Archivo de la categoría: Poesia española

Su fino rostro… – Ángel Ganivet

Su fino rostro en luz azul bañado
de sus grandes pupilas luminosas,
se recata en las ondas caprichosas
del mar de sus cabellos encrespados.

Su mirar dulce, suave, está velado
por plácidas visiones amorosas,
y un rumor leve de ansias misteriosas
en su boca entreabierta ha aleteado.

Su talle esbelto, airoso se cimbrea:
ora se yergue altivo, dominante,
ora se mece en lánguido vaivén,

cuando le arrulla la feliz idea
de abrir su pecho a un corazón amante
y decirle: estoy sola y triste, ven.

Crepúsculo de sombra – Diego Medina Poveda

He de salir, salir y no ser nada,
no ser palabra ya que arda en la boca,
he de salir como agua en el arroyo
en líquida estampida que desborda
el ser y nada guarda en su cauce;
caminar por recuerdos, las memorias
cercadas por los diques de este cuerpo
que vuelen y no sean ya memorias;
y después como el agua prosigue,
como deja de ser cosa corpórea
por mi frente en cascada se termina
y de ser deja para ser ya rosa,
rosa de luz, luz del alba que tiembla,
sombra y fuego, crepúsculo de sombra.
Y es que cuando la carne se ilumina,
cuando nace el estío en la gran bóveda
y de esta tierra irradia lo concreto
el agua del arroyo se evapora,
arde lo azul, y es eterna arriba…
Y así como eternas son las horas
quiero salir y ser eterno, Claudia,
que no me espere lo que todo borra,
y que llegue el crepúsculo y me haga alma,
y que llegue tu noche y me haga sombra.

Primer amor – Carmen Conde

¡Qué sorpresa tu cuerpo, qué inefable vehemencia!
Ser todo esto tuyo, poder gozar de todo
sin haberlo soñado, sin que nunca
un ligero esperar prometiera la dicha.
Esta dicha de fuego que vacía tu testa,
que te empuja de espaldas,
te derriba a un abismo
que no tiene medida ni fondo.
¡Abismo y solo abismo de ti hasta la muerte!

¡Tus brazos! Son tus brazos los mismos de otros días,
y tiemblan y se cierran en torno de tu cuerpo.
Tu pecho, el que suspira, ajeno, estremecido
de cosas que tú ignoras,
de mundos que lo mueven…
¡Oh pecho de tu cuerpo, tan firme y tan sensible
que un vaho lo pone turbio
y un beso lo traspasa!
¡Si nunca nadie dijo que así se amaba tanto!
¿Podías tú esperar que ardieran tus cabellos,
que toda cuanta eres cayeras como lumbre
en un grito sin cifra,
desde una cordillera gritada por la aurora?

¿Ceniza tú algún día? ¿Ceniza esta locura
que estrenas con la vida recién brotada al mundo?
¡Tú no te acabas nunca, tú no te apagas nunca!
Aquí tenéis la lumbre, la que lo coge todo
para quemar el cielo subiéndole la tierra.

