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Qué va a ser caridad lo que me mueve… – Armando Uribe

Qué va a ser caridad lo que me mueve
cuando dicen mi nombre desde abajo
como si yo estuviera entre las nubes
del cielo; estoy en piso al que se sube
por ascensor, y soy el espantajo
que en la ventana niega amor a ustedes.
De tanto haber creído, al menos de palabra
dicha y escrita, me fatigo
por no cambiar de tema ni vocablo.
Hablo y escribo, escribo y hablo
siempre lo mismo, es un castigo
que Dios propina a aquél que salva.
El acto de doblar con varios dedos
las hojas de los libros y los diarios
me agota, (de los siete a los setenta y
siete años) y me hastía porque no hay
textos que justifiquen las pérdidas de horarios
del tiempo, y el desgaste de esos dedos.

Cuando me paro a contemplar mi estado… – Garcilaso de la Vega

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por dó me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino estoy olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido:
sé que me acabo, y mas he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme,
si quisiere, y aun sabrá querello:

que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

Circo – Mário Quintana

No escribo versos, yo me los arranco
retorciendo mis huesos doloridos.
La entrada es gratis para conocidos;
para amadas reservo el primer banco.
Me contorsiono, corro cojitranco,
caigo en los verdes plintos extendidos...
Mirad mi corazón que, entre gemidos,
hago surgir como un conejo blanco.
«Dios mío, nunca cambias el programa»,
la clara voz de mis amadas clama.
Se queja el público: «Qué aburrimiento...».
«¿Qué puedo daros nuevo o imprevisto?»
—digo, mientras cansado me desvisto—
«yo sólo sé sufrir, llorar... Lo siento».

Madonna de Bellini – Julio Martínez Mesanza

Y siento que es inextinguible el alma;
hasta las lágrimas lo siento a veces,
como en santa maria la gloriosa,
cuando la dulce madre me esperaba
después de estar oculto tanto tiempo
bajo el abstracto e imperdonable frío.
un espacio vacío, muros blancos:
solo malvivo en sitios diferentes,
y, sin embargo, sé que alguna imagen
guarda la luz y el oro verdaderos.

Lo que queda – Bibiana Collado Cabrera

UNA breve superficie rugosa
levemente oscurecida.
Eso es lo que queda.
La huella de la quemazón.

Un bar en frente de la guardia
civil. Remotos cumpleaños
con puntillas entre las cajas
del almacén. La reja de un colegio
que ya no existe.

Nada está en su sitio.
Ni siquiera la breve mancha
que se ha reacomodado en algún pliegue
de la mujer que siguió a la niña.

Vuelvo y busco obsesivamente
las nuevas tiendas que se han abierto
en estos años. Esperando
que cada imagen se desenganche
de su respectivo rincón.

Anular el desarreglo del espacio,
la luz opaca de las mañanas,
la parálisis anárquica del cuerpo
ante la posibilidad oblicua
del encuentro y la certeza
de que no parecemos lo bastante
felices.

Nada está en su sitio.
Tan solo la guardia civil.

Eso es lo que queda.
El tacto de la breve superficie
rugosa y el obcecado recuerdo
de un padre que sostiene a una hija
en brazos, sin soltar el puro
de la mano derecha.

Canción de luna por la mañana – Sylvia Plath

Oh, luna ilusoria,
que encantas a los hombres
inoculando en sus venas
visiones de oropel,
los gallos levantan
a tu rival cacareando
para que se ría en tu cara
y eclipse ese óvalo
que nos impele a perder
la razón y a allegarnos
a este horizonte de fábula
y de capricho.
El alba rasgará
tu velo de plata
que hace creer al amado
que su amada es hermosa;
la luz de la lógica
nos hará ver que tu magia
disoluta nos enloquece:
ningún amable disfraz
resiste esa mirada
cuyo candor revela
que el amor es una esfera
que nos vuelve pálidos.
En los jardines sórdidos
los durmientes despiertan
mientras su dorado verdugo
aumenta el tormento;
los cuerpos sagrados
que se rinden a la noche
son aplastados por el
microscopio que lo estudia:
los hechos han hecho estallar
el marco del ángel,
y la cruda verdad ha retorcido
el radiante miembro.
El sol abrasador
brilla aterrorizado:
se zambulle en tu espejo
y se ahoga.

El señor de la guerra (Homenaje a J.E. Cirlot) – Álvaro Valverde

A Néstor Hervás

Hoy mi reino
es esa tierra de nadie

Umberto Saba

Veinte años de guerras me contemplan
y eso, a mi edad, es una vida.

A pesar de la fama y las victorias,
el que llega a este oscuro
rincón de Normandía
es un hombre que ha sido derrotado.

Desde esta única torre que rodean
un bosque y una ciénaga,
se ve el paisaje atroz
del fin del mundo.

En medio de este páramo que anegan
las aguas ponzoñosas de un pantano,
no hay ley que legitime ningún orden,
ni distinción de súbdito y proscrito,
ni mayor amenaza que uno mismo.

Tan sólo una mujer podrá salvarme.
Porque ella es la verdad y la belleza.
No tengo otro señor que su palabra.
Ella es mi redención. Ella, mi muerte.

Destino de exiliados – Sylvia Plath

Ahora, al regresar de las catedrales abovedadas
De nuestros colosales sueños, llegamos a casa para hallar
Una majestuosa metrópolis de catacumbas
Erguida en los profundos pasadizos de nuestra mente.
Las verdes alamedas donde nos regocijábamos se han transformado
En la infernal guarida de unos peligros diabólicos;
La canción y los violines seráficos han enmudecido;
Cada tictac del reloj consagra la muerte de los extranjeros.
Mejor sería dar marcha atrás y reclamar el día
Antes de que caigamos deshechos, como ícaro;
Aquí no hay más que altares en ruina
Y palabras profanas garabateadas en negro en el sol.
Y, aun así, nos empeñamos en intentar partir la nuez
En la que yace encerrado el enigma de nuestra raza.

Sobre el bárbaro hervor del mar lejano… – Juan Eduardo Cirlot

Sobre el bárbaro hervor del mar lejano
turbio de oscuras voces sin regreso,
la atmósfera se exalta en un poseso
fulgor donde el metal se vuelve mano

cuyos dedos de espuma en el arcano
antiguo se exacerban en acceso
nostálgico de bronces sin el beso
arcaico de aquel viento sobre el llano.

La Doncella de barro sonrosado
tiene un pájaro azul entre los senos,
o el temblor de los cantos panhelenos,

sobre cumbres perdidas en la sombra,
que el tiempo tenebroso ha derramado
a los pies de esta diosa que no nombra.

Prólogo a la primavera – Sylvia Plath

El paisaje invernal cuelga ahora en equilibrio,
Traspasado por la mirada azul, furiosa de la Gorgona;
Los patinadores se hielan en un cuadro de piedra.
El aire se vuelve cristalino y el cielo entero
Quebradizo como una taza de porcelana inclinada;
La colina y el valle se atiesan, hilera a hilera.
Cada hoja que cae, cae convertida en acero,
Arrugada como un helecho en este ambiente de cuarzo;
Un sosiego escultural mantiene el campo aquietado.
¿Qué contrahechizo podría deshacer el ardid
Que ha inmovilizado in situ esta estación
Y dejado en suspenso cuanto podría ocurrir?
Los lagos yacen encerrados en ataúdes de cristal pero,
Mientras nosotros nos preguntamos qué puede surgir del hielo,
Los pájaros que anuncian el verde irrumpen desde las rocas.