De dónde vienes, en quién te encuentras,
cuál es tu plato de la balanza,
¿sobrevives de viento o de tierra?
Qué ramo de perspectivas es el que estás manejando,
qué cimiento juega a ruina,
qué trampa de trébol deshojado.
Cuándo será la venida, el llano,
en qué hora has de esperar con tu lámpara encendida,
en qué camino sales a su encuentro,
con qué dios, dime si lo sabes,
con qué dios estamos apostando.
Vemos la humedad de la sangre
por el vapor que exhala.
Como a espejo negado nos dirigimos
para ver la succión de la muerte.
Estallado y granate tiene el rostro
el atado,
de niebla y de sudor cubierto
el cuerpo.
Polvorientos los ojos de radiante tortura.
¿A dónde irá el gemido de este hombre
si es Dios?
A veces
no sé si escribo o es que ando descalza sobre las brasas
si puedo acariciar tu médula a la que solo le falta hablar
como un campo de flautas.
A veces
no sé
quien soy y me pregunto al caos
me pasan por delante de los ojos la noche y el murciélago
secreto
de tu amor
pido
muérdeme el aliento
cómeme el corazón
y si todavía quieres más
ven a ver:
La noche succiona mi polen negro
para oscurecer la madrugada
tira de mis tendones para tensar la aurora.
A veces no sé si florezco o es que hablo aire
me entrego a ti o hago el amor con la mitad de mí misma
si te abrazo o acuno un trébol de cuatro hojas
si tengo un hijo dormido en mi vientre como un dolmen pequeño
o si todo cuanto veo no es más que un lamento
de no verte
de no verte
me poso en la rama del pensamiento
lo siento como un hierro candente bajo las patas
intuyo bajo la sombra el cuerpo de tu ausencia
como el grano de maíz como una hostia sagrada
y bajo a beber a la fuente ayer
donde tú no estabas.
El tiempo se comunica conmigo
por sondas subterráneas
apenas entiendo nada salvo la fiera sentimental
que gruñe allá en el fondo de tu oído interno.
Oigo voces que no son yo
me desplazo sin moverme
como el son de la lira
voy a donde ya estuviste
y encuentro
una luciérnaga que dejó en la hierba tu aura desnuda.
Se queda la lana a tejer hasta el alba
se queda la seda acariciando el feto de la oruga
el sol en su pozo entona un oráculo
se quedan mis ansias sentadas a la puerta
golpeando un báculo mi corazón.
A veces no sé si escribo
o es que ando descalza sobre brasas
o es que ando descalza sobre brasas
o es que ando descalza sobre brasas
Queda curvo el firmamento,
Compacto azul, sobre el día.
Es el redondeamiento
Del esplendor: mediodía.
Todo es cúpula. Reposa,
Central sin querer, la rosa,
A un sol en cénit sujeta.
Y tanto se da el presente
Que al pie caminante siente
La integridad del planeta.
¿Y si la muerte no fuera el descanso
que tanto necesito?
¿Y si quedara un resto de conciencia
como un sueño de siglos?
¿Y si debiera errar sin yo y sin forma
por no sé qué dominios?
¡Noche sagrada, niégame del todo,
sálvame de un mal sino!
No puede tener más de veintidós años.
Y sin embargo estoy seguro, hacé esos
años gocé este mismo cuerpo.
No me ciega el deseo.
Apenas he llegado a este local;
no he tenido ni tiempo de beber suficiente.
He gozado este cuerpo.
Y no recuerdo dónde —y qué más da.
Ah, pero mirándolo sentado en la mesa vecina
reconozco todos sus movimentos —y bajo su ropa
de nuevo veo los amados miembros desnudos.
Mi primera soledad
fuiste tú. Tú la primera
espada de mi dolor
sin nombre. Tú la primera
nostalgia. Voz que no es
sino un silencio de ausencias.
Voz en silencio. Y pregunta
por mí. Que a los aires lleva,
con ansias de viento y flor,
semilla que el fruto espera.
Mi primera soledad.
Tú; soledad por mis venas.
Te pregonaba mi ser
con raíces en la tierra,
con sed que nunca se calma,
con grito y llanto, con nueva
palabra del corazón,
con amarilla tristeza.
Con rumor de viento gris
—íntimo paisaje y niebla—
entre la lluvia. Su mano
humedeciendo mi pena.
Árbol sin ramas, sin ti,
perdido para mi senda.
Ninguna sombra ilumina
tu camino, ni una seña
dicen las hojas, están
silenciosas, ya no estrenan,
vegetales, su color
radiante de primavera.
Soledad de ti y por ti.
Eco mudo las estrellas
de mi noche. No se escucha
su temblorosa presencia.
Mi primera soledad.
Tú, mi soledad primera.
¿Dónde buscaré tu voz
de plata, de agua y de seda?
Penetra. Yo te escucho,
latido leve, pluma prisionera.
Penetra en este círculo donde arrojo mi vida;
donde me pongo en pie cuando abriendo los ojos
como un árbol sereno a la muerte me ofrezco.
Yo te escucho, penetra,
mi orilla empieza siempre y no se acaba nunca
sobre esta tarde limpia,
bajo esta tierra seca...
Date prisa. Te espero
...y no se acaba nunca.
Contra el sol del crepúsculo transparento mi muerte.
Hoy a España le han dado una paliza
—el último parte indica agonía—
y llora como un cachorro abandonado en la cuneta
mientras susurra llena de pánico:
Se están llenando mis puentes.
Y yo la miro
con los ojos llenos de justicia
y le digo:
Aguanta, te salvaremos los supervivientes.
En la calle solo queda viva un hambre feroz
que aterra:
el canibalismo de un capitalismo devorador.
Quien dice defendernos nos acaricia
y nos deja la cara llena de sangre:
un abrazo falso duele más que una puñalada…
y lo saben.
Quieren rajar nuestras gargantas
y nutrirnos de sus restos,
atar la libertad de pies y manos y lanzarla al mar
como quien ahorca con saña los derechos humanos.
Son culpables de todo este daño
y no saldrán indemnes:
este aullido en su oído pronto se convertirá en dentellada.
Seguimos siendo salvajes humanos
dentro de su circo,
pero terminará la función y destrozaremos su sonrisa de payaso.
Os estamos descubriendo
y la rabia fluye por nuestras venas
junto al hambre, la pobreza y la injusticia.
Quién os lo iba a decir:
cabe más humanidad en estos cuerpos
que mierda en todos vuestros discursos.
Hoy España huele a podrido,
aunque yo la siento más guapa que nunca
cuando bajo a comprar al mercado
en ese puesto que está a punto de cerrar
y me desean buen día
o cuando veo a un estudiante
ceder su asiento a una mujer con una pensión de mierda
que sonríe con esa resignación
de quien ha vivido de paz a guerra de paz a guerra de paz…
Parece que cada mañana el pueblo grita:
Nos quedamos para salvarte,
España.
Y el pueblo nunca miente.
Y vosotros escuchad,
soltad los hilos corruptos de vuestras manos
y mirad hacia abajo,
cerrad vuestra boca llena de humo negro
y abrid bien vuestros oídos viciosos:
solo aquel que no tiene nada
tiene todo.
Nos habéis convertido en el ejército más poderoso:
ese que no tiene nada que perder.
Y vamos a por vosotros,
armados hasta los dientes de valor,
escudados con una resistencia caníbal
y con un amor violento por la supervivencia.
Jamás debisteis usar a las palabras en vano:
vivís en un país lleno de poetas.