Escena en un mar – Concha García

Todo lo que dice bordea el asunto.
Habla de tierra rara, de un hotel,
de varios obstáculos. Una mirada
complaciente casi le abraza. Llega
de un remoto trazo de letra. A cualquiera
no le escriben. Tengo miedo
de abrir los regalos, los dejo a la sombra
del mueble. Si hubiese en ellos
esa señal acabaría tirándome por la ventana.
Es mucho mejor que las habitaciones
de ese hotel… y después, fíjate,
resulta un desencanto el envoltorio.
Quiere lo que esconde la arena
ese vaivén que sólo el viento
es capaz de insinuar con su fuerza.
Me dice: Transcurren los días encerrada
todavía no he acabado la novela
me cuesta dejar la casa que no tuve
sueño con habitaciones sin puertas
hoy ha llovido. Me duele la cabeza.
A veces me eclipsa el tarot y me decido.
Aquel viejo ajuste de cuentas me preocupa
en sus melodías borrosas. Ya no es
la que era. ¿Quién es la que era?
Un trío de jóvenes afina la garganta
van a cantar y el ruido es espantoso.
Habla a borbotones y cae de su cabeza
un péndulo justiciero, una cana
que ha dejado henchido su corazón.
Mis planes están lejos
nadie ha oído nunca lo que dije.
Cuando llega la serpiente yo me enrosco
y construyo el hotel con soledades.
¿Quién lo habita? le pregunto.
Un camarero sesentón lee la prensa
tiene espalda de camionero y ojos
de haber visto pocas cosas. No nos mira.
Por fortuna todavía me queda tiempo
lo sueño en los libros. Estará
lleno de poetas. ¿Poetas?
Tu hombre antiguo está reproducido
en la caída de tu labio. Predices
un porvenir que sólo es concedido a los extraños.
¿Y por qué poetas? Porque están solos
y desayunaremos juntos. ¡Ah, cuánto
he amado! Qué hipócrita confesión
y qué sincera. Veo tu fingir estar despierta,
una voz que corre por la terraza
de una casa que tuve. Una barriga
indispuesta. Un ¿quién lo ha hecho?
¿A estas horas cómo pude haberlo hecho?
Pero qué hiciste. Sumisas decisiones
en el fondo. Y me repite: Todavía
soy hermosa, me dijo el ginecólogo
que se puede hasta los cuarenta y cinco.
Mis madrugadas son terribles
pongo música y recuerdo canciones
no te puedes imaginar lo que me pesa
el estribillo de las de cuna.
Todavía no hemos muerto. Otra cerveza.
Durante media hora se callan los músicos.
Me voy hacia atrás con ella,
nos percatamos de una vieja deuda
porque nos hemos equivocado de vaso.
Te quise tanto. ¿A mí? ¿A mí me quisiste?
¿Qué hora es? Tu deseo es confuso.
Fíjate, es una tierra sola que da al mar
llena de poetas desayunando conmigo.
Yo sé que tu ex amante desapareció entonces,
quería la gloria y se hizo famoso e inaccesible.
¿Cómo puedes reprochármelo?
Los misterios insondables no existen
si no se adora un cuerpo. Esta escena
de pasión me parece muy sórdida.
Es una tierra llena de rabia. Yo salgo
de una ventana y contemplo un mar
desgajado del paisaje.
Anula las huellas y pone pisadas.
Estamos rodeadas de ropa tendida
bamboleándose. Crecen arbustos
y se encaraman en una mesa plegable.
Veo restos de un desayuno entre varios,
la imaginación de los que estuvieron
ha formado una nube de pensamientos
que se deshace, como un recuerdo helado
sobre el cubo de fregar.
El agua estancada formula paradojas.
Tú tiras su contenido a la tierra,
la tierra llena de rabia desgaja los poemas
se traga los silencios, las muecas y los gestos
de los que aquí estuvieron.

Y dormir contigo se convierte, entonces, en poesía – Elvira Sastre

Caminas descalza
como si supieras de qué está hecho el mundo
y quisieras darle forma con la curva de tus pies,
bailándolo a tu antojo
como bailas mis días,
haciendo que al resto
se nos claven tus huellas
en lo que nos queda de ojos
después de mirarte,
y no podamos sino seguirte.

A veces sonríes,
y el mundo se abre con tu boca,
como cuando bostezas
y tiras por la borda
cualquier amago de abandonarte,
porque la paz está ahí,
entre tus dientes,
cuando me muerdes el corazón
y te lo tragas,
y yo respiro.

Me miras
noventa y nueve veces al día
como si yo fuera lo único que se interpusiera
entre la realidad y tus ojos,
me conviertes en tu filtro
y dices que a través de mí
el mundo se ve más bonito,
y son cien las veces que yo te miro de vuelta
preguntándome
qué diablos será eso que te convierte en cielo
y despeja mis tormentas,
que te hace sujetarme
cuando decido precipitarme
o dejarme la garganta
en mil silencios,
qué esconde mi boca
para que mientras me besas
solo pienses en el siguiente beso,
qué verás
en mi pelo alborotado al despertar
para que quieras acariciármelo así,
como si estuviera herido
y tú supieras exactamente
qué hacer
para salvarlo,

-preguntándome
qué diablos
tendré
para
ser
lo
único
que
ves
cuando
miras
al
mundo-.

Me masturbas el alma
a dos manos
-cómo no voy a creerme
que tus dedos
me esconden-,
me pones de espaldas
y te dejas
entera
dentro de mí
-así pasa ahora,
que te llevo a todas partes-,
te vuelves
algo así como un animal salvaje
pero tierno,
con esa lascivia
que dibuja tu boca
cuando tienes hambre,
te vuelves gigante
y me nombras,
y yo te digo
al oído
que voy a correrme contigo
hasta llegar al fin del mundo,
si es que eso existe
después de ti
-tú,
que lo único que tienes de final
es todo lo bonito
que viene después-,
y entonces
caigo rendida,
vencedora,
libre,
con el alma aun entre tus dedos,
desnuda,
palpitante,
viva,
en calma,
frágil,
repleta,
satisfecha,
completa,
sobre tu pecho,
y es entonces cuando entiendo
lo de soñar sin dormir.

