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La tormenta – Francisco Martínez de la Rosa

¿Hubo un día jamás, un solo día,
cuando el amor mil dichas me brindaba,
en que la cruda mano del destino
la copa del placer no emponzoñara?
Tú lo sabes, mi bien: el mismo cielo
para amarnos formó nuestras dos almas;
mas, con doble crueldad, las unió apenas,
las quiso dividir, y las desgarra.

¡Cuántas veces sequé con estos labios
tus mejillas en lágrimas bañadas,
tus ojos enjugué, y hasta en tu boca
bebí ansioso tus lágrimas amargas!
Con suspiros tristísimos salían,
mezcladas, confundidas tus palabras;
y, al repeler mi mano con latidos,
tu corazón desdichas presagiaba…

Todas, a un tiempo, todas se cumplieron;
y si tal vez un rayo de esperanza
brilló cual un relámpago, el abismo
nos mostró abierto a nuestras mismas plantas.
¿Lo recuerdas, mi bien? Morir unidos
demandamos al cielo en noche aciaga,
cuando natura toda parecía
en nuestro daño y ruina conjurada:
la tierra nos negaba hasta un asilo,
la lluvia nuestros pasos atajaba,
bramaba el huracán, el cielo ardía,
las centellas en torno serpeaban…

¡Ay! Ojalá la muerte en aquel punto
sobre entrambos el golpe descargara,
cuando sin voz, sin fuerzas, sin aliento,
te sostuve en mis hombros reclinada.
«¿Qué temes? Vuelve en ti; soy yo, bien mío;
es tu amante, tu dueño quien te llama;
ni el mismo cielo separarnos puede:
o destruye a los dos, o a los dos salva».
Inmóvil, muda, yerta, parecías
de duro mármol insensible estatua;
mas cada vez que retumbaba el trueno,
trémula contra el seno me estrechabas;
en tanto que por hondos precipicios,
casi ya sumergido entre las aguas,
a pesar de los cielos y la tierra
conduje a salvo la adorada carga…

Ora, ¡ay de mí!, por siempre separados,
sin amor, sin hogar, sin dulce patria,
el peligro más leve me amedrenta,
la imagen de la muerte me acobarda:
ni habrá un amigo que mis ojos cierre,
veré desierta mi fatal estancia,
y solo por piedad mano extranjera
arrojará mi cuerpo en tierra extraña.

ANGELITOS AL CIELO – ANTONIO ROS DE OLANO

En casa del gitano
se escuchan jácaras…
¿Es boda o nacimiento?
¿Qué es lo que pasa?
Fijé la vista,
y asomaron en grupo
niños y niñas.

Les marcaba el origen
la tez morena;
conforme iban saliendo,
paraban fuera.
Formaron calle,
y anduvieron y anduve…
Ellos delante.

Al son de castañuelas
y de panderos,
cantando iban alegres…
¡Era un entierro!…
Seguí, y callaron
al traspasar la puerta
del camposanto.

A orilla de la zanja,
donde los pobres
caben, chicos con grandes,
hembras con hombres,
y caen todos,
a medida que llegan,
unos sobre otros;

allí, carne con carne
de los dos sexos,
cama sin sensaciones
de amor ni tedio,
en donde duermen
los que tanto rezaron,
sin que ya recen;

a orilla de la zanja
paró el concurso,
con la caja y el cuerpo
de su difunto…
¡Las crïaturas
llevaban otro niño
muerto en la cuna!

«¡Angelitos al cielo!»
gritaron todos,
y el menudo cadáver
cayó en el foso:
fue dando vuelcos,
y quedó boca abajo,
besando el suelo.

Como vino a este mundo
la crïatura,
del mundo se marchaba:
¡toda desnuda!
La abrigó el polvo;
manto que arropa a humildes
y poderosos.

Ya que la madre tierra
tuvo en sus brazos
el yerto cuerpecito
de ella formado,
vuelto a Triana,
el infantil cortejo
entró en la casa.

