Aquí hubo un amor, hubo una impura
floración de la sangre enamorada,
pero la sangre más desesperada
no tiene un fuego en que incendiar tu hondura.
Como un ángel te vas; como la oscura
juventud del dolor; como una espada
de amargura y de viento, derrotada
por el hierro y la sed de la ternura.
En ti acaba la noche, en tu ribera,
y el agua amante y la pasión dormida,
y, en tu boca, mi boca verdadera.
Únicamente porque muere, canta
mi palabra desnuda y retorcida:
hacia ti, como un puño, se levanta.
Jaculatoria al río – Pablo Antonio Cuadra
Flor de la noche prendida
sobre la frente florida:
te rogamos
por la tierra que cantamos.
¡Tallo de la rosa del silencio!
Lirio de agua:
¡perfuma el dolor de Nicaragua!
Arráncate la luz de la mirada… – Antonio Gamoneda
Arráncate la luz de la mirada.
Los ángeles del bien están hundidos.
Voluntades de nubes y de nidos
son la ceniza de la madrugada.
Arráncate la luz, que ya es llegada
la hora de los cielos descendidos,
y desgarra tus labios encendidos,
que está abajo la tierra enamorada.
Está abajo la tierra y, por metales,
lentos barcos de amor, vagan los muertos
y no lloran: cantan, horizontales.
Es la boca de Dios. Estremecida,
en la vieja pasión de los desiertos,
clama, abajo, caliente, por tu vida.
¿De dónde sacas el aire? – Joaquín Benito de Lucas
¿De dónde sacas el aire
para mover la alegría?
Todo es asombro. Las cosas
tocadas con manos limpias
permanecen inmutables
para el hombre. ¿Quién olvida
que estamos haciendo uso
de lo que no se termina
en nosotros? ¿Para nada
ha de servir la bebida
del amor? Asombro todo
porque todo nos fascina.
Esa luz que resplandece,
si es estrella o es bujía,
¿sabe más de Dios? Misterio
y asombro de las divinas
cosas que el hombre maneja.
Llevemos las manos limpias
para estrechar a los seres
que desde su ser nos miran.
Llevemos limpio el espíritu.
Sólo asombro y alegría
del corazón. Quien se esfuerce
más se cansará. Sencilla,
como la luz de la tarde,
y como la luz, tan limpia,
ha de estar el alma a punto
para atravesar la vida,
que si nos llega el asombro
y nos invade, medida
es de que estamos amando
lo que vive en la otra orilla
de uno mismo; es tropezar
de ojos con lo que respira
y que sustenta en el aire
su asombro también. Cautiva
cada cosa está, y se esfuerza
porque parezca mentira.
Deja que vibren y sueñen,
deja que sueñen y vivan.
¡Y que el asombro que daña
hoy, mañana nos redima!
Regreso – Joaquín Márquez
Abre los ojos.
Ya está de nuevo en casa
Una hilera de besos
hace guardia a la sombra del manzano
y una sonrisa grande
le ladra conociéndolo.
En la tierra
del jardín, donde antes florecían
los ojos de los niños,
aún le espera la última comunión del pequeño.
Y el jarrón más azul que la desgracia
está entero en el centro de la mesa,
ofreciendo su vientre de payaso
al aire.
Todo sigue en su sitio.
Pero el viajero no comprende.
Trata de entrar. Abre la puerta.
Y está saliendo siempre de su casa.
Ars Vitae – Diego Maquieira
Teníamos fuerte afición al vino
le rendíamos culto a los racimos de uva
y éramos arrogantes, crédulos
pendencieros
Preferíamos la muerte
a perder la libertad
y llevábamos la alegría del amor
hasta las puertas del infierno
hasta desafiar a la misma muerte
desnudándonos en pleno combate
o agrandándonos las heridas recibidas
Y si veíamos en peligro la vida
de nuestras mujeres y la nuestra
nos dábamos muerte por gusto continuo
Y éramos tan arrebatados en la guerra
que jamás actuábamos de acuerdo a un plan
No conocíamos ni la humildad
ni la caridad, ni la abnegación
ni la dulzura
Éramos serios y semifabulosos
y adorábamos a nuestras esposas
que adoraban el falo y el oro.
Mala hora – José Manuel Caballero Bonald
Tristeza de la caja de latón
vacía y el color azafrán
de la pared.
Tristeza de la puerta
condenada y de los arriates del jardín
donde se han ido acumulando
los segmentos nocivos de los días
y del derramamiento de la bruma
con su rastrero fleco de hopalanda.
Tristeza de la luz
de acetileno y de los zócalos
tan blancos de los hospitales y de la lenta
respiración de la basura y de los charcos
al pie de las farolas del amanecer.
Tristeza de los maniquíes
amontonados en su osario y del resol
municipal ungiendo
los bancos herrumbrosos del domingo.
Tristeza
de estar aquí acordándome de algo
que queda ya más lejos que el recuerdo.
La cosa – Juan Gelman
Bajo las líneas que aquí yacen
hay una criatura acostumbrada a combatir
contra el dolor, contra la muerte.
Tal vez por ello amó melodramas,
historias lamentables de sus contemporáneos,
con desesperación, como se dice.
Como un borracho lento caminó por las calles,
tambaleó sosteniendo el peso de la vida,
de su rostro sólo supo cómo ya no iba a ser.
Ese rostro besaba entre el oleaje de la noche.
Playa de la Caleta – José Manuel Caballero Bonald
Impávidas perduran las gaviotas
entre el prodigio tutelar
de los ficus gigantes y la vetusta orilla.
Vacila el viento por los columnarios
que la codicia de la arena arrasa,
mientras el raudo crecimiento
de la marea infunde vida
a las barcas varadas hace siglos
entre nobles sustentos culturales.
Allí estuve yo un día
de terca disyunción y de consolaciones
y allí anduve valiéndome de la felicidad
como instrumento de perpetuación
o acaso para contrarrestar alguna culpa,
en tanto que los cuerpos fulgían como el sílice
y la verdad decapitada descendía
por las ambiguas gradas de la noche.
La exclusión de la luz no me impide ver claro.
(Invierno en Cádiz)
Mal de ausencia – Luis Alberto de Cuenca
Desde que tú te fuiste, no sabes qué despacio
pasa el tiempo en Madrid. He visto una película
que ha terminado apenas hace un siglo. No sabes qué lento
corre el mundo sin ti, novia lejana.
Mis amigos me dicen que vuelva a ser el mismo,
que pudre el corazón tanta melancolía,
que tu ausencia no vale tanta ansiedad inútil,
que parezco un ejemplo de subliteratura.
Pero tú te has llevado mi paz en tu maleta,
los hilos del teléfono, la calle en la que vivo.
Tú has mandado a mi casa tropas ecologistas
a saquear mi alma contaminada y triste.
Y, para colmo, sigo soñando con gigantes
y contigo, desnuda, besándoles las manos.
Con dioses a caballo que destruyen Europa
y cautiva te guardan hasta que yo esté muerto.