Cuántas veces, paseando
la ternura de la hierba,
por las orillas del río
se hace más clara la pena...
Igual que un corazón tibio
que te sabe y te recuerda,
cuántas veces me has querido
sombra de las alamedas...
Los ríos son mis amigos,
porque saben que se acercan,
aunque marchen, y suspiran
cantando, como quien besa.
Decidme si vuestros nombres,
verde Aar, claro Bernesga,
van teniendo, como el mío
en las orillas banderas...
Porque yo sé que es alegre,
que es bella nuestra tristeza,
mientras hacia el mar pasamos
siempre amando la ribera...
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Carmen de un momento – Eugenio de Nora
Ahora puedo estar viviendo
muy otro tiempo, puedo ir
cortando juncos, junto al agua,
mirando el cielo que ya amé.
Ahora puedo, frente al mar,
sentir la sangre densa en olas,
y entresoñar, porque atardece,
y las estrellas caen en mí.
¡Felicidad, madurez clara!
Todo era flor, y también tú;
también tú pasas, llegas, pasas;
qué hermoso y triste es comprender.
¡Oh pena dulce de los besos!,
¡oh cintura de amor!; dejad,
dejadme amar lo que no vuelve...
y hacia el olvido, solo fin.
Carmen de los suspiros – Eugenio de Nora
...La rosa, la estrella, el alma.
Deseando siempre, siempre,
(ay),
todo lo que más nos falta.
Buscando, desamparados,
la sombra de nuestro fuego,
(ay)
el tiempo en que quedamos.
Banderas altas del día
dan su azul celeste al viento.
Yo quisiera, tú querrías...
(Ay
los dos estamos muy lejos).
Media vida es esperarse.
Media, recordar los sueños.
Para estar juntos un día,
para sentirnos de nuevo...
(Sueña...)
Cuando lo tengamos todo...
(Suéñalo)... recordaremos
(ay)
esta tristeza de oro.
Carmen de las horas ansiadas – Eugenio de Nora
Son ya tantas las flores de este valle
que se abrieron queriendo recordar;
tantas las horas idas, en caricia
de hombros desnudos al amanecer;
tan hondas, tan del alma las estrellas
con música apretando el corazón...
Las veces en que el agua y tu cintura,
la luz y tu sonrisa, el palpitar
de las ramas del aire y los suspiros
los enlazó mi sueño porque tú
no estabas —aunque estabas—; tanto fue
el cariño que di por ti en miradas,
en pensamientos, tanto fue el amor...
Que cuando llegues —bajo tu luz misma
como el sol súbito en el ancho mar—,
verás de pronto, cieleado, inmenso,
un mundo sólo florido hacia ti
y en el que todo, en ala de caricia
dirá: «soy yo; te quiero, te esperé».
Para ti sola, por la madrugada
de luz antigua que en tus ojos hay;
para que sacies con tus manos rosas,
sobre el anhelo en flor de la canción
abro esta página de primavera...
Eres tú misma. Llega a ti. ¡Ven!
Carmen del lago azul – Eugenio de Nora
A un lago azul te comparaba,
maravilloso, claro.
Pues, como ya nada en el mundo
tenía sentido, como ya el descanso
sólo podía traerlo el gran regreso,
la muerte misma, yo, anhelando,
con el corazón joven
busqué lo más cercano
a morir: entregarse,
amar perdidamente, darlo
todo.
...Queda un lago encantado.
*
«Aquí llegaron los amantes»,
dirán.
Y si la primavera,
igual que ahora con nosotros
florece en las orillas tiernas,
han de pensar:
«Por estos lirios
de los bordes, por la pradera
venían... Pero las flores, bajo el tiempo,
eran aún más bellas...
y ellos siguieron, hasta el fondo.
(Maravilloso era
ver cómo entraban al palacio
del agua, sonriendo,
soñando, mano en mano...)»
«Aquí llegaron...»
Y en la noche
—fuego de astros bajo el lago—,
dirán:
«Se fueron a buscar estrellas
que en lo hondo de sus ojos palpitaron...»
*
Nosotros, ya, seremos
canción sólo en sus labios.
