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BELLA DE LA NOCHE – CARMEN BRUNA

El paso del tiempo se hace insoportable y temible
cuando el cuerpo y el espíritu del amante
nos han abandonado en las regiones del GRANIZO.

Estamos desde siempre condenados a MUERTE,
somos los hijos perdidos de los MANANTIALES,
la pena tritura nuestros huesos
como al maíz rojo en el mortero.
la pena por el amor cuyo fin
no podemos comprender,
la fragancia de la SANGRE derramada inútilmente
dulce y tenebrosa como el beleño.

¿Qué hay de ti para mí en los nenúfares navegantes
que se SABOREAN COMO JAZMINES molidos?
Solamente dolor y remordimiento,
solamente el rumor de las cañas melodiosas
y su embeleso,
el aroma de la MIEL y el sonido de las FLAUTAS.
¿Qué queda entre la guirnalda
de plumas AZULES?
el FUEGO perdido en lo alto de las montañas
las lentas agonías en la casa de los TIGRES,
el negro ESCORPIÓN
Que durante el sueño
ENVENENA mi carne frágil,
la horrible pesadilla
que resbala en la LUNA DE TODOS LOS ESPEJOS,
la ESTRELLA granate con su LLAGA LÍQUIDA
en el ESTANQUE DE ORO
DONDE BEBEN LOS CIERVOS,
el satélite resinoso , que sahuma
la casa de los ruiseñores,
cuando se cumple el ciclo engañoso de las marcas,
el canto de Venus, poseída y musgosa
encerrada con las aves en la celda de los esclavos.

Somos inocentes y crueles como los visones,
siempre tenemos cinco años maltratados,
cinco años de desarraigo y orfandad;
el néctar doloroso y esquivo del sexo
nos persigue desde el nacimiento,
nuestra SANGRE verde aletea
cuando el PÁJARO bate las aguas con su plumaje,
e inaugura el latido de los corazones en las ondas,
nos han robado el MAR DE LAS ARTERIAS,
nos hurtaron el calor de los miembros.

¿Qué harías si yo fuera a MORIR?
¿Te extinguirías como una candela en la tempestad?
¿Te arrojarías jubiloso
en el regazo de la hierba haschich?
Ya nada queda por decir,
únicamente lo que no puede olvidarse.
El silencio feroz que convoca al SUICIDIO.

La lluvia con su rostro de AZÚCAR derretido,
captura todos los PANALES
de las ABEJAS ANTROPÓFAGAS,
la lluvia del trópico,
la que disuelve en sus ALUCINACIONES
a la arenas calientes del DESIERTO
y procrea un fabuloso camino de Santiago
en los oasis TURQUESAS;
la MEDIA LUNA INCENDIADA por las manos
LUMINOSAS de los enanos
que viven entre las AMAPOLAS y el incienso,
que crujen sus diminutos DIENTES
junto a la HOGUERA DE ALAS DE MARIPOSA
Y PLUMAS DE ARCÁNGEL,
todo el corazón del SOL
arrojando gemas de colores a los ILUMINADOS.
Desesperación , vamos a caminar por la vida
con una NARANJA en la mano;
PALOMA DE LOS TORRENTES
PIEDRA ROSA HEMORRAGIA de los sacrificios,
algunos gramos más de plácido VENENO
y las tinieblas caerían sobre nuestros OJOS.
¿Quién lo duda?
ese sería nuestro triunfo inútil
el infinitesimal tiempo de las mujeres
que pudieron elegir su propia MUERTE.

Subterráneos guardianes de SEPULCROS
MANZANAS oscuras
camalotes
golosinas de caña pegajosa,
perfumando el RIO ASESINO.
Las SERPIENTES en las ORQUÍDEAS
y en los coágulos del polen
espantadas SEDIENTAS.

Siesta – Oliverio Girondo

Un zumbido de moscas anestesia la aldea.
El sol unta con fósforo el frente de las casas,
y en el cauce reseco de las calles que sueñan
deambula un blanco espectro vestido de caballo.

Penden de los balcones racimos de glicinas
que agravan el aliento sepulcral de los patios
al insinuar la duda de que acaso estén muertos
los hombres y los niños que duermen en el suelo.

La bondad soñolienta que trasudan las cosas
se expresa en las pupilas de un burro que trabaja
y en las ubres de madre de las cabras que pasan
con un son de cencerros que, al diluirse en la tarde,
no se sabe si aún suena o ya es sólo un recuerdo...
¡Es tan real el paisaje que parece fingido!

