De la nacida en Chipre me complacen
ahora sus labores —y las de Dionisio y las de las Musas—
labores que procuran placeres a los hombres.
Y Dios me hizo mujer – Gioconda Belli
Y Dios me hizo mujer
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavo por dentro
me hizo un taller de seres humanos.
Tejio delicadamente mis nervios
y balanceo con cuidado
el numero de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyecto con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron asi las ideas
los sueÒos,
el instinto
todo lo que creo suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosa que me hacen
mujer todos los dias
por lo que me levanto orgullosa
todas las maÒanas
y bendigo mi sexo.
Doris culo-de-rosa – Discórides
Cuando quedó tendida Doris cu lo-d e-rosa sobre el lecho
entre tan frescas flores me convertí en un dios.
Ella que me abarcaba con piernas prodigiosas
recorrió sin torcerse la carrera de Cipris
con ojos perezosos. Como hojas en la brisa, le temblaba la púrpura
de su carne agitada, justo hasta que vertimos
la blanca libación de nuestro ímpetu, y Doris
con los miembros muy lánguidos se cayó derramada.
A las estrellas – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)
¡Oh, refulgentes astros!, cuya lumbre
el manto oscuro de la noche esmalta,
y que en los altos cercos silenciosos
giráis mudos y eternos;
y ¡oh tú, lánguida luna!, que argentada
las tinieblas presides, y los mares
mueves a tu placer, y ahora apacible
señoreas el cielo:
¡ay, cuántas veces, ay, para mí gratas,
vuestro esplendor sagrado ha embellecido
dulces felices horas de mi vida
que a no tornar volaron!
¡Cuántas veces los pálidos reflejos
de vuestros claros rostros derramados,
húmedos resbalar por las colinas
vi, apacibles, del Betis,
y en su puro cristal vuestra belleza
reverberar con cándidos fulgores
admiré, al lado de mi prenda amada,
más que vosotros bella!
Ahora, al brillar en las salobres ondas,
solo y mísero, prófugo y errante,
de todo bien me contempláis desnudo
y a compasión os muevo.
¡Ay! Ahora mismo vuestras luces claras,
que el mar repite y reverente adoro,
se derraman también sobre el retiro,
donde mi bien me llora.
Tal vez en este instante sus divinos
ojos clava en vosotros, ¡oh, lucientes
astros!, y os pide, con lloroso ruego,
que no alteréis los mares.
Y el trémulo esplendor de vuestras lumbres
en las preciosas lágrimas rïela,
que esmaltan, ¡ay!, sus pálidas mejillas
y más bella la tornan.
Astimelesa – Alcmán
Con un deseo que desmaya el cuerpo
dirige una mirada que hace desfallecer
más que el sueño y la muerte:
sin vanidad alguna, es ella dulce.
Astimelesa nada me responde.
Recoge la guirnalda como un astro que vuela
por un cielo radiante
como un tallo dorado, como una pluma suave.
Con pies esbeltos cruza.
Y como brilla el bálsamo de Chipre
sobre las cabelleras de las jóvenes,
así, solicitada, camina Astimelesa entre la gente
y alcanza un gran honor.
Si acaso me viniera y me tomara
de la tierna mano, yo
al instante sería
un suplicante suyo.
El silencio – Carilda Oliver Labra
A Raúl Luis
No lo puedo decir. La voz precisa
quedó bajo el silencio sepultada;
cuando retoza el crimen ya no es nada
el diente que pelea en la sonrisa.
No lo puedo decir. Y acaso es largo
el camino que el daño me asegura.
No lo puedo decir, y sin embargo
sé que está cerca la total negrura.
No lo puedo decir ...Todas las penas
se van volviendo ya como serenas
soledades que aquí no tienen signo.
Aunque la muerte simplemente abra,
aunque al fin me arrebaten la palabra
no me voy a callar ni me resigno.
El eco del deseo – Meleagro
Sin descanso me inunda los oídos el eco del Deseo.
Mis ojos en silencio a las Pasiones le ofrecen llanto dulce.
No trajeron sosiego ni la noche ni el fulgor de los días,
y ya en mi corazón la cicatriz de filtros amorosos
instalada se sabe. Ay, Amores alados, ¿no me sobrevolasteis
otras veces?
¿Por qué no sois capaces de remontar el vuelo?
No es sólo belleza – Samira Brigüech
¡Qué belleza volver a amanecer
adornado de chispas fugaces,
y a sus labios unir la lealtad
y la traición de la mar,
y el brillar y encender
del tiempo!
¡Qué belleza alentar
la lluvia y la tierra,
el sabor agridulce del invierno,
la sencillez de mi pueblo de pan,
con aquella su tenue fragancia
dorada de tantos y tantos lloros!
¡Qué belleza al despertarme
soñando con volver a sentir,
ver, gozar, de toda esta vida
esculpida en oro y plata pero que…
no es sólo belleza!
Lamento – Eugenio de Nora
¡Seguid, seguid ese camino,
hermanos;
y a mí dejadme aquí
gritando!
¡Dejadme aquí! Sobre esta tierra seca,
mordido por el viento áspero
—campanario de Dios
frente al derrumbe rojo del ocaso—.
¡Dejadme aquí! Quiero gritar,
tan hondo en el dolor, tan alto,
que mi voz no se oiga sino lejos, muy lejos,
libertada del tiempo y del espacio.
¡Dejadme aquí! Dejadme aquí,
gritando...
A Eugenio de Nora – Blas de Otero
Hay una rabia dentro de los ojos,
una rabia de Dios y de los hombres,
y de ti mismo y de mí mismo. Nada
es comparable a un mar que ya se rompe.
Que ya no puede más. Pero nosotros
insistimos, entramos por la noche
no con las manos, no, tendidas, nunca:
gritando a voces y llamando a golpes.
¡A fuerza de querer que se despierten,
palios de luz, penumbra de rincones,
todo, lo desgarramos, no queremos
limosna: manos no, garras insomnes!
Amigo mío, mi cansancio es bello.
Se parece a ese ruido de los bosques.
Cualquier día sabrás que me he callado,
como hice ayer, para inventar más nombres.
Tú y yo, cogidos de la muerte, alegres,
vamos subiendo por las mismas flores:
un manto rojo, en pleamar, el tuyo;
un manto verde, como el mar, el monte.
Apóyate. Ay, apoyémonos.
No te importe ser mástil. Que se ahonde
más, y que, hendiendo por el fondo, falte
arriba poco para hender los soles.