Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Suena mi oscura juventud y suena… – Antonio Gamoneda

Suena mi oscura juventud y suena
mi corazón extrañamente grave.
Es silencioso Dios. Yo no. Quién sabe
por qué esta y tanta cantidad de pena.

Parece que es dolor lo que me llena
hasta la altura de los ojos. Cabe
vida y muerte en mi voz, pero no hay llave
para abrir el amor; sólo hay cadena.

Lumbre lejana que me estás quemando
y no me dejas ver y no me tocas:
esto es un hombre, pero está llorando.

Sólo quiere vivir, pero en caliente.
Dime: ¡qué hago con las ganas locas
de ser agua en la sed, sed en la fuente?

Uno es el hombre – Jaime Sabines

Uno es el hombre.
Uno no sabe nada de esas cosas
que los poetas, los ciegos, las rameras,
llaman "misterio", temen y lamentan.
Uno nació desnudo, sucio,
en la humedad directa,
y no bebió metáforas de leche,
y no vivió sino en la tierra
(la tierra que es la tierra y es el cielo
como la rosa rosa pero piedra).

Uno apenas es una cosa cierta
que se deja vivir, morir apenas,
y olvida cada instante, de tal modo
que cada instante, nuevo, lo sorprenda.

Uno es algo que vive
algo que busca pero encuentra,
algo como hombre o como Dios o yerba
que en el duro saber lo de este mundo
halla el milagro en actitud primera.

Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,
fácil y rigurosa y verdadera
toda intención que nos habita
y toda soledad que nos perpetra.
Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende
-alegría y dolor- toda presencia;
el corazón constante, equilibrado y bueno,
se vacía y se llena.

Uno es el hombre que anda por la tierra
y descubre la luz y dice: es buena,
la realiza en los ojos y la entrega
a la rama del árbol, al río, a la ciudad
al sueño, a la esperanza y a la espera.

Uno es el destino que penetra
la piel de Dios a veces,
y se confunde en todo y se dispersa.

Uno es el agua de la sed que tiene,
el silencio que calla nuestra lengua,
el pan, la sal, y la amorosa urgencia
de aire movido en cada célula.

Uno es el hombre -lo han llamado hombre-
que lo ve todo abierto, y calla, y entra.

¿Qué harás a estas horas con tus manos?… – Antonio Gamoneda

¿Qué harás a estas horas con tus manos?
¿A qué materias estarás cercana?
A la desolación de tu ventana,
¿trae la oscuridad ruidos humanos?

Me ocurre como todos los veranos:
me crece el corazón, me da la gana.
¡Vivir tan duramente la semana
y ahora no poder! ¡Ah ciudadanos!

Son las once en la noche. A lo mejor
es más tarde en la vida. Yo no veo
ninguna solución. Todo es peor.

Y tú, reina mortal, ¿en qué cal viva
pondrás los ojos a dormir? Paseo
como un perro; con sed, a la deriva.

El poema olvidado – Alfonso Cortés

Un viejo cuento extraño me contaron un día
junto a las hierbas, que no saben nada,
cuando conduce alegre el gran pastor del día
los gigantes rebaños de Occidente;
un viejo cuento extraño me contaron un día
junto a las hierbas, que no saben nada,
sentado en una piedra que no siente.

Hoy bajan sobre el valle de mi alma confundida
—el cuento, el sitio, la estación y la hora,
con la sal del amor, fatal para la vida—
hermosos, como una época historiada;
hoy bajan sobre el valle de mi alma confundida,
el cuento, el sitio, la estación y la hora,
como una vieja página olvidada.

Volaba una hora dulce en el aire, impregnado
de todos los perfumes de la vida...
yo usaba oír entonces la voz del complicado
mar de la tierra, del agua y del viento;
volaba una hora dulce en el aire, impregnado
de todos los perfumes de la vida,
cuando oí, en labios extraños, el cuento.

Quise hacerlo poema, y lo cantaba antaño,
dándole música en mi propio ser;
absorbió en mi cerebro todo el jugo del año
hasta darle su forma con denuedo:
quise hacerlo poema, y lo cantaba antaño
dándole música en mi propio ser,
¡y hoy que quiero escribirlo... ya no puedo!

