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Casa fugaz – Andrés Neuman

Somos iguales, tienes
la exacta fortaleza
que me hace en parte débil.
Sigue siendo difícil
en la casa terrena desnudarse.
¿Trascender? Eso intentan los solemnes,
como si dominasen el misterio
de habitar hasta el fondo este lugar
sin cederle terreno a las alturas.

Si te toco, artesana,
¿querrás estar aquí enteramente?
Durando en lo fugaz,
así transcurriría nuestra entrega.
Desconociendo cómo,
así nos buscaríamos.
Iguales en la duda. Enamorados
de la fragilidad de estas paredes.

El huésped – Juan Gelman

La ciudad inmóvil brilla bajo la luna,
alguien sin embargo ha encendido mi corazón,
arde contra el silencio de las viejas paredes.

Sólo este fuego me acompaña en la ciudad nocturna y fría,
es la ciudad a la que siempre entro por primera vez,
se calla frente a mí como un desconocido.

Alguien sin embargo me ha amado antes aquí,
sobre estas piedras nos besamos a través de la noche,
alguien también tembló por mí bajo las madrugadas de ceniza.

La impiadosa ciudad nunca da coartadas,
quién sino ella ha encendido este fuego.

La facilidad – Osías Stutman

Amores:

No hay consecuencias lógicas
del pasado. El pasado es
sólo suma y resta de defectos


elegidos. Recuerdos de la fama,
los cansancios, el corazón de vacíos.
Lo único que sirve es la soledad,


el aislamiento, insular vida
sin nadie. Eso es lo mejor.
Sonido sin ecos, palabra sin fulgor.


Oír y escuchar, en silencio, el oído
gana. Así se salvará la libertad
despótica y ruidosa, escandalizada.


Esperas:

Es ella la que me hipnotiza en silencio.
Soy su víctima, su higo rojo, mesmerizado,
en silencio, como una planta, un cactus,


un libro abandonado, mudo, peor que cenizas,
un pecado verdadero, imperdonable y vulgar,
en la biblioteca vacía, en su penumbra.


Todo está en la voz, la nuca
tensa, el tono, el suave pronunciar. Sólo
eso salva a la literatura y su hundimiento.


Imágenes:

Agua marina limpia en el rostro
y un portal de fuego, evocan poesía
como espuma de mar, oleaje, aire fino.


La mujer rubia hablando a un espejo,
el gran rodete de oro sobre la espalda,
diciendo que no puede esperar más.


El puerto en calma, rojo al atardecer
como un incendio. A lo lejos un hombre
mueve algo negro con un palo, sin esfuerzo.


Mirando el agua, mirando la leche hervir,
la carne temblando. Interminable lectura, seca,
desesperada, los olvidados textos en la mano.


Así la facilidad enseña, torpe, tranquila.
Impide escribir sobre la duda y la certeza,
engendra la lectura seca, interminable.

Delectación amorosa – Leopoldo Lugones

La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.

Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña, en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.

Poblose de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinoso biombo.
Tus rodillas exangües sobre el plinto

manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de jacinto
corría sin rumor hacia la muerte.

Nada de nostalgia – Enrique Molina

El que pueda llegar que llegue
Esta es la sal de las partidas
Una perla de amor insomne
Entre manos desconocidas

Lechos de plumas en el viento
Sólo dormimos en los médanos
Thi la gitana del desierto
En la noche del Aduanero

La gitana con una cítara
Un león la huele como a una flor
Es el sueño feroz y tierno
El olfato de la pasión

Alas de nunca y de inconstancia
A través del cielo se filtran
implacables cuerpos amantes
con sus terribles maravillas.

Todas las llaves abren la muerte
Pero la vida nunca se cierra
¡Todas las llaves abren la puerta
Del puro incendio de la tierra!