Y me creo lluvia
y te duermo a besos.

Quién me iba a decir a mí
que ibas a llegar a mi corazón
entrando por la boca.

Conviertes las mil maneras
que existen de huir
en mil maneras de quedarse,
contigo.
Y dormir a tu lado
se convierte,
entonces,
en poesía.

Reprocho a las cosas que le entretienen – Pilar Paz Pasamar

( ¡Ay, qué grandes debéis ser
que así me lo entretenéis! )

Altas de talle y, bien plantadas.
y cien veces aborrecidas
cuando se espera de esta forma
desesperada y decidida.
¿Con qué hebras tejéis los hilos
que me lo ensartan y desvían,
urdidoras de mi coraje
y robadoras en porfía?
¿Por qué caminos o qué atajos,
agazapadas, repentinas,
le dais el alto, santo y seña,
paso le dáis para que os siga?
¡Si yo no puedo en la distancia
ganar batallas ni partidas,
enfrentarme con vuestros aires,
regatearos con mi risa,
reclamaros con mi presencia
su. necesaria compañía!

( ¡Ay, qué blancas debéis ser
que así me lo entretenéis! )

Cuando llegue, no habrá palabras,
razón que valga y que me asista,
vendrá cansado y solitario
con la frente desvanecida
y -a tres cuartas el corazón,
achicada y medio escondida-
yo iré quitándole de en medio
toda la carga de este día,
porque no note mi cansancio
ni se le acerque mi ceniza:
los desperdicios de mi sueño,
los retales de mi alegría,
las cortezas de aburrimiento
y el agua muda que se agria.
A nadie le dolerá el aire,
a nadie pasará este día…
¡Y he de llevar el plomo oscuro
de su cuerpo mientras viva,
la memoria de aquellas horas
en las que todo enmudecía,
en las que todo fue silencio,
latir de alas oprimidas,
metal de espera por las manos,
por las sienes y las rodillas!
Nadie sabrá. Nadie. Ni él mismo.
Una de tantos… Sólo un día…
Todo perdió su sal, su vez…

( ¡Ay, qué grandes debéis ser
que así me lo entretenéis! )

Yo pregunto – Alfonso Costafreda

Ha muerto mi padre.
Se repite su ausencia cada día
en el hogar vacío.
Yo pregunto,
y además de la ausencia y además
de perder los caminos de esta tierra,
¿qué es la muerte?

Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte?
¿Has hallado la paz que merecías?
¿Encontraste cobijo en nueva casa
o vas errante, y sufres bajo el frío
del invierno más grande, del total
desamor?

Yo te pregunto, padre, si son algo
los muertos, o si la muerte es sólo
una inmensa palabra que comprende
todo lo que no existe.

Canción Pornográfica – Luis García Montero

A Benjamín

El agua pide orillas donde apoyar la frente,
la noche busca sueños para entrar en las casas,
la luz se hace murmullo
y los países juegan a las cartas.

Juegan
como el silencio con sus ruidos
para pensar que existen en un orden certero.
Como los rayos de la luna,
porque cantan su número y se van deshaciendo.

Juegan como los dioses sin castigo,
suplican el color de una bandera
y la sombra de un himno.

Necesitados de soberanía,
los desnudos no son papel de plata.
Ya no hay sombras detrás de los abrazos
y los países juegan a las cartas.

Como carne apretada a nuestros huesos… – Antonio Carvajal

Como carne apretada a nuestros huesos
nos envuelve el amor más solo y puro,
que, apartados del mundo y su conjuro,
vivimos un festín de fiebre y besos.

Este recinto prieto, donde presos
unánimes nos damos un seguro.
este campo solar y nido oscuro
abona en gracia vida y embelesos.

Contagiados de mundo, sin embargo,
lucha es la vida con caudal de grito,
y a veces un sollozo y un letargo.

Y es que el dolor destroza nuestro mito
y el dulce amor nos sabe tan amargo
como la sed de un páramo infinito.

Ahórrate el dolor, no tienes modo… – María Sanz

Ahórrate el dolor, no tienes modo
de convencer al mundo de tu huida
hacia aquellos placeres
donde te desangraste.
Los inviernos se siguen sin descanso,
trazan la soledad de tantas horas
como heridas, imponen
sus manos en tus sienes tumefactas.
Ahora no hay dulzor para más noches.
Ese fin al que nunca renunciabas
por mantener abierto tu desvelo,
ya diluyó sus límites
en un gozo transido,
negándote el amor interminable
después de la amargura.
Los inviernos alivian
el paisaje febril que te rodea,
pero no es suficiente
para alejar del mundo tu partida
hacia el delirio donde agonizaste.