vino el pájaro
y devoró al gusano
vino el hombre
y devoró al pájaro
vino el gusano
y devoró al hombre
El viaje – Juvenal Ortiz Saralegui
RETORNASTE sumisa
como nocturna vara,
sollozo de la tierra
con velillo de alga.
Corría una aceituna
por tu luciente cara
y en tu pecho, una pena
de luz te levantaba.
Un subterráneo río
en ti iba y llegaba
y era yo los dos remos
de tu imposible barca.
Que eres y no eres
bajo la noche clara,
lo que sueña mi día
y mi noche no alcanza.
Por oscura escalera
al sueño te elevaste;
los brazos de la sombra
ampararon tu gracia;
que no fueron los míos
esos gloriosos brazos!
Y diluida toda
en monte de noche alta,
desnuda de recuerdos
y de juncos colmada,
piedra de peregrino
ausente, te quedaste.
Yo vagué sobre siglos
de perdidos amantes,
rumbo al sereno mar
por las más tristes calles,
y en las dulces arenas
escribió mis nostalgia
estos versos tan viejos
que el viaje me dictara,
para que tu memoria
los encienda en tu entraña.
Así sea – Blanca Varela
El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.
El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.
No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.
Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.
Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.
Habitarás mi silencio – Jorge Riechmann
A veces
gritar es acariciarte los muslos, o torpemente
girar con el escualo de tu sueño aterido
Tropezar en la blancura,
sumir la negra boca en tu pelo y sentir
hambre en las raíces
A veces aullar es amarte,
jugar a los dados con un lobo, otear
en el aire arrasado las naves
de la sangre. Creí que te besaba
cuando la hoz solar me cercenó los labios.
Con once heridas mortales – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)
Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.
Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.
La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.
Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.
Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.
Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.
Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.
Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.
Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma".
Cipris, mi capitana – Meleagro
Cipris, mi capitana; Eros vigila el rumbo
sosteniendo el timón de mi alma en su mano;
el Deseo violento provoca tempestades. Y es que nado
ahora en un mar de amor de muchas razas.
Danza – María Clara González
Cuando brota del fondo de la estancia
esa danza lunar oscura y grácil
el abandono de la noche me posee
Generosa
me entrego
al movimiento que me embarga
Tierra-madre
mujer-cuna y destino
¡Frágil lago de piel y de esperanza!
El enemigo – Rafael Cadenas
De pronto aparece en la puerta, como tallado, el
acreedor. Viene en busca de su salario. Tiende su
mano izquierda desde la entrada, inmóvil. Los dos
nos miramos sin comprender.
Se insinúa con sigilo o irrumpe sin avisar.
Reconozco que estoy condenado a hacerle el juego.
Si ambos fuésemos reales no nos desgastaríamos en
esta persecución, pero nuestra servidumbre es la
misma: somos personajes. Nos acompaña el miedo.
Mi costumbre es tomar su bando. Le permito que
hable por mí.
Me convierte en plato de su odio.
Soy su aliado.
Sí, me usa, me usa para sus fines, que también se
vuelven contra él. La fuente que lo envenena rebosa
con jirones míos, suyos. Nos confundimos, nos
entretejemos, nos intrincamos, sin querer. Hasta nos
perdemos de vista, y ya no sabemos quién es el que
persigue.
Tengo que contrarrestar, con otra voz, sus cargos,
pero casi siempre estoy de su parte.
¿Cuándo tuvo lugar este desplazamiento? Son pocos
los días en que el enemigo no ha contado con mi
apoyo. Nunca en realidad he sido contrapeso para sus
demandas. Me consta, me consta en mi carne. Siempre
firmé sus acusaciones, sus ataques sorpresivos, sus
listas de agravios. Siempre contó con el respaldo que
yo necesitaba para mi tarea. Sí, siempre a mi acusador lo encontré más eficaz, y a su casuística atroz
sólo podía oponerle unos ojos inmóviles.
Mutación – María Clara González
«…Cuándo así me acosan ansias andariegas
¡Qué pena tan honda me da ser mujer!»
Juana de Ibarbourou
No te apenes Juana
que ahora podemos
hartarnos de luna
caminar por sendas que locas invitan
abrir andariegas puertas misteriosas
y asomar la sed
Podemos ahora
como tu anhelabas
navegar por campos
caminar el mar
pero para hacerlo
sin saber el modo
¡como las serpientes cambiamos de piel!
Tu espalda elige – Irene Selser
Tu espalda elige
la senda del castaño
para marcharse.