Ataúd que va y vuelve
cuando es de pobres,
pero, en vida del niño,
vaso de flores…
Tornar veían
padre y madre la triste
cuna vacía.

Águila de anchos ojos,
ávidos, fijos,
cuando llega y se lanza
sobre su nido;
leona enferma,
cuyo rostro tapaban
ásperas greñas;

la deshijada madre
del angelico,
de aquella pobre cuna
miró el vacío…
Todos bailaban…
¡Y ella sola vertía
mares de lágrimas!

El sol poniente – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

A los remotos mares de Occidente
llevas con majestad el paso lento,
¡oh sol resplandeciente!,
alma del orbe y de su vida aliento.

Otro hemisferio con tu luz el día
espera ansioso, y reverente adora
ya un rayo de alegría
con que te anuncia la risueña aurora.

Sobre ricas alfombras de oro y grana
que ante tus plantas el ocaso extiende,
tu mole soberana
lentamente agrandándose desciende.

La tierra que abandonas te saluda,
el mar tus rayos últimos refleja,
y la atmósfera muda
ve que contigo su esplendor se aleja.

Del lozano Posílipo la cumbre
ya oculta tu magnífica corona,
pero tu sacra lumbre
aún deja en pos una encendida zona;

y aún dora del Vesubio la agria frente,
y aún brilla en el espléndido plumaje
de humo y ceniza ardiente,
que sube hasta perderse en el celaje;

y aún esmalta con vivos resplandores,
y perfila con oro y con topacio,
los nítidos colores
de las nubes que cruzan el espacio.

Pero, a medida que de aquí te alejas,
tu regia pompa tras de ti camina,
y tan solo nos dejas
tibia luz pasajera y blanquecina.

Y queda sin color la tierra helada,
sin vislumbres la mar y sin reflejos,
y con niebla borrada
Capri se pierde entre confusos lejos;

mas también el crepúsculo volando
va en pos de ti, y al mar y tierra y cielo
la noche amortajando
con su impalpable y pavoroso velo.

¿Y no te siguen del mortal los ojos
anhelantes, confusos, arrasados;
y, al ver tus rayos rojos
desparecer, no quedan consternados?

¿No tiembla el hombre, y puede en su demencia
al sueño y al placer y a los amores
darse, sin que la ausencia
le aterre de tus puros resplandores?…

¿Quién la seguridad le da patente
(ni aun el orgullo de su ciencia vana)
de que al plácido Oriente
a darle vida y luz vendrás mañana?

¡Ay!… ¡Si el Criador del universo, airado
de ver tan solo en la rebelde tierra
el triunfo del malvado,
y la inicua ambición, y la impía guerra,

la inmensa hoguera en que ardes apagara
de un soplo, o de la ardiente
melena te llevara
a otro espacio su mano omnipotente!…

Mas no, fúlgido sol: vendrás mañana,
que no trastorna, no, su ley eterna
la mente soberana
que formó el universo y lo gobierna.

Mil veces y otras mil vendrás, en tanto
el plazo designado se consuma
que el Dios tres veces santo
dio a la creación en su sapiencia suma.

Sí; volverás y durarás, que tienes,
criatura predilecta, el don de vida,
y hermoso te mantienes,
burlando de los siglos la corrida.

No así nosotros, míseros humanos,
polvo que arrastra el hálito del viento,
efímeros gusanos
cuya vida es un rápido momento.

Nuestro afán debe ser solo, al mirarte
trasmontar y dejarnos noche umbría,
si aún vivos admirarte
no será concedido al otro día.

¡Ah!… ¿Quién sabe?… Tal vez, sol refulgente,
que has hoy mi pensamiento arrebatado,
mañana desde Oriente
darás tu luz a mi sepulcro helado.

LA ODALISCA – JUAN AROLAS

¿De qué sirve a mi belleza
        la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si, en poder de adusto moro,
        gimo y lloro
por la dulce libertad?

Luenga barba y torvo ceño
        tiene el dueño
que con oro me compró,
y al ver la fatal gumía
       que ceñía,
de sus besos temblé yo.

