Primera casa – Yolanda Castaño

Todo lo que fui olvidando
lo recuerda mi cuerpo por mí.

El pozo, el túnel, el
botón de arranque.
Pura demo(n)stración.

La unidad familiar comienza con el ruido de un cuerpo.

Con ellos tengo este puente y su lenguaje secreto.
Nada más sabio hay que sus brincos maullidos,
la espuma de sus olas ilumina nuestros pies.

En cuanto mis caderas avanzan por esa casa
la derecha masca la pertenencia,
la izquierda aprende a refundarse.
Las líneas de mi frente hacen   todo lo contrario,
riega el vientre la flor de la división.

A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo.

Que más quisieras que un poema se escribiese con estos dedos
capaces de ir y pulsar teclas tan altas.
Umbral, resorte, código.
No con la inteligencia, ahora.
Con las manos.


Elegía a la belleza exterior – Eugenio de Nora

Quiero cantarte hoy, amor mío,
con voz de cielo bajo el agua.
Tú me estás arrancando con la vida
esta canción, ay, ésta, la más tierna y amarga.

Tú me estás enseñando con la y ida
un paraíso de rosas y manzanas;
por tu mirada niña y tu voz sola
la primavera más antigua canta.

Aquí me tienes queriéndote tanto,
llorándote como una flor sin alas,
porque te vi, y ya no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba.

¡Yo te busqué! Pedí al mundo y al sueño
una forma que me expresara,
y anhelé, sobre todas las cosas,
conocer la verdad de mi alma.

¿No existe nada, amor, que nos exprese?
¿Tu eres también también desesperanza?
Aquí estoy otra vez sin respuesta
mientras todo es tránsito y sueño y distancia.

Pero ya no podré quejarme
aunque me cieguen la mirada.
He visto en ti lo deseado
bajo la luz de la esperanza.

Ya te miré. No sólo el cielo
de lejanía inviolada,
el misterioso país de las formas
que enseñan ensueño y distancia.

No sólo ángeles y diosas
en la niebla azul de la fábula.
¡Sino también lo bello aquí,
la tierra hermosa y su abundancia!

Cada vez que la vida agita
como una brisa la pradera mágica,
miro pasar la belleza sangrando
música y besos y palabras;

entonces, amor mío, llega
la primavera casi extenuada,
y hace nidos en tus cabellos
para mis palomas y palmas;

entonces, amor mío, entonces,
todo en el mundo se prepara
para cobijarse en tus ojos
como un anillo en el fondo del agua

y surgen vivas en tu boca
todas las flores que esperaban.
¡Oh, noche de mi corazón
llena de pájaros que cantan!

¿Quién no querrá llorar de fuego
amordazado por mil guitarras?
¡Amor! ¿Quién no te verá entonces
durmiendo en brazos de la nada?

Cuando dos horas de flor joven
van a juntarse o se separan,
cuando la última pared se rompe,
nos asomamos otra vez al alma.

Hemos llegado ya a la cima,
desdoloridos y sin ansia.
Pero esperamos descanso y respuesta
y vemos sólo otra vez distancia.

Aquí me tienes aún mirándote,
soñándote con la nostalgia
de no haberte visto en la vida.
Aquí tienes mi herida esperanza.

¡Ese soy, sobre nuestra muerte!
¡Roto en la luz de tu mirada!
¡Llorando, soñando por ver
a través de tu forma mi alma!

Voy a sentarme junto al río,
y miraré pasar el agua.
Te vi. Ay, de mí. No diré
que no encontré lo que buscaba.

 

Amo el trozo de tierra que tú eres,… – Pablo Neruda

Amo el trozo de tierra que tú eres,
porque de las praderas planetarias
otra estrella no tengo. Tú repites
la multiplicación del universo.

Tus anchos ojos son la luz que tengo
de las constelaciones derrotadas,
tu piel palpita como los caminos
que recorre en la lluvia el meteoro.

De tanta luna fueron para mí tus caderas,
de todo el sol tu boca profunda y su delicia,
de tanta luz ardiente como miel en la sombra

tu corazón quemado por largos rayos rojos,
y así recorro el fuego de tu forma besándote,
pequeña y planetaria, paloma y geografía.

