A un lago azul te comparaba,
maravilloso, claro.
Pues, como ya nada en el mundo
tenía sentido, como ya el descanso
sólo podía traerlo el gran regreso,
la muerte misma, yo, anhelando,
con el corazón joven
busqué lo más cercano
a morir: entregarse,
amar perdidamente, darlo
todo.
...Queda un lago encantado.
*
«Aquí llegaron los amantes»,
dirán.
Y si la primavera,
igual que ahora con nosotros
florece en las orillas tiernas,
han de pensar:
«Por estos lirios
de los bordes, por la pradera
venían... Pero las flores, bajo el tiempo,
eran aún más bellas...
y ellos siguieron, hasta el fondo.
(Maravilloso era
ver cómo entraban al palacio
del agua, sonriendo,
soñando, mano en mano...)»
«Aquí llegaron...»
Y en la noche
—fuego de astros bajo el lago—,
dirán:
«Se fueron a buscar estrellas
que en lo hondo de sus ojos palpitaron...»
*
Nosotros, ya, seremos
canción sólo en sus labios.
...Pero labios de amor. Y se oirán besos
al chasquido del agua en lo estrellado.
Archivo de la categoría: Premio Adonáis
Carmen de unos recuerdos – Eugenio de Nora
Hermosa,
sólo hermosa.
Estrellas tibias en tu pelo suelto
que el aire combatía;
prados floridos, cielos
en el agua, curvados
animales ligeros cuerpo abajo, ladera
abajo; pechos
gacelas; áureas
caderas con caballos. Todo, fuego
en un río de espacio musical, cauce de astros
infinito.
Sí: bella,
hermosa. Sonreías
como cálida nieve; mirabas pasar ríos;
concedías labiales
claveles oprimidos, auroras
vacilantes, luz negra,
hiedras ardientes cuerpo adentro.
¡Oh rosa
hija del tiempo, agua
del tiempo, floreciente
lago de tiempo!
Junto a tus orillas
he soñado la vida, y he mirado
anchos los cielos. Aunque todo pase,
yo amaré siempre.
Poso mi cabeza
sobre la roca, muevo el horizonte,
y oh sollozado ramo de palabras, golpeo
el agua clara. ¡Fuente,
luz del ser, con tu imagen!
¿Te soñaba? Tenía
una estrella en el pecho.
Y tú eras
hermosa, eras
hermosa; sonreías...
Carmen de las manos maravillosas – Eugenio de Nora
¡Versos de amor! Qué pronto queda
dicho todo, sin empezar.
Es igual que mirar al cielo
iluminado alguna vez.
Tan honda en lejanía, tan puro
lo que quisiéramos cantar.
Pero qué decir de una rosa
en la mano, en el corazón.
( Sentarse al borde de una fuente,
sedientos, y verla temblar
en el junco verde, en el pájaro
que alegra la onda de la luz.
Tan indecible y sin palabras
como adorar, quedar, sentir
al aire en flor de una sonrisa
toda nuestra felicidad. )
Yo no sé bien por qué, tentado
de imposible, quiero decir
cómo la dicha excede al hombre,
cómo es tan inefable ser;
¡ser, solamente, ser, completos,
esto que somos al amar!
Una lira sonora, ebria,
en manos...
ah, ¿de quién, de quién?
Carmen del destino – Eugenio de Nora
¡Vida plena, primavera!
¿Quién os podría negar
viéndoos?... Y si pasarais,
¡tiempo para recordar!
¡Ah!, ¿en qué mundo, o en qué sueño
he entrado, para encontrar
el alma que no tenía...?
¡Pudiera morirme ya!
Lo mejor de mí no es mío.
Lo que yo he de ser está
esperándome en tus ojos.
¡Cómo los iba a olvidar!
Carmen nostálgico – Eugenio de Nora
Ah la sonrisa, alegría cierta
que como una paloma blanca
vuela en tu pequeña ciudad.
Los atardeceres del valle
coronando de guirnaldas breves
la lejanía honda y azul.
Desde la cima, en primavera,
el oleaje verde y claro
de la llanura floreal.
Y nuestros árboles, doseles
de fibra y luz, entrelazados
por los rosales del amor.