¡Oh, poema! Un recuerdo legendario me labras,
que sobre el valle de mi alma se aleja;
canción cantada antaño en versos sin palabras,
que, hoy están en mi ser, pero olvidados.
¡Oh, poema!, un recuerdo legendario me labras,
que sobre el valle de mi alma se aleja
como sombra de cuerpos ignorados.

Aquí hubo un amor, hubo una impura… – Antonio Gamoneda

Aquí hubo un amor, hubo una impura
floración de la sangre enamorada,
pero la sangre más desesperada
no tiene un fuego en que incendiar tu hondura.

Como un ángel te vas; como la oscura
juventud del dolor; como una espada
de amargura y de viento, derrotada
por el hierro y la sed de la ternura.

En ti acaba la noche, en tu ribera,
y el agua amante y la pasión dormida,
y, en tu boca, mi boca verdadera.

Únicamente porque muere, canta
mi palabra desnuda y retorcida:
hacia ti, como un puño, se levanta.

Arráncate la luz de la mirada… – Antonio Gamoneda

Arráncate la luz de la mirada.
Los ángeles del bien están hundidos.
Voluntades de nubes y de nidos
son la ceniza de la madrugada.

Arráncate la luz, que ya es llegada
la hora de los cielos descendidos,
y desgarra tus labios encendidos,
que está abajo la tierra enamorada.

Está abajo la tierra y, por metales,
lentos barcos de amor, vagan los muertos
y no lloran: cantan, horizontales.

Es la boca de Dios. Estremecida,
en la vieja pasión de los desiertos,
clama, abajo, caliente, por tu vida.

¿De dónde sacas el aire? – Joaquín Benito de Lucas

¿De dónde sacas el aire
para mover la alegría?
Todo es asombro. Las cosas
tocadas con manos limpias
permanecen inmutables
para el hombre. ¿Quién olvida
que estamos haciendo uso
de lo que no se termina
en nosotros? ¿Para nada
ha de servir la bebida
del amor? Asombro todo
porque todo nos fascina.
Esa luz que resplandece,
si es estrella o es bujía,
¿sabe más de Dios? Misterio
y asombro de las divinas
cosas que el hombre maneja.
Llevemos las manos limpias
para estrechar a los seres
que desde su ser nos miran.
Llevemos limpio el espíritu.
Sólo asombro y alegría
del corazón. Quien se esfuerce
más se cansará. Sencilla,
como la luz de la tarde,
y como la luz, tan limpia,
ha de estar el alma a punto
para atravesar la vida,
que si nos llega el asombro
y nos invade, medida
es de que estamos amando
lo que vive en la otra orilla
de uno mismo; es tropezar
de ojos con lo que respira
y que sustenta en el aire
su asombro también. Cautiva
cada cosa está, y se esfuerza
porque parezca mentira.
Deja que vibren y sueñen,
deja que sueñen y vivan.
¡Y que el asombro que daña
hoy, mañana nos redima!

Regreso – Joaquín Márquez

Abre los ojos.		
Ya está de nuevo en casa		
Una hilera de besos		
hace guardia a la sombra del manzano		
y una sonrisa grande		
le ladra conociéndolo.		
                    En la tierra
del jardín, donde antes florecían		
los ojos de los niños,		
aún le espera la última comunión del pequeño.		
Y el jarrón más azul que la desgracia		
está entero en el centro de la mesa,		
ofreciendo su vientre de payaso		
al aire.		
        Todo sigue en su sitio.
Pero el viajero no comprende.		
Trata de entrar. Abre la puerta.		
Y está saliendo siempre de su casa.

Ars Vitae – Diego Maquieira

Teníamos fuerte afición al vino
le rendíamos culto a los racimos de uva
y éramos arrogantes, crédulos
pendencieros
Preferíamos la muerte
a perder la libertad
y llevábamos la alegría del amor
hasta las puertas del infierno
hasta desafiar a la misma muerte
desnudándonos en pleno combate
o agrandándonos las heridas recibidas
Y si veíamos en peligro la vida
de nuestras mujeres y la nuestra
nos dábamos muerte por gusto continuo
Y éramos tan arrebatados en la guerra
que jamás actuábamos de acuerdo a un plan
No conocíamos ni la humildad
ni la caridad, ni la abnegación
ni la dulzura
Éramos serios y semifabulosos
y adorábamos a nuestras esposas
que adoraban el falo y el oro.