...Pero labios de amor. Y se oirán besos
al chasquido del agua en lo estrellado.
Carmen de unos recuerdos – Eugenio de Nora
Hermosa,
sólo hermosa.
Estrellas tibias en tu pelo suelto
que el aire combatía;
prados floridos, cielos
en el agua, curvados
animales ligeros cuerpo abajo, ladera
abajo; pechos
gacelas; áureas
caderas con caballos. Todo, fuego
en un río de espacio musical, cauce de astros
infinito.
Sí: bella,
hermosa. Sonreías
como cálida nieve; mirabas pasar ríos;
concedías labiales
claveles oprimidos, auroras
vacilantes, luz negra,
hiedras ardientes cuerpo adentro.
¡Oh rosa
hija del tiempo, agua
del tiempo, floreciente
lago de tiempo!
Junto a tus orillas
he soñado la vida, y he mirado
anchos los cielos. Aunque todo pase,
yo amaré siempre.
Poso mi cabeza
sobre la roca, muevo el horizonte,
y oh sollozado ramo de palabras, golpeo
el agua clara. ¡Fuente,
luz del ser, con tu imagen!
¿Te soñaba? Tenía
una estrella en el pecho.
Y tú eras
hermosa, eras
hermosa; sonreías...
Carmen de las manos maravillosas – Eugenio de Nora
¡Versos de amor! Qué pronto queda
dicho todo, sin empezar.
Es igual que mirar al cielo
iluminado alguna vez.
Tan honda en lejanía, tan puro
lo que quisiéramos cantar.
Pero qué decir de una rosa
en la mano, en el corazón.
( Sentarse al borde de una fuente,
sedientos, y verla temblar
en el junco verde, en el pájaro
que alegra la onda de la luz.
Tan indecible y sin palabras
como adorar, quedar, sentir
al aire en flor de una sonrisa
toda nuestra felicidad. )
Yo no sé bien por qué, tentado
de imposible, quiero decir
cómo la dicha excede al hombre,
cómo es tan inefable ser;
¡ser, solamente, ser, completos,
esto que somos al amar!
Una lira sonora, ebria,
en manos...
ah, ¿de quién, de quién?
Carmen del destino – Eugenio de Nora
¡Vida plena, primavera!
¿Quién os podría negar
viéndoos?... Y si pasarais,
¡tiempo para recordar!
¡Ah!, ¿en qué mundo, o en qué sueño
he entrado, para encontrar
el alma que no tenía...?
¡Pudiera morirme ya!
Lo mejor de mí no es mío.
Lo que yo he de ser está
esperándome en tus ojos.
¡Cómo los iba a olvidar!
Carmen nostálgico – Eugenio de Nora
Ah la sonrisa, alegría cierta
que como una paloma blanca
vuela en tu pequeña ciudad.
Los atardeceres del valle
coronando de guirnaldas breves
la lejanía honda y azul.
Desde la cima, en primavera,
el oleaje verde y claro
de la llanura floreal.
Y nuestros árboles, doseles
de fibra y luz, entrelazados
por los rosales del amor.
Y la penumbra, con la fuente.
Y el aire, maravilla, nuestro,
al respirar en él y en ti.
...Quién diría que no es un sueño
el mundo; que es más bello todo
para vivir que al recordar.
Quién soñaría lo que he visto
en tus ojos, ni la ternura
que puede acariciar tu voz.
O quién te adoraría, oh noche
de suaves claveles unidos,
sino el que besa, por amar.
Carmen del amanecer – Eugenio de Nora
En las praderas de la madrugada
rociadas de estrellas fugaces,
me gusta recordar tu alma.
Y aspiro hondo, al sol rasante
de luz tan tibia, la delicia
de sentir como tu boca el aire.
¡Canta la tierra, canta! Duda
entre los embriagados pájaros
y las corolas de hermosura.
Y pasa, como el agua al fondo
del cielo suyo, ¡la alegría
—azul, azul—, de gozo en gozo...!
¡Uno, cien, mil, todos los días!
Es la canción que dice siempre,
que canta ¡siempre!, repetida.
¡La eternidad cada mañana!
—Eres la vida que amanece.
Tierra de luz, ilimitada...