Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

Las buenas intenciones – Carlos Marzal

Como, mal que le pese, uno en el fondo es serio,		
debe dejar escrita su opinión del oficio		
(los muertos aplicados dejan su testamento		

aunque a los vivos, luego, no les complazca oírlo).		
Hablo con la certeza de que mis impresiones		
serán para los tristes una fuente de alivio.		

¿Me estará agradecida la juventud del orbe,		
siempre desorientada y falta de modelos,		
y me idolatrarán los investigadores?		

Escribo, simplemente, por tratarse de un método		
que me libra sin daño (sin demasiado daño)		
de cuestiones que a veces entorpecen mi sueño.		

Por tanto, los poemas han de ser necesarios		
para quien los escribe, y que así lo parezcan		
al paciente lector que acaba de comprarlos.		

Se me ocurre, además, que trato de dar cuenta		
de una vida moral, es decir, reflexiva,		
mediante un personaje que vive en los poemas.		

Esas ciertas cuestiones que he mencionado arriba		
son las viejas verdades que a la vida dan forma,		
y la forma en que urdimos nuestras viejas mentiras.		

Ahora bien, reconozco que no sólo me importan		
estas pocas razones. Escribo por capricho,		
y por juego también, para matar las horas.		

Porque puede que sea un destino escogido,		
pero también, sin duda, para obtener favores		
de algunas señoritas amigas de los libros.		

Me es grata la figura del artista de Corte,		
riguroso y mundano, descreído y profundo,		
que trata por igual la muerte y los escotes.		

Sobre qué es poesía nunca he estado seguro;		
tal vez conocimiento, o comunicación,		
o todo juntamente. Lo cierto es que el asunto		

carece de importancia, no afecta al creador.		
Doctores tiene ya nuestra Sagrada Iglesia		
y en futuros Concilios harán salir el sol		

para todos nosotros. Sin embargo, quisiera		
que se tuviese en cuenta el hecho de que existe		
poesía por vicio, porque es una manera		

que tienen unos pocos de vivir su declive,		
pero ignoro si hacerla los convierte en más sabios		
y si esa obstinación los vuelve más felices.		

Aspiro a escribir bien y trato de ser claro.		
Cuido el metro y la rima, pero no me esclavizan;		
es fácil que la forma se convierta en obstáculo		

para que nos entiendan. La mejor poesía		
acierta con deslices, convierte lo imperfecto		
en un arte y se olvida de los juicios puristas.		

Aunque he escrito bebido, cuando escribo no bebo.		
Trabajo siempre a mano, y no me enorgullece		
no tener disciplina ni ser dueño de un método.		

No suelo, me figuro, romper lo suficiente,		
tal vez porque tampoco escribo demasiado,		
al pasar media vida ocupado en perderme.		

Del lector solicito como único regalo		
que esboce alguna vez una media sonrisa:		
tan sólo busco cómplices que sepan de qué hablo.		

No reclamo, por tanto, privilegios de artista:		
me limito a ordenar, quizá sin merecerlo,		
asuntos que una voz ignorada me dicta.		

De entre los infinitos poetas, yo prefiero		
a aquellos que construyen con emoción su obra		
y hacen del arte vida. De los demás descreo.		

Y para terminar, confieso que esta moda		
de componer poéticas resulta edificante.		
Con ella se demuestra que son distintas cosas		
lo que se quiere hacer y lo que al fin se hace.

Crónica primera – Olga Novo

De como fui cuarto creciente
y llegué aquí descalza entre laureles
de cómo fluí por demoras de cuerpos
desvariada
de como noté envuelta en los helechos de los proscritos
y de cómo la ocupación dos equinoccios.
De cómo crecí del robledal
de cómo fui capaz de tanta barcarola
y de cómo concebí la revolución en nuestros vientres.

Y es que yo soy a la vida
lo que la lava al volcán.

Castigos – Rafael Alberti

Es cuando golfos y bahías de sangre,
coagulados de astros difuntos y vengativos,
inundan los sueños.

Cuando golfos y bahías de sangre
atropellan la navegación de los lechos
y a la diestra del mundo muere olvidado un ángel.

Cuando saben a azufre los vientos
y las bocas nocturnas a hueso, vidrio y alambre.
Oídme.

Yo no sabía que las puertas cambiaban de sitio,
que las almas podían ruborizarse de sus cuerpos,
ni que al final de un túnel la luz traía la muerte.

Oídme aún.

