Quizá, quizá me repito;
si tú lo dices es cierto;
y aunque estrene siempre el alma,
será en el mismo universo.
Pero también se repite
el mar, múltiple y perpetuo,
y fulge en estrellas únicas
cada noche eterno el cielo.
La primavera, las nieves,
en la corona del tiempo,
cuando todo había pasado
lo devuelven, limpio y nuevo.
Así que si mis palabras
se enlazan porque te quiero
deben, con varia hermosura,
decir siempre el mismo sueño.
La afinidad de las cosas
tiembla en el rocío del verso
repetido: ¡Gota, mundo,
alba del conocimiento!
—También las rosas, también
los suspiros, y los besos
se repiten en ternura...
Todo lo repetiremos.
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Epitafio para una muchacha – María Victoria Atencia
Porque te fue negado
el tiempo de la dicha
tu corazón descansa
tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron
tu vestido más rico
y la tierra no supo
lo firme de tu paso.
Aquí empieza tu siembra
y acaba juntamente
—tal se entierra a un vencido
al final del combate—,
donde el agua en noviembre
calará tu ternura
y el ladrido de un perro
tenga voz de presagio.
Quieta tu vida toda
al tacto de la muerte,
que a las semillas puede
y cercena los brotes,
te quedaste en capullo
sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido
floral de primavera.
Quizá el amor es simplemente esto… – Antonio Gala
Quizá el amor es simplemente esto:
entregar una mano a otras dos manos,
olfatear una dorada nuca
y sentir que otro cuerpo nos responde en silencio.
El grito y el dolor se pierden, dejan
sólo las huellas de sus negros rebaños,
y nada más nos queda este presente eterno
de renovarse entre unos brazos.
Maquina la frente tortuosos caminos
y el corazón con frecuencia se confunde,
mientras las manos, en su sencillo oficio,
torpes y humildes siempre aciertan.
En medio de la noche alza su queja
el desamado, y a las estrellas mezcla
en su triste destino.
Cuando exhausto baja los ojos, ve otros ojos
que infantiles se miran en los suyos.
Quizá el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y olvidarse.
Cada uno permanece siendo él mismo,
pero hay dos cuerpos que se funden.
Qué locura querer forzar un pecho
o una boca sellada.
Cerca del ofuscado, su caricia otro pecho exige,
otros labios, su beso,
su natural deleite otra criatura.
De madrugada, junto al frío,
el insomne contempla sus inusadas manos:
piensa orgulloso que todo allí termina;
por sus sienes las lágrimas resbalan...
Y sin embargo, el amor quizá sea sólo esto:
olvidarse del llanto, dar de beber con gozo
a la boca que nos da, gozosa, su agua;
resignarse a la paz inocente del tigre;
dormirse junto a un cuerpo que se duerme.
Si todo acabó ya, si había sonado… – Antonio Gala
Si todo acabó ya, si había sonado
la queda y su reposo indiferente,
¿qué hogueras se conjuran de repente
para encenderme el pozo del pasado?
¿Qué es esta joven sed? ¿Qué extraviado
furor de savia crece en la simiente?
Si enmudecí definitivamente,
¿para quién canta un nido en mi costado?
¿Por qué cruzas, abril, mis arenales
talándome el recuerdo y su enramada,
aromando rosales sin renuevo?
¿Qué esperanza me colina los panales?
¿Qué me das a beber de madrugada,
destructor de promesas, amor nuevo?
Carmen de la plenitud – Eugenio de Nora
Más bien no tener palabras,
sino estrellas, sino rosas.
Más bien decir, al pensarte,
la belleza: ella te nombra.
Ah, si el mundo que sé y quiero
se implantara, forma a forma,
¡qué plenitud, qué alegría,
qué nueva creación gozosa!:
Desbordarían las fuentes
a la sed; las tensas rocas
a los cielos; la caricia
a las manos creadoras,
felicidad!
Todo, nuevo
a tu imagen; todo sombra
de tu paso: porque existes
y vivo tu eterna hora.
¡Cima, plenitud: sentirte
descanso del alma, y forma!
¡Quererte!: florecer astros,
y estrellar la noche a rosas...
Carmen de la riqueza- Eugenio de Nora
Yo, muchacho aldeano, regresando
por mis años de fresca y verde senda,
traigo, para tu tiempo, la alegría
de aquella inagotable primavera.
Para tu boca traigo la caricia
de tantas flores de color que sueña;
para tus ojos en los que oscurece,
la estrella de la tarde triste y bella.
Traigo la voz del agua que ha pasado
en el silencio tibio de la hierba;
te traigo el cielo, corazón sonoro
con álamos de música y ribera.
Abre tu alma. Mira el valle inmenso.
Nos ha correspondido esta riqueza.
es todo tuyo. el borde de la dicha
va más allá del tiempo y de la tierra.
Versículo del Génesis – José Manuel Caballero Bonald
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
Entra la noche como un trueno
por las rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.
Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.
Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.
Entra la noche como un grito
entre el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre sus últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.
Carmen de la lluvia fina – Eugenio de Nora
¡Oh universo en que quiero
estar! ¡Ramo de estrellas!
Estas gotas de lluvia,
tierra tibia, te encuentran...
Hasta ti fue la vida toda
como un inmenso mar de ausencia.
Pero, poco nos basta.
Las medidas humanas
no son tan infinitas como piensas
felicidad: ese algo
de concreción, de pura forma bella,
ya nos basta. ¡Racimo
de lluvia, cabellera
levemente mojada,
y que ilumina una sonrisa eterna:
te basta ya!
Y éste es el mundo
estrellado en que habitas; ésta era
la lejanía soñada. ¡Canta!
Aquí está la promesa.
Carmen de las flores tempranas – Eugenio de Nora
Los almendros en flor, embriagados
en la luz clara de la tarde,
dan su color feliz y delicado
a la esperanza núbil de los aires.
¡Las flores al azul, precisas, leves,
las hojas verde y luz en la corteza;
la maravilla, los almendros de aire
sobre esta tierra parda y seca!
¡Oh corazón, ya llega abril; ya el cielo
tendrá el color de la felicidad!
Mira las flores: ah, suspiran;
están diciendo que amarás.
Carmen de la impaciencia – Eugenio de Nora
¡Oh mediodía! Mis oscuros ojos
del valle al monte lentamente van,
buscando entre lo verde, o en lo blanco,
ay, rama o nieve en la que descansar.
Pero los caminos del aire y la tierra
los paseaba sólo la tristeza.
Yo buscaba en la vega, en la cima,
mi compañía, mi alegre libertad,
y ni ternura vegetal ni frío
me habrían podido contestar.
Todos los caminos del aire y la tierra
esperaban algo que nunca llega.
La corola tan azul del cielo,
hecha tiempo, se mustia al girar,
y el mismo sol, el mismo sol de oro
va decayendo con dulzura astral.
Mira, ¡tantos caminos de tierra y aire!,
y van sin nadie, solos de no encontrarte.