El espíritu de la colmena – Claudia Masin

                     (Basado en el film de Víctor Erice)

 
Yo también tengo miedo de
mí mismo. Me he convertido
en los monstruos que temía de chico,
los que bajo la cama,
bajo el piso mismo de la casa, trabajaban
la noche entera
para romper lo que durante el día
había sido levantado con todo el esfuerzo
del mundo. Romper
lo que estaba entero: un trabajo, el suyo,
como cualquiera, como el de la ley de gravedad,
como el del corazón que bombea la sangre
hacia las arterias, como el de las abejas
acumulando la miel o hundiendo
el aguijón, lo que sea que haga falta para preservar
la especie. Yo también
tengo miedo de mí mismo, yo también quisiera
a veces gritar cuando me veo. Da espanto ver
en la propia cara las caras de los muertos,
el impulso incontrolable de la tribu a encender
el fuego en medio del bosque, para alumbrarse sí,
pero también para expandir el incendio detrás suyo,
entre los árboles, que no saben correr ni defenderse,
y se consumen en el lugar en que fueron puestos. Quién no fue
alguna vez el árbol que siente la quemadura en las raíces,
en la corteza, subiendo como un áspid y no es capaz de detenerlo,
quién no fue alguna vez quien prendió el fuego con saña
e inocencia y para cuando advirtió la magnitud
del desastre, ya no fue
capaz de detenerse. Rechazo todo eso:
la tribu y el bosque y las leyes
que caen como como pedradas sobre el cuerpo
del que dice que no, que no va a quedarse,
a aceptar que no se puede
vivir sin lastimar
la parte ya vencida de aquel a quien más quieren.
Elijo el aislamiento, la cueva
donde no pueda alcanzarte mi mano que es la mano
de mi padre y de mi madre, de todos mis ancestros,
porque estoy hecho de los pedazos que no quiero,
porque soy la forma que toma en una persona
el daño hecho por quienes lo precedieron y renuncio:
renuncio a la tarea. Por amor y por asco,
me llevo conmigo lo que me dieron y lo escondo
de tu vista, me voy donde no pueda
tocarte y perpetuar la línea de un tiempo
que se cierra como una boa sobre sí mismo,
se abraza y recomienza. Yo digo que no,
que no quiero abalanzarme sobre los restos
de un animal herido, que prefiero
morir de hambre antes de hincar los dientes
en vos, en vos que fuiste
mi esperanza de no ser quien soy
y mientras existas
me mantendrás a salvo de la rabia
desatada, tremenda que me llevaría
al lugar del origen, al corazón de la colmena
despiadada de donde toda la vida
voy a estar huyendo.

Vagar en lo opaco – Alejandra Pizarnik

mis pupilas negras sin ineluctables chispitas
mis pupilas grandes polen lleno de abejas
mis pupilas redondas disco rayado
mis pupilas graves sin quiebro absoluto
mis pupilas rectas sin gesto innato
mis pupilas llenas pozo bien oliente
mis pupilas coloreadas agua definida
mis pupilas sensibles rigidez de lo desconocido
mis pupilas salientes callejón preciso
mis pupilas terrestres remedos cielinos
mis pupilas oscuras piedras caídas

Esta tarde – Alfonsina Storni

AHORA quiero amar algo lejano...
Algún hombre divino
Que sea como un ave por lo dulce,
Que haya habido mujeres infinitas
Y sepa de otras tierras, y florezca
La palabra en sus labios, perfumada:
Suerte de selva virgen bajo el viento...

Y quiero amarlo ahora. Está la tarde
Blanda y tranquila como espeso musgo,
Tiembla, mi boca y mis dedos finos,
Se deshacen mis trenzas poco a poco.

Siento un vago rumor... Toda la tierra
Está cantando dulcemente... Lejos
Los bosques se han cargado de corolas,
Desbordan los arroyos de sus cauces
Y las aguas se filtran en la tierra
Así como mis ojos en los ojos
Que estoy soñando embelesada...

Pero
Ya está bajando el sol tras de los montes,
Las aves se acurrucan en sus nidos,
La tarde ha de morir y él está lejos...
Lejos como este sol que para nunca
Se marcha y me abandona, con las manos
Hundidas en las trenzas, con la boca
Húmeda y temblorosa, con el alma
Sutilizada, ardida en la esperanza
De este amor infinito que me vuelve
Dulce y hermosa...