¡Oh, bien hayan los cristianos,
        más humanos,
que veneran una cruz,
y dan a sus nazarenas
        por cadenas
auras libres, clara luz!

Ellas al festín de amores
       llevan flores,
sin velo se dejan ver,
y en cálices cristalinos
        beben vinos
que aconsejan el placer.

Tienen zambras con orquestas,
         y a sus fiestas
ricas en adornos van,
con el seno delicado
        mal guardado
de los ojos del galán.

Más valiera ser cristiana
        que sultana
con pena en el corazón,
con un eunuco atezado
        siempre al lado,
como negra maldición.

Dime, mar, que me aseguras
        brisas puras,
perlas y coral también,
si hay linfa en tu extensión larga
        más amarga
que mi lloro en el harén.

Dime, selva, si una esposa
        cariñosa
tiene el dulce ruiseñor,
¿por qué para sus placeres
         cien mujeres
tiene y guarda mi señor?

Decid, libres mariposas,
        que entre rosas
vagáis al amanecer,
¿por qué bajo llave dura,
         sin ventura,
gime esclava la mujer?

Dime, flor, siempre besada
        y halagada
del céfiro encantador,
¿por qué he de pasar un día
        de agonía
sin un beso del amor?

Yo era niña, y a mis solas
       en las olas
mis delicias encontré;
de la espuma que avanzaba
         retiraba
con temor nevado pie.

Del mar el sordo murmullo
        fue mi arrullo,
y el aura me adormeció:
¡triste la que duerme y sueña
        sobre peña
que la espuma salpicó!

De la playa que cercaron
        me robaron
los piratas de la mar:
¡ay de la que en dura peña
        duerme y sueña,
si es cautiva al despertar!

Crudos son con las mujeres
        esos seres
que adoran el interés,
y, tendidos sobre un leño,
        toman sueño
con abismos a sus pies.

Conducida en su galera,
        prisionera,
fui cruzando el mar azul;
mucho lloré, sordos fueron;
        me vendieron
al sultán en Estambul.

Él me llamó hurí de aroma
        que Mahoma
destinaba a su vergel;
de Alá gloria y alegría,
        luz del día,
paloma constante y fiel.

Vi en un murallado suelo
       como un cielo
de hermosuras de jazmín
cubiertas de ricas sedas;
        auras ledas
disfrutaban del jardín.

Unas padecían celos
        y desvelos;
lograban otras favor.
Quién por un desdén gemía,
        quién vivía
sin un goce del amor.

Mil esclavas me sirvieron
        y pusieron
rico alfareme en mi sien;
pero yo siempre lloraba
        y exclamaba
con voz triste en el harén:

«¿De qué sirve a mi belleza
        la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si, en poder de adusto moro,
        gimo y lloro
mi perdida libertad?».

La desesperación – José de Espronceda


Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

LA MANO FRÍA –  NICOMEDES-PASTOR DÍAZ

Breve fue y robado instante
a la amarga, inquieta vida,
en que el ánima rendida
rindió los miembros también.
Eran horas de alta noche,
y en mi solitario lecho
posaba tranquilo el pecho,
lenta pulsando la sien,

cuando súbito en el sueño
vibró el cuerpo estremecido,
y taladrando mi oído
grito de muerte sentí;
desperté, tendí con ansia
los yertos brazos al viento,
contuve tardo el aliento,
miré en torno… ¡y nada vi!

Todo era silencio y sombras,
todo oscuridad y calma;
solo el reposo del alma
despareciera fugaz;
que ella, que sin lumbre mira,
percibió negro y secreto,
más que la noche, el objeto
que a ahuyentar vino su paz.

Y en breve sentí arrastrarse,
como en la yerba un gusano,
áspera y fría una mano
que por mis miembros trepó:
una mano férrea, dura;
una mano sola, helada…,
cual de un muerto despegada…
¡que en mi frente se posó!

Posó; cual monte de hielo
su enorme peso oprimía,
sin dejarle a mi agonía
ni un ¡ay! de espanto lanzar;
porque