Temblaba tanto que se la llevó el viento
temblaba tanto cómo no se la iba a llevar el viento
allá lejos
un mar
allá lejos
una isla al sol
y las manos aferradas a los remos
muriendo a la vista del puerto
y los ojos cerrados en anémonas marinas.
Temblaba tanto y tanto
la he buscado tanto y tanto
en la acequia de los eucaliptos
en primavera y en otoño
en todos los bosques desnudos
cuánto la he buscado, Dios mío.
América Latina – Elvira Sastre
Vino a nombrarte la tierra,
vino a plantarte como si fueras un árbol
y no mi parte izquierda,
vino a sembrarte como agua
y no como aire.
Vino a nombrarte la tierra.
Llego a ti como extranjera y me quedo
como invitada. Eres de color azul,
verde, rojo, amarillo.
Eres de color y eso,
en este mundo de grises que hemos creado,
es igual que partir el silencio con una carcajada.
Te huelen los ojos a fruta recién nacida,
tus manos cantan canciones en otros idiomas
que conozco aunque no comprenda,
hay algo de ti en todo lo que hago y creo que
sería capaz de dibujarte sin usar los dedos.
Tu voz se enciende si la toco,
hay ceniza en tu garganta
pero nada cesa tu grito,
existe tanto cariño en tus esquinas
que el viaje, como el amor cuando es cierto,
siempre es de ida.
Tienes nombre de mujer,
de mujer valiente que se planta,
de mujer que se planta y lucha,
de mujer que lucha y vence,
pero también tienes nombre de mujer que se muere,
tienes nombre de mujer que se muere
porque alguien la mata.
Vino a nombrarte la tierra.
Y vino a quitarte la fuerza,
vino la tierra a sacarte de mi ombligo
y a arrastrarte con ella,
vino a quitarte la vida.
Pero no sabía la tierra
que estás por encima de la muerte,
que te elevas y me abrazas
y me enseñas las verdades que nadie escucha,
y esperas, paciente,
que regrese y te cuente mis lamentos
sin reproches, con el abrazo
de los que siempre aguardan,
con el perdón de los que siempre confían.
Porque eres una y eres cientos,
América Latina,
y yo te llevaré conmigo,
y me llevaré contigo,
todo el tiempo que me queda,
todo el tiempo que me esperes.
La ceniza de nuestros sueños – Tudor Arghezi
La ceniza de nuestros sueños
cae a montones sobre nosotros,
como caen en los búcaros
los pétalos azules,
atacados por un insecto oculto en las hojas.
Se agita el viento y gime.
La tierra se funde con el cielo,
las ciudades son bolos y ovillos,
hondas guitarras de blasfemias,
y el aire es frío como el hierro.
La tierra es un molino vacío
con larvas mendigando aposento,
moviéndose en el polvo muerto
que se está perdiendo en el caos...
la tierra de los sueños que han sido.
Altura y pelos – César Vallejo
¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!
¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!
¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?
¿Quién al gato no dice gato gato?
¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!
¡Ay! yo que sólo he nacido solamente!
Negación – Yorgos Seferis
En una playa secreta
blanca como una paloma
tuvimos sed en la tarde;
pero el agua era salobre.
Sobre la arena tan rubia
hemos escrito su nombre;
qué bien que sopló la brisa
y se borró la inscripción.
Con qué corazón, qué aliento,
qué deseos, qué pasión
tomamos la vida: ¡error!
Y así cambiamos de vida.
A Moctezuma – Pedro Casaldáliga
Dioses por dioses, sin piedad trocaban;
madres por viudas, reyes por vasallos.
La muerte cabalgaba en sus caballos.
Sus cruces y sus preces blasfemaban.
No “fue Dios quien le dio tanta victoria”.
No andaba Dios metido en sus degüellos.
Menos que maceguales todos ellos,
quemaron con sus naves su memoria.
Y basta ya de imperios y de oro.
Sea el matiz el único tesoro
y soberano el Pueblo y ley la Vida.
Libre la sangre en las banderas rojas,
verás reverdecer piedras y hojas,
Tenochtitlán verá la amanecida.
Orfeo en el Elíseo – Juan Herrero Diéguez
ME acuerdo de jugar descalzos muchas veces,
¿lo recuerdas? Bailábamos
en las losetas viejas del garaje
la canción del verano, la que fuera.
También me acuerdo del olor a limpio
de los ambientadores de los coches
y del barniz y el cloro y de los globos de agua
y de las cenas juntos en la mesa del patio.
Me acuerdo de hasta cómo ibas vestida
cuando por fin me decidí a pedirte
que salieras conmigo, tanto tiempo después,
pero no soy capaz de recordar
cuál era el tono exacto de tu voz,
ni cuál era tu olor cuando te levantabas.
He oído en estos años cómo crecen
ortigas por las jambas de las puertas:
Por eso fui a buscarte al inframundo.
Jesús de Nazaret – Pedro Casaldáliga
¿Cómo Dejarte ser sólo Tú mismo,
sin reducirte, sin manipularte?
¿Cómo creyendo en Ti, no proclamarte
igual, mayor, mejor que el Cristianismo?
Cosechador de riesgos y de dudas,
debelador de todos los poderes,
Tu carne y Tu verdad en cruz desnudas,
contradicción y paz, ¡eres quién eres!
Jesús de Nazaret, hijo y hermano,
viviente en Dios y pan en nuestra mano,
camino y compañero de jornada,
Libertador total de nuestras vidas
que vienes, junto al mar, con la alborada,
las brasas y las llagas encendidas.
Diario – Luis Escavy
NO dejo de escribirte cada día.
Junto a cada poema que imagino
también tengo un diario con tu nombre.
Te cuento cada cosa que me ocurre
exactamente igual que si estuvieras.
No escribo para ti: es a la otra
mujer que ya no existe y me quería.
Al indio anónimo – Pedro Casaldáliga
Eras tierra, pasión, memoria, mito,
culto en la danza y fiesta en el sustento.
Pero ellos te imputaron el delito
de ser otro y ser libre como el viento.
Te hicieron colectivo anonimato
sin rostro, sin historia, sin futuro,
vitrina de museo, folclor barato,
rebelde muerto o salvaje puro.
Y, sin embargo, sigues siendo, hermano,
ojos acecho al sol del altiplano,
huesos murallas en los tercos Andes,
raíces pies en la floresta airada,
sobreviviente sangre congelada
por todo el cuerpo de la Patria Grande.