Quieren huir los que duermen.
Pero esas tumbas del mar no son fijas,
esas tumbas que se abren por abandono y cansancio del cielo no son estables,
y las albas tropiezan con rostros desfigurados.

Oíd aún. Más todavía.

Hay noches en que las horas se hacen de piedra en los espacios,
en las venas no andan
y los silencios yerguen siglos y dioses futuros.

Un relámpago baraja las lenguas y trastorna las palabras.
Pensad en las esferas derruidas,
en las órbitas secas de los hombres deshabitados,
en los milenios mudos.

Más, más todavía. Oídme.

Se ve que los cuerpos no están en donde estaban,
que la luna se enfría de ser mirada
y que el llanto de un niño deforma las constelaciones.

Cielos enmohecidos nos oxidan las frentes desiertas,
donde cada minuto sepulta su cadáver sin nombre.

Oídme, oídme por último.

Porque siempre hay un último posterior a la caída de los páramos,
al advenimiento del frío en los sueños que se descuidan,
a los derrumbos de la muerte sobre el esqueleto de la nada.

Palabras de Caín- Silvina Ocampo

He visto morir pájaros en el sol que apresura
la muerte de las hojas, morir plantas enormes,
y en la pequeña muerte de mundos multiformes
he visto la apariencia de la verdad futura.

Con un dolor celoso, con un brillo sediento,
ya me escoltan los buitres, ya contemplan mis ojos
la sangre ineludible entre los pastos rojos
y esta insólita sangre hace llorar el viento.

Yo no elegí a mi hermano, yo no elegí esta senda.
Logré con esta piedra que mi hermano muriera
pero con él no ha muerto lo que en mí desespera.
¡Dios agresivo y cruel, declinaste mi ofrenda!

Sobre el follaje lloran incestuosos amores.
¡Por qué tienen memoria el canto de tus aves
y por qué esas memorias tienen acentos graves!
¡Ah, por qué me conturba la dicha de las flores,

el gusto de la lluvia y el puñado de tierra,
y por qué me conturba la calma de la tarde,
el calor de la piedra después del día que arde!
Jehová, tu espacio pérfido como un antro me encierra.

En la colina oscura mi madre se lamenta
del cielo sobre el agua que en barro se diluye
y la majada pálida que entre las hierbas huye
lleva el color del polvo y de su mano atenta.

Con invisibles armas Jehová solo ha matado
las bestias y los árboles con su soplo divino,
infligiendo su amor injusto, adamantino.
No ve mi sacrificio, ni mi amor desolado.

En el espacio estrecho me persigue la vida,
todavía no ha muerto Abel muerto en el suelo.
Nítidamente he visto su ojo azul en el cielo
con una extraña luz de amor indefinida.

Los caballos me temen, se afligen a mi lado
y la sombra feliz de las plantas me deja
quemaduras ardientes en mi frente y se aleja
hostilmente de mí todo lo que he admirado.

Más fuerte que mis fuerzas es esta penitencia:
me persigue en la noche y el día oscurecido
la voz divina y trémula de un Dios enfurecido.
La soledad no existe, y si existe la ausencia

sólo es la mutación persiguiendo mi vida
de estos campos borrosos, de este sol que asegura
la muerte de la rosa, que pudre el agua pura
y la ternura hipócrita de Abel que no me olvida.

Siento crecer la inmóvil tristeza en mis cabellos,
y en mi cara, en el frío, el ardor del verano.
Como una incierta fruta que devora un gusano
siento en mi pecho ansioso un horrible destello.

El reproche ha vedado en mí el remordimiento
alejando el fulgor dulce de la confianza,
ha destruido el pudor de mi desesperanza.
No puedo ya vivir sin él: es mi sustento.

Mora ya en mis futuros hijos, en mis amores,
en la irascible llama del ansia que no apaga
la implacable agresión de la palabra vaga,
en la fidelidad del trigo, en los alcores.

Mora ya en la sustancia del agua, en las cisternas,
en la brisa callada que por las tardes pasa
detrás de las montañas y a las ramas enlaza,
mora ya en el color de aquella órbita eterna.