Una canción como esa – Claudia Masin

                                                 A Milagro Sala

En los pueblos anestesiados, adormecidos por un sol violento, cada vez
que llueve se levanta de las calles de tierra una nube de vapor, un humo viejo
que trae el olor picante de la pólvora vencida, disparada hace décadas
sobre cuerpos desarmados o en enfrentamientos desiguales
de cientos contra pocos, un humo que condensa el olor de todos los fuegos
encendidos a la noche, jornada tras jornada, mes tras mes, año tras año,
para asar la carne o calentar la comida que hubiera,
unos junto a otros reunidos alrededor del fogón como luciérnagas
que se han ido apagando para dejar su brillo en una caja que otros construyeron,
sin agujeros por donde respirar porque no todos, se sabe, tienen derecho a la vida
y a la belleza. Es denso ese humo y es tóxico, y se nos cierra la garganta
cuando llega, porque guarda el olor corrosivo que se adhiere a los cuerpos
de tanto andar juntando los desperdicios que otros dejan, la basura ajena,
para seguir sobreviviendo. El olor de ese humo, a pobreza
y a miedo, a veces crece y crece y llega a las ciudades ricas donde apesta
más que nunca y hay que espantarlo con las manos como a un insecto.
No tiene historia, no duele, a nadie le pertenece ese olor cuando entra a las casas
y molesta, lo único que importa es apagarlo, taparlo,
hacer que vuelva a donde pertenece,
porque no se puede invadir la propiedad de los otros con la propia
miseria. Sin embargo es más grande todavía el desprecio y el asco
cuando esos hombres y mujeres un día se atreven a salir a las calles,
a invadir el centro de ciudades que no fueron construidas para ellos:
aunque han venido de tan lejos, y están sucios y cansados, no traen
ese olor animal con ellos, no es pobreza ni miedo
eso que los circunda como un halo imposible y los protege
como una empalizada, como una fuerza torrencial y serena
que los sostiene con la delicadeza con que debe ser sostenido
algo que ha sido roto y recompuesto mil veces, algo a la vez infinitamente
poderoso y frágil, porque ha conocido la experiencia
de su propio derrumbe y ha vuelto. No es pobreza ni miedo,
no están vencidos porque vienen cantando, se los oye desde lejos, nadie puede
no oírlos, su canción tiene raíces tan hundidas en la tierra que a algunos
les toca el corazón, les hace nacer una alegría que no conocían, tan intensa
que pareciera que les rompe el pecho, pero en otros despierta
una violencia incurable y quisieran arrancar ese canto
y arrancarlos a ellos como a la mala hierba para que algo así,
capaz de transmitir una esperanza tan tremenda, no pueda propagarse
y contaminar a los demás, a los que bajan la cabeza y aceptan
porque no saben, no les han dicho, nunca han escuchado
una canción como esa. Que no existen los milagros es algo
evidente. Pero sí existen algunos –poquísimos- seres con el coraje, la terquedad,
la furia de insistir en lo que no se puede: caminan sobre el agua
o multiplican los panes y los peces
como si no estuvieran haciendo nada extraordinario, apenas lo justo,
lo que tenía que ser hecho. Una sola de estas personas
puede lograr que el mundo se ahueque como los ventrículos del corazón
enorme y violento de las fieras del monte, cuyo latido retumba adentro de la
tierra
hasta que incluso los seres más mansos, más pequeños, lo escuchan
y entonces despiertan y escapan de una vez y para siempre
de su cautiverio.

El éxtasis – Leopoldo Lugones

Dormía la arboleda; las ventanas
llenábanse de luz como pupilas;
las sendas grises se tornaban lilas;
cuajábanse la luz en densas granas.

La estrella que conoce por hermanas
desde el cielo tus lágrimas tranquilas,
brotó, evocando al son de las esquilas,
el rústico Belén de las aldeanas.

Mientras en las espumas del torrente
deshojaba tu amor sus primaveras
de muselina, relevó el ambiente

la armoniosa amplitud de tus caderas,
y una vaca mugió sonoramente
allá, por las sonámbulas praderas.

Despedida – Enrique Molina

¡Adiós pájaro definitivo!
Continuarás tu vuelo en mi alma

sin entenderme, pero conmigo.
Es tan bello este día invernal,

hay tanta distancia en tus alas:
lo que vuela contigo es el cielo.

¿Qué podría decir de mí?
¿Qué podría decir en sueños?

Casa pintada de rojo, con un gato,
la ropa tendida en la azotea:

¿quién abrirá la puerta si desapareció
con sus flores, lámparas y muebles,

los amigos que la frecuentaban,
conversaciones, una historia melancólica

y un poco imprecisa. ¿Cuándo terminó?
¿Quién sabe nunca lo que ha amado?

Hay como un resplandor en torno. ¡Adiós
pájaro más profundo que el cielo!

La cosa – Juan Gelman

Bajo las líneas que aquí yacen
hay una criatura acostumbrada a combatir
contra el dolor, contra la muerte.

Tal vez por ello amó melodramas,
historias lamentables de sus contemporáneos,
con desesperación, como se dice.

Como un borracho lento caminó por las calles,
tambaleó sosteniendo el peso de la vida,
de su rostro sólo supo cómo ya no iba a ser.

Ese rostro besaba entre el oleaje de la noche.

El castigo – Osías Stutman

La poesía es mi castigo,

es un personaje diario
de espuela y fusta leve.
Hoy y ayer su recuerdo

no me dejó respirar. Toco
sin retener en la mano
y las cosas se rompen
al contacto. Hoy me rodea

un mundo agitado, mundo
enemigo que se aleja
cada vez más de mi casa.

Miro perplejo ese cambio y
los agudos sonidos que produce
en el hablar común, ya incomprensible.

Gibraltar – Oliverio Girondo

El peñón enarca
su espinazo de tigre
que espera dar un zarpazo
en el canal.

Agarradas a la única calle,
como a una amarra,
las casas hacen equilibrio
para no caerse al mar,
donde los malecones
arrullan entre sus brazos
a los buques de guerra,
que tienen epidermis y letargos de cocodrilo.

Las caras idénticas
a esas esculturas
que los presidiarios tallan
en un carozo de aceituna,
los indios venden
marfiles de tibias de mamut,
sedas auténticas de Munich,
juegos de te,
que las señoras ocultan bajo sus faldas,
con objeto de abanicar su azoramiento
al cruzar la frontera.

Hartos de tierra firme,
las marineros
se embarcan en los cafés,
hasta que el mareo los zambulle
bajo las mesas,
o tocan a rebato
con las campanas de sus pantalones
para que las niñeras
acudan a agravar
sus nostalgias, de países lejanos,
con que las pipas inciensan
las veredas de la ciudad.