Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años.
Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.
CUANDO cierres la puerta
y traigas en los ojos
la próxima derrota,
piensa que yo he perdido
más batallas que tú.
Cuando tu soledad
pese en las multitudes
y los indiferentes,
piensa que yo he vivido
más solo que tú.
Cuando nadie comprenda
la realidad de un sueño
herido por el mundo,
piensa que yo he fallado
más veces que tú.
Y cuando te avergüencen
por acudir al frío
de los que te llamaban,
piensa que yo he deshecho
más nieve que tú.
La vida nunca es fácil,
pero vas a entender
su corazón alegre,
tenaz y melancólico,
igual que yo.
Porque aparecerá
cualquier día del año
alguien mucho más joven
y más desobediente,
igual que tú.
Recibirás entonces
la mejor recompensa.
Todo tendrá el sentido
y una mirada limpia,
igual que tú.
Aquí tenninan los álamos.
El tranvía ha llegado a la frontera.
Ni un alma entre las torres.
Ni una torre.
(Chilla un gato en la niebla como un niño peruano).
El muro inacabable de ladrillos
repetidos y rojos como un ojo de mosca,
el café sin ventanas contra un aire de plomo
(fue el café),
la mala yerba en la cerca oxidada
(fue el jardín),
el poste de madera con su lámpara rota
(fue la luz).
Carbón sin brasa, no guardas ni la muerte.
Te sobrevive apenas ese gato
oculto tras la sombra del borracho que cruzó la frontera
en pos de los tranvías amarillos.
Viene la noche con su gran manto de espinas a dormir en la cama de los insomnes. Y a falta de esa muerte provisional, de esa honda ausencia donde flota el cuerpo, esa novela que urde en blanco el silencio, deja en la mente la conciencia trágica, el archivo salvaje, la foto ilesa, la vuelta intolerable de todo aquello. de lo que no quisieran ni acordarse.
Contemplé tanto la belleza,
que mi visión le pertenece.
Líneas del cuerpo. Labios rojos. Sensuales miembros.
Cabellos como copiados de las estatuas griegas;
hermosos siempre, incluso despeinados,
y caídos apenas, sobre las blancas sienes.
Rostros del amor, tal como los deseaba
mi poesía... en mis noches juveniles,
en mis noches ocultas, encontradas...
Está la plaza sombría;
muere el día.
Suenan lejos las campanas.
De balcones y ventanas
se iluminan las vidrieras,
con reflejos mortecinos,
como huesos blanquecinos
y borrosas calaveras.
En toda la tarde brilla
una luz de pesadilla.
Está el sol en el ocaso.
Suena el eco de mi paso.
– ¿Eres tú? Ya te esperaba...
– No eres tú a quien yo buscaba.
Me doy, grita el vencido. Es decir: te pertenezco, renuncio a mi identidad y a mi dignidad, a mi condición humana. Desciendo a res (en español y latín): bestia, cosa, animal que puedes uncir al yugo o bien sacrificarlo en el altar de tu triunfo.
El vencedor, en la ebriedad de si mismo, no alcanza a ver la sombra que proyecta su víctima: la espada de la venganza, el espectro del guerrero que se dispone para ser otra vez verdugo de quien creyó eterno su poderío y sin embargo muy pronto dirá también: me doy y bajará la cabeza, humildemente como el lobo vencido.
Quedarme aquí
en esta casa
donde estoy de paso.
Y lo que cogen los ojos
con torpe prisa de avaro
—ángulo, relumbre en sombra,
hoja y cielo en la almohada—,
visto al fulgor del momento,
y lo agavillan ansiosos
para llevárselo,
verlo despacio,
a luz de sol y de luna,
a luz de estío y otoño,
a luz de goce y de pena.
Verlo tanto
que esto que me queda ahora
clavado e inolvidable
como el más alto cantar,
esto, que nunca se olvidará
en mí porque fue del tiempo,
de tan mío, de tan visto,
de tan descifrado, fuera,
eternidad, lo olvidado.