Archivo de la categoría: Premio Adonáis

El amor – Luis García Montero

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

El poder envejece – Luis García Montero

Ella me besa, marca la sonrisa
y viaja por los labios al pasado
con el adorno de sus sentimientos,
lujosa y encendida como un árbol
de navidad, paloma
de amistades difíciles
que abriga con recuerdos lo que duele
por demasiado frío en el presente.

Ayer te vimos por televisión,
no vas a cambiar nunca.

Él mide las palabras y me tiende la mano:
hubiese preferido no encontrarme.
Seguro como un pino del norte en su montaña,
vigila los recodos, las umbrías,
y sólo se interesa por el rumbo
que la vida nos marca.
Yo no pienso en traiciones, en el sucio
prestigio de sus manos.
Únicamente veo
estos ojos de halcón y me pregunto:
¿qué pensarán de mí?

Calle arriba, después, al despedirnos,
mi cuerpo reflejado se detiene
en los escaparates,
y con necesidad de asegurarse,
por encima de objetos de regalo,
abrigos, maletines de piel, televisores,
levanta el dedo y con temor me dice:
no vas a cambiar nunca, no vas a cambiar nunca.

Memoria del arder – Miguel Ángel Velasco

De cuanta mies cernida entre tú y yo,
de cuantos actos de preciso arder,
de fiebre singular, de gloria exacta
señora de su hora,
de aquel reconocerse el doble ausente
en el espejo mudo
del otro, qué gavilla
escasa de reflejos nos alcanza
la lente del recuerdo.

De aquella dulcedumbre de fundirse
solo y sola de gozo
en un cuerpo maestro, torneado
con las ondas sabidas del volver
la sed a su agua toda,
qué poco me retiene
el cuenco de mis lluvias.

Quedó quieto aquel vértigo
que te vi, que me viste, una celdilla
con la miel del amor
cuando nos jaleábamos,
y con todo y con tanto que celaba
la cámara del ámbar, qué tan parco
haz consiente la grieta
abierta en el olvido.

De aquella muchedumbre de los trigos
qué poco le rebosa al corazón
en su vaso de áridos.

El llanto de los puentes – Miguel Ángel Velasco

El llanto de los puentes no es el río,
no es la vena que enhebra el ojo hundido
del paso de los hombres.
El llanto de los puentes
es un llanto de piedra silencioso
que sus paredes celan.
Este puente se amasa en llanto oscuro.
Cien esponjas se embeben
de ese llanto cautivo, corazones
de cien niños tapiados
a cal y canto para propiciar
la carrera del sol
con su sangre secreta.
Cien espinas de infantes apuntalan
la iglesia encastillada en la colina
como un quebrantahuesos.
Amantes, pisad quedo; laúd, refrena
tu son enamorado:
esta piedra nos dice un canto sordo
que el agua sabe y las campanas callan.

Mano – Miguel Ángel Velasco

Miro tu mano quieta
sobre mi pecho,
tan tímida que apenas se diría
que ha crepitado al roce
de una espuma nocturna, que muy dócil
se somete a esa música
precisa de la sangre, y que un arder
aún más de álgida fiebre ya le pulsa
su racha de coral en otra atmósfera.
Quién lo diría de este manso lirio,
que tu mano de luz se sueña estrella
abriéndose de noche, una bengala
en fuga del arrullo y la caricia.

Ánima de cañón – Miguel Ángel Velasco

¿Qué será cuando el día se congele
con la detonación de nuestra carga
en el hueco del tiempo?

¿Cuando nos engatille
la del cuerpo mayor,
la fusilera Hécate,
con la espingarda de la luna
en desvelo de caza,
de la que ser su blanco;
o a contraluz de un sol que se comprima
en una carabina, en su mirilla,
y al fondo nuestra liebre, un punto trémulo
del túnel frío que se estreche en nada?

¿Saldrá el alma
soñándose fogueo, en expansión
reversible su posta, hacia una luz
que nos funda en su seno?

¿Se alzará en perdigones, loco polen
de plomo y extrañeza,
al encuentro del cáliz de la noche?

¿O quedará sin más amartillada,
de este lado el tímpano,
soldada a su calibre,
sin dar siquiera un humo leve el ánima?

Los adioses – Miguel Ángel Velasco

Benditos los pañuelos que aún ondean
en la estela del tiempo, en su ser puros
del paño fiel de lo que somos, llama
que un instante se agita
en el aire del ansia, en extensión
de la caricia en vilo del arder
en sajadura, flámula
ávida y trémula
de que otra llama hermana, hermana blanca,
en lontananza a su tremor responda,
a su tremor de acaso, a su prenderse
a la esperanza en ascua de otra vez.
Llama que adelgaza en fina herida
de la distancia abierta, del rasgarse
las telas lígrimas del corazón
en lo cortante del quedar, partirse
el corazón en pena,
en pena ausente de volverse estatua
de sal el alma por mor de amor.

Mientras duermes te miro… – Irene Sánchez Carrón

Mientras duermes te miro.

Me recuerdas
el frío de las fuentes en los labios,
el prado debajo de la espalda,
la indescifrable danza de las nubes,
el dulce sabor de diminutos dedos en la masa,
la tierra en las uñas,
los pies mojados en los charcos,
los bolsillos repletos.

Contigo junto a mí
los días recobran la suave textura de la cera
y repiten mil veces el amanecer.

Contigo junto a mí
veo pasar de largo la tristeza.

El humo del cigarro – Miguel Ángel Velasco

Miras a contraluz el suelto hilo
que se devana en fáciles volutas.
Y en esa transparente arquitectura
reconoces un ritmo, el equilibrio
de una danza precisa.

Y te dices que el humo tiene un orden,
un concertado pulso que edifica
su liviana columna.

El mismo que gobierna
la rotación de antiguas nebulosas,
el latido puntual de las mareas
y el de tu corazón, desafiando
el peso de la tierra.

Se consume la brasa,
pero pende el denodado estambre
al rizo de su vuelo, y multiplica
en la sutura de las altas pérgolas
esa ufana corola necesaria.
Lo que nunca será de la ceniza.

El poeta aguarda, impaciente, la llegada de alguna musa – Irene Sánchez Carrón

(Estudio de escritor. Mesa de gran tamaño. Estanterías llenas de libros.
Puerta al fondo entreabierta. El personaje camina de un lado a otro del escenario.)

Que alguien recomponga los jarrones
rebosantes de rosas.
Necesito más luz
sobre el brazo desnudo que ahora escribe.
Los libros, que se vean desde todos los ángulos.
Unas hojas tiradas por el suelo pueden
crear ambiente.
Si es posible,
que caiga por completo la noche.
Una luna entre nubes
podría sugerir un halo de misterio.
En la calle
que parezca que la lluvia ha caído.

Ella entrará por la puerta del fondo.
Traerá el cabello húmedo -podría haber un fuego
donde secarlo lenta, muy lentamente-.
No hablará.
No hablaré.
El silencio es lo más apropiado.
No elevaré los ojos para verla
hasta pasado un rato.

Ella irá hacia las rosas con aire ensimismado
y mirará la luna caminar por mi cielo.

Necesito más luz sobre mi mano.
Necesito más luz sobre las rosas
y un fuego y una luna y un cielo
antes de que ella llegue.

Y que haya llovido.