Los pechos – Yutaka Hosono

Tú has vuelto a mí
como lo presentí
en la pena desquiciante
de haber estado separados
miles de noches y días
tuyos y míos.

Y a la juventud en que no éramos hábiles
regresamos volando de un tirón.
Y tus pechos que nunca vi
y tus pezones como ciruelas
un poco hundidos tal vez,
aparecen claramente
en mis ojos entrecerrados,
como estaba en aquel entonces.

Por eso, permíteme
tocarlos levemente.
Tu sonrisa coqueta
como rizos de agua me estremece,
y cosquillea mis orejas.

Es demasiado penoso para mí
jurar con el corazón
que nunca dañaría tus pechos.
Por eso te abrazo con fuerza
vestida con el traje de bodas del sueño,
ese que nunca puede recuperarse,
en el césped de medio día donde se alinean las lápidas
en las que han grabado
la pena que me has dado
más allá de millares de noches.

Puertas cerradas – Blas de Otero

                             A Rafael Alberti
                             Pleamar, 1944

¿No son ángeles ya, no voladores,
ni tampoco relámpagos suspensos,
son errantes espumas, desfloradas
flores que, abiertas, vengador de flores,
un viento viene y giran desaladas,
como ayer, en la tierra que era cielo,
al vuelo y levantadas
a las hermosas de la luz vio en ramo;

no son ángeles ya, sino quemadas
carnes, trizas del alma, tramo a tramo
ardidas, consumidas,
como, siendo mortales,
arde, consume Dios y quema vidas?

¿Solo siguen, reales,
rabiando y sin poder desorientarse,
los cuatro puntos vivos cardinales,
cuatro estrellas y un mar tan marinero,
este o este, dejadme, el que yo quiero
es el sur, que, si cuatro, miro iguales?

Las aguas maternales.
Blanco y azul, si carmen, pescadores
de carmines ponientes enredados.
Las manos, redes, y los peces, flores
submarinas. Los peces de colores.

Un marinero en tierra.

Y un golpe, no de mar, sino de guerra,
que destierra los ángeles mejores.

No había ninguna huella sobre la piel del mundo… – José Julio Cabanillas

No había ninguna huella sobre la piel del mundo.
La luz alumbró el mar y despertó a las olas.
Y si rozaba un monte, de allí brotaron pájaros
y loca de contento, alborotó los ríos.
Allí había estado él para el milagro.
Pero luego, de pronto...
se plegaron dos alas. Se acercó el mensajero
al trono de los tres
y atónito contó lo que había visto.
De la tierra venía y se encontró en un valle
con algo que cantaba y no era ningún pájaro.
Preguntaba y no era ninguno de nosotros.
Despertaba a los árboles y no era la luz.
Erguido levantaba la frente hacia las nubes
y el cuerpo era de barro húmedo todavía.
¿Un error? Es el hombre, oyó que le dijeron.
Luego besó el estrado y desplegó las alas
y voló a dar aviso.
Vio la primera sombra sobre la piel del mundo.

Detrás – Rocío Arana

DETRÁS de la venta silenciosa
ropa blanca tendida y edificios
y un pedazo de césped con arbustos
pequeños y amarillos.
Una radio
como un brasero viejo me acompaña, 
y un recuerdo también, y gota a gota.

Hay días de distancia, señalados
en algún almanaque con un trazo de tinta
morada, por lo menos.

Detrás brillan las luces de noviembre, 
las velas encendidas, las canciones
tristemente felices de los Beatles.

El castigo – Osías Stutman

La poesía es mi castigo,

es un personaje diario
de espuela y fusta leve.
Hoy y ayer su recuerdo

no me dejó respirar. Toco
sin retener en la mano
y las cosas se rompen
al contacto. Hoy me rodea

un mundo agitado, mundo
enemigo que se aleja
cada vez más de mi casa.

Miro perplejo ese cambio y
los agudos sonidos que produce
en el hablar común, ya incomprensible.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades