Los elementos de la noche – José Emilio Pacheco

Bajo el mínimo imperio que el verano ha roído
se deshacen los días.
En el último valle
la destrucción se sacia
en ciudades vencidas que la ceniza afrenta.
La lluvia extingue
el bosque iluminado por el relámpago.
La noche deja su veneno.
Las palabras se rompen contra el aire.
Nada se restituye ni devuelve
el verdor a la tierra calcinada.
Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente
ni los huesos del águila volverán por las alas.

Mis zaguanes oscuros – Rocío Arana

MIS zaguanes oscuros mis vestíbulos
en sombra mis pasillos insondables
tan largos como tardes de domingo
sin un trozo de sol en mis pupilas
mis alcobas cerradas.

Tus raudales de luz en mis cortinas
entrando como viento vengativo
haciendo laborables mis mañanas
tu silencio que viene, que desborda
tu voz plena de luz tu voz festiva
poblando mis rincones de domingos
con sol tu voz tranquila
tu voz abriendo puertas en la noche.

La mariposa negra – Antonio Preciado

La mariposa negra
vino temprano.
Llegó la misma noche
y se fue volando.

¡Ah, niño, si algún lucero
llenara de luz tu cuarto!...

La muerte viene cerrando
una sombra que te alcanza.
Ves, niño, la mariposa
te abrió sus alas.

¡Ah la lumbre de un lucero
en el filo de tu cama!...

Pero, ya ves, los luceros
crecen a mucha distancia, 
y tendríamos que andar
abismos para alcanzarla.

¡Ay, niño, la mariposa
hacía tiempo te buscaba!...

Muerte en el olvido – Ángel González

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

                         Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva 
mi carne, pero será otro hombre 
—oscuro, torpe, malo— el que la habita...

Hablo con mi madre – Antonio Gamoneda

Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa		
del que no está con nosotros.		
Te miro el borde blanco de los párpados		
y no puedo pensar.		

Mamá: quiero olvidar todas las cosas		
en el fondo de una respiración que canta.		
Pasa tus manos grandes por mi nuca		
todos los días para que no vuelva		
la soledad.		

Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.		
No busques más en las paredes, madre.		
Mira despacio el rostro que tú amas:		
mira mi rostro en cada rostro humano.		

He sentido tus manos.		
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido		
como tú sentías mis manos antes de nacer.		

Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.		
Ésta es mi condición.		
                   Y mi esperanza.

Homenaje – Luis Cernuda

Ni mirto ni laurel. Fatal extiende
Su frontera insaciable el vasto muro
Por la tiniebla fúnebre. En lo oscuro
Todo vibrante un claro son asciende.

Cálida voz extinta, sin la pluma
Que opacamente blanca la vestía,
Ráfagas de su antigua melodía
Levanta arrebatada entre la bruma.

Es un rumor celándose suave;
Tras una gloria triste, quiere, anhela.
Con su acento armonioso se desvela
Ese silencio sólido tan grave.

El tiempo, duramente acumulando
Olvido hacia el cantor, no lo aniquila;
Su voz más joven vive, late, oscila
Con un dejo inmortal que va cantando.

Mas el vuelo mortal tan dulce, ¿adónde
Perdidamente huyó? Deshecho brío,
El mármol absoluto en un sombrío
Reposo melancólico lo esconde.

Qué paz estéril, solitaria, llena
Aquel vivir pasado, en lontananza,
Aunque trabajo bello, con pujanza
Surta una celestial, sonora vena.

Toda nítida, sí, vivaz perdura,
Azulada en su grito transparente.
Pero un eco es tan solo; ya no siente
Quien le infundió tan lúcida hermosura.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades