voy a leer unos versos».		

Daba miedo mirarte solo allá, en lo redondo		
de una lámpara baja y un antiguo silencio.		
Mas hablaste: el poema creció desde tu centro		
con un ritmo de salmo, como una voz remota		
anterior a ti mismo, más allá de nosotros.		
Y supe —era un milagro—: Dios al fin escuchaba.		

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.		
Las iras eran santas; el amor, atrevido;		
los árboles, los rayos, la materia, las olas,		
salían en el hombre de un penar sin conciencia,		
de un seguir por milenios, sin historia, perdidos.		
Como quien dice «sí», dije «Dios» sin pensarlo.		

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.		
Y vi que el mismo abismo de miseria medía		
como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.		
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,		
sentí que era posible salvar el mundo entero,		
salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.		

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;		
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;		
pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,		
con este yo enconado que no quiero que exista,		
con eso que en ti canta, con eso en que me extingo		
y digo derramado: amigo Blas de Otero.

A ti muchacha, que, de pronto, estrenas… – Antonio Gamoneda

A ti, muchacha, que, de pronto, estrenas
la juventud caliente de la risa,
a ti te estoy diciendo: eres precisa
en cierta soledad, en ciertas venas.

Crece la muerte con la vida. Apenas
le llega al corazón alguna brisa,
pero tú crecerías más deprisa;
la alegría que tú desencadenas.

Préstame, amiga, préstame temprano
tus ojos y tus pechos. Duramente
por la boca te sale mucha vida.

Esta hora es feroz. Dame la mano;
alcánzame una muerte sonriente;
pon tus labios desnudos en mi herida.

Perdido ando, señora, entre la gente… – Francisco de Figueroa

Perdido ando, señora, entre la gente,
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida:
sin vos, porque no sois de mí servida;
sin mí, porque no estoy con vos presente;

sin ser, porque de vos estando ausente
no hay cosa que del ser no me despida;
sin dios, porque mi alma a dios olvida
por contemplar en vos continuamente;

sin vida, porque ya que haya vivido,
cien mil veces mejor morir me fuera
que no un dolor tan grave y tan extraño.

¡Que preso yo por vos, por vos herido,
y muerto yo por vos d'esta manera,
estéis tan descuidada de mi daño!