Y la penumbra, con la fuente.
Y el aire, maravilla, nuestro,
al respirar en él y en ti.
...Quién diría que no es un sueño
el mundo; que es más bello todo
para vivir que al recordar.
Quién soñaría lo que he visto
en tus ojos, ni la ternura
que puede acariciar tu voz.
O quién te adoraría, oh noche
de suaves claveles unidos,
sino el que besa, por amar.
Carmen del amanecer – Eugenio de Nora
En las praderas de la madrugada
rociadas de estrellas fugaces,
me gusta recordar tu alma.
Y aspiro hondo, al sol rasante
de luz tan tibia, la delicia
de sentir como tu boca el aire.
¡Canta la tierra, canta! Duda
entre los embriagados pájaros
y las corolas de hermosura.
Y pasa, como el agua al fondo
del cielo suyo, ¡la alegría
—azul, azul—, de gozo en gozo...!
¡Uno, cien, mil, todos los días!
Es la canción que dice siempre,
que canta ¡siempre!, repetida.
¡La eternidad cada mañana!
—Eres la vida que amanece.
Tierra de luz, ilimitada...
Carmen de lo indecible – Eugenio de Nora
Recostado en mi alma, yo no sé qué es más bello
si sentir a la tierra matinal respirar,
(oh muchacha dormida bajo ramas de oro),
o mirar las estrellas que abren ojos de luz.
Yo no sé qué es más bello: si en la noche tan sola
tus cabellos se extienden y oscurecen el mar,
(oh caricia tan leve, suavidad del suspiro
que me devuelve todo, todo tu corazón),
o en el día radiante, por el aire que vuela
—¡libertad fatalmente, florecer y cantar!—
arboledas, praderas, cielo azul reflejado,
paraíso que copian esos ojos de amor.
*
¡Soledad de la noche, pura estrella entregada!
¡Alma, alma mía, forma que la luz ve brillar!
Quién te mira y no sueña... Quién dirá qué es más bello,
embriagar tacto y vida, o saber que eres tú.
Carmen de los sentimientos – Eugenio de Nora
Mira, sobre las olas
blancas y azules,
canta nuestra alegría
florece y sube.
Sobre esas flores raudas
que ayer perdían
y van ganando ahora
luz y sonrisa.
¿O quizá ellas son otras,
y las enlaza
nuestra alegría, nueva
cada mañana?
Yo no sé si el cariño
—ni tú lo sabes—
es lo que pasa, o queda
por los instantes.
¡Olas blancas y azules;
cesan y vuelven!
¿Como el amor? ¿Son otras,
o las de siempre?
Carmen del valle de estío – Eugenio de Nora
Yo estaba en la pradera, junto a los grandes álamos,
y en el aire sereno, acariciante,
venía la fragancia de los juncos y el trébol,
venía, como si alguien la esperase.
¡Ah plenitud del valle, pecho del horizonte!
Los susurros, los suspiros del río,
llegaban a mi alma, desde el agua con cielo,
como si yo fuera sonoro, como diciendo pensamientos míos.
En las briznas pisadas, en las hojas
que tiemblan si las apartamos,
en las sombras más tibias, algo había,
algo quedaba de mi corazón, antiguo y cálido.
Y yo estaba en la tarde solo, pero con un cariño
reflejado ya en todo, completo;
¡oh maravilla feliz, encontrar a través de la tierra
con nosotros, presente, el amor ofrecido tan lejos!
Carmen de esta noche – Eugenio de Nora
¡Dolor del alma por quererte!
En la noche de viento azul
oigo temblar los dulces árboles,
y me traspasa su rumor.
Los árboles, que al mediodía
eran la tierra puesta en pie,
copas de sombra y abandono
alzan a la inefable luz.
Quizá nostálgicos por eso,
por el lejano palpitar
de las estrellas desoladas,
cuya ternura late allí.
(Tibio es el cuerpo, interior, solo
como un astro en la oscuridad;
como una rosa adormecida
en el alma que la soñó.)
El aire pasa suspirando,
¡tan ciegamente, sin saber!
Toda la noche, inexplicable,
se parece a mi corazón.