El Objeto Amado me mira de reojo.
¡Dios mío, qué anticuado es,
si ya no se enamora así,
si se perdió hace mucho cualquier romanticismo!
Antes fluían los deseos
a distancia, mediante ondas hertzianas.
Y una mirada apenas hubo quien la guardó
toda su vida, como una joya intransferible.
Era igual que en los libros y en el cine,
aunque ésos no copiaban la vida, en realidad.
Como ya no hay suspiros, se fueron los poetas
y el mundo ha terminado con una cuerda menos.
El mundo es frágil
y lleno de temblores
como un acuario.
Sobre él diseño
este poema: imagen
de otras imágenes...
Tú eres el material de mis versos, querida.
Porque, después de todo,
nunca escribí mis versos exactamente a ti.
Yo los hice de ti.
No escribo versos, yo me los arranco
retorciendo mis huesos doloridos.
La entrada es gratis para conocidos;
para amadas reservo el primer banco.
Me contorsiono, corro cojitranco,
caigo en los verdes plintos extendidos...
Mirad mi corazón que, entre gemidos,
hago surgir como un conejo blanco.
«Dios mío, nunca cambias el programa»,
la clara voz de mis amadas clama.
Se queja el público: «Qué aburrimiento...».
«¿Qué puedo daros nuevo o imprevisto?»
—digo, mientras cansado me desvisto—
«yo sólo sé sufrir, llorar... Lo siento».
Poesía de todas la épocas y nacionalidades