Archivo de la categoría: Premio Adonáis

Carmen de lo indecible – Eugenio de Nora

Recostado en mi alma, yo no sé qué es más bello
si sentir a la tierra matinal respirar,
(oh muchacha dormida bajo ramas de oro),
o mirar las estrellas que abren ojos de luz.

Yo no sé qué es más bello: si en la noche tan sola
tus cabellos se extienden y oscurecen el mar,
(oh caricia tan leve, suavidad del suspiro
que me devuelve todo, todo tu corazón),

o en el día radiante, por el aire que vuela
—¡libertad fatalmente, florecer y cantar!—
arboledas, praderas, cielo azul reflejado,
paraíso que copian esos ojos de amor.

                           *

¡Soledad de la noche, pura estrella entregada!
¡Alma, alma mía, forma que la luz ve brillar!
Quién te mira y no sueña... Quién dirá qué es más bello,
embriagar tacto y vida, o saber que eres tú.

Carmen de los sentimientos – Eugenio de Nora

Mira, sobre las olas
blancas y azules,
canta nuestra alegría
florece y sube.

Sobre esas flores raudas
que ayer perdían
y van ganando ahora
luz y sonrisa.

¿O quizá ellas son otras,
y las enlaza
nuestra alegría, nueva
cada mañana?

Yo no sé si el cariño
—ni tú lo sabes—
es lo que pasa, o queda
por los instantes.

¡Olas blancas y azules;
cesan y vuelven!
¿Como el amor? ¿Son otras,
o las de siempre?

Carmen del valle de estío – Eugenio de Nora

Yo estaba en la pradera, junto a los grandes álamos,
y en el aire sereno, acariciante,
venía la fragancia de los juncos y el trébol,
venía, como si alguien la esperase.

¡Ah plenitud del valle, pecho del horizonte!
Los susurros, los suspiros del río,
llegaban a mi alma, desde el agua con cielo,
como si yo fuera sonoro, como diciendo pensamientos míos.

En las briznas pisadas, en las hojas
que tiemblan si las apartamos,
en las sombras más tibias, algo había,
algo quedaba de mi corazón, antiguo y cálido.

Y yo estaba en la tarde solo, pero con un cariño
reflejado ya en todo, completo;
¡oh maravilla feliz, encontrar a través de la tierra
con nosotros, presente, el amor ofrecido tan lejos!

Carmen de esta noche – Eugenio de Nora

¡Dolor del alma por quererte!
En la noche de viento azul
oigo temblar los dulces árboles,
y me traspasa su rumor.

Los árboles, que al mediodía
eran la tierra puesta en pie,
copas de sombra y abandono
alzan a la inefable luz.

Quizá nostálgicos por eso,
por el lejano palpitar
de las estrellas desoladas,
cuya ternura late allí.

(Tibio es el cuerpo, interior, solo
como un astro en la oscuridad;
como una rosa adormecida
en el alma que la soñó.)

El aire pasa suspirando,
¡tan ciegamente, sin saber!
Toda la noche, inexplicable,
se parece a mi corazón.

Carmen de la eterna vida – Eugenio de Nora

Miraba yo las rosas penando de alegría,
solas entre mis manos, atónitas, perdidas.

Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas.
Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.

Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente
vi florecer los ramos de luz dorada y verde.

Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.

( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa,
aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.

Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo
con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )

Felicidad contigo. Nos viven y sustentan
en lo hondo de la noche las eternas estrellas.

¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día,
nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.

Carmen del éxtasis – Eugenio de Nora

Distraída del mundo; más, lejana
como un vuelo de pájaros, tú existes
donde el silencio empieza, donde el alma.

Donde las avenidas, misteriosas
de árboles altos y de sombra extraña
nos llevan a la pena más hermosa;
donde la noche llora, constelada
frente a sí misma, porque todo es poco,

porque los mundos brillan en la nada,
como nosotros, donde la belleza
suspende el tiempo; donde canta
mi voz más sola; en mi reducto último,
allí estás tú, silencio, alma.

Alza los ojos, tienes la cabeza
de una imposible luz aureolada;
quieres, querrías, pero no te sientes,
porqué eres sólo noche, noche clara.

¡Ah, dame ese silencio, rompe
esta belleza que nos mata!
Y en tu infinita noche, álcese
un viento dulce, despertando ramas.

Carmen de lo repetido – Eugenio de Nora

Quizá, quizá me repito;
si tú lo dices es cierto;
y aunque estrene siempre el alma,
será en el mismo universo.

Pero también se repite
el mar, múltiple y perpetuo,
y fulge en estrellas únicas
cada noche eterno el cielo.

La primavera, las nieves,
en la corona del tiempo,
cuando todo había pasado
lo devuelven, limpio y nuevo.

Así que si mis palabras
se enlazan porque te quiero
deben, con varia hermosura,
decir siempre el mismo sueño.

La afinidad de las cosas
tiembla en el rocío del verso
repetido: ¡Gota, mundo,
alba del conocimiento!

—También las rosas, también
los suspiros, y los besos
se repiten en ternura...
Todo lo repetiremos.

Carmen de la plenitud – Eugenio de Nora

Más bien no tener palabras,
sino estrellas, sino rosas.
Más bien decir, al pensarte,
la belleza: ella te nombra.

Ah, si el mundo que sé y quiero
se implantara, forma a forma,
¡qué plenitud, qué alegría,
qué nueva creación gozosa!:
Desbordarían las fuentes
a la sed; las tensas rocas
a los cielos; la caricia
a las manos creadoras,
felicidad!
Todo, nuevo
a tu imagen; todo sombra
de tu paso: porque existes
y vivo tu eterna hora.

¡Cima, plenitud: sentirte
descanso del alma, y forma!
¡Quererte!: florecer astros,
y estrellar la noche a rosas...

Carmen de la riqueza- Eugenio de Nora

Yo, muchacho aldeano, regresando
por mis años de fresca y verde senda,
traigo, para tu tiempo, la alegría
de aquella inagotable primavera.

Para tu boca traigo la caricia
de tantas flores de color que sueña;
para tus ojos en los que oscurece,
la estrella de la tarde triste y bella.

Traigo la voz del agua que ha pasado
en el silencio tibio de la hierba;
te traigo el cielo, corazón sonoro
con álamos de música y ribera.

Abre tu alma. Mira el valle inmenso.
Nos ha correspondido esta riqueza.
es todo tuyo. el borde de la dicha
va más allá del tiempo y de la tierra.

Carmen de la lluvia fina – Eugenio de Nora

¡Oh universo en que quiero
estar! ¡Ramo de estrellas!
Estas gotas de lluvia,
tierra tibia, te encuentran...

Hasta ti fue la vida toda
como un inmenso mar de ausencia.

Pero, poco nos basta.
Las medidas humanas
no son tan infinitas como piensas
felicidad: ese algo
de concreción, de pura forma bella,
ya nos basta. ¡Racimo
de lluvia, cabellera
levemente mojada,
y que ilumina una sonrisa eterna:
te basta ya!
Y éste es el mundo
estrellado en que habitas; ésta era
la lejanía soñada. ¡Canta!
Aquí está la promesa.