El poema no escrito – Guillermo Carnero

Me gusta contemplarte al salir de la ducha,
como a Susana los ancianos bíblicos.
Por la puerta entornada te acecho cuando envuelves
en la toalla el muslo o el tobillo,
el pecho rebosante tras la línea del brazo:
odaliscas de Ingres, pastoras de Boucher
cálidas, sosegadas, inocentes,
ninfas de Bouguereau, esclavas de Gérôme,
Venus de Cabanel –horizontal espuma–,
tan redonduelamente comestibles.
Tendrá un nombre ese pliegue de la axila
que se bifurca en dos entre los dientes;
el leve mofletillo que bordea redondo
el friso de la media, debajo de la nalga;
ese cuenco rosado en que acaban las ingles,
donde el pulgar se tensa en breves círculos
entreabriendo el estuche de la lengua.
Tengo que consultar a un catedrático
de Anatomía.
            Ya escribiré un poema
cuando esté muerta el arte del deseo.

Obertura – Félix Grande

Has sido aquí infeliz y alguna vez dichoso.
Muchos años son ya recorriendo estas calles.
Como un verdín, tu historia se sumerge en los muros:
junto a ellos has amado y vomitado y muerto.

Derramaste tu insomnio como ardiendo o borracho
en las plazas vacías, clementes, silenciosas.
¿De qué huías errabundo por la ciudad? ¿Qué buscas
errabundo hoy, entre la suma de tus fugas?

Estos ancianos edificios, estas aceras
preservan tu fantasma. Las gentes se retiran,
la oscuridad adormece a las calles, y quedas
solo, entre vagas luces, solo entre vagos años.

Desesperado y lentamente, con emoción
caminas en la noche llena de levadura.
Se diría que escuchas un órgano: es el mundo
y el tiempo, y un sonido de ilusión y orfandad.

La primera mujer que recorrió mi cuerpo… – Francisco Hernández

La primera mujer que recorrió mi cuerpo
tenía labios de maga: labios verdes y azules,
con sabor a fruto silvestre,
con señales indescifrables como la miel o el aire.
Muchas veces incendió mis cabellos con siete granos y
siete aguas, con ensalmos que sonaban a campanillas
de barro, con nubes de copal que se mezclaban al embrión
que recorría mi frente coronada por ramos de albahaca.
Toda la noche ardía la pócima bajo mi cama.
Al día siguiente, un niño nacido después de mellizos
la arrojaba al río, de espaldas, para no ver el sitio
donde caía ni el vuelo repentino de los zopilotes.
Entre tanto, mi madre me contaba
lo que Colmillo Blanco no sabía de la nieve
y el recuerdo del mar era un espejismo bajo la sábanas.

El cansancio – Chantal Maillard

El cansancio. De nuevo, el
cansancio. El esfuerzo por
sobrevivir. Reiterado

Observar las nubes.
Dentro.
Barrer.
Dentro.

Elegir quedar.

                       Toda nube
lleva una trayectoria. Asumir
la trayectoria. Imposible
barrer todo siempre. Está el
cansancio.

                  Aunque también el de
las trayectorias. De ver pasar las nubes.
También ese cansancio.

                             Entonces,
por un momento, ahora.
Sin voluntad. Y casi está bien.
Hasta pensar el estar bien y convertirlo
en nube. En trayectoria.

Habitante amoroso – Juan Bañuelos

Apenas la noche ha cerrado su sombra completa.
Lo que suena después no es el río
Ni las hojas del aire ni el pez de la niebla.
Es la hambrienta distancia que llega rompiendo las aguas
y el monte que cede al recuerdo y te nombra
Lo que el tiempo nos niega,
lo que arranca el deseo,
lo que acecha a mis venas
es saber que te hallas tan sola
en el viento y el yeso callado que muere
en tu boca.

Ay no saber que esta historia
tiene sólo en el musgo las letras
con que escribo en la roca,
y sentir que en el puente que une tus cejas
mi destino crascita zozobra.

Habitante del frío,
tañedor de la ausencia,
lo que en llama es magnolia
te hace víscera el llanto escondido,
te hace espada la hoja del tiempo
que el dolor en amor nos ahonda.
Porque salgo a la noche y te llamo
y llorabas y el aire afligido
y el espanto tan tierno y mi cuarto
y tu boca qué enjambre
qué enjambre de húmedas sombras.

Cuchillos en abril – Pere Gimferrer

Odio a los adolescentes.
Es fácil tenerles piedad.
Hay un clavel que se hiela en sus dientes
y cómo nos miran al llorar.

Pero yo voy mucho más lejos.
En su mirada un jardín distingo.
La luz escupe en los azulejos
el arpa rota del instinto.

Violentamente me acorrala
esta pasión de soledad
que los cuerpos jóvenes tala
y quema luego en un solo haz.

¿Habré de ser, pues, como éstos?
(La vida se detiene aquí)
Llamea un sauce en el silencio.
Valía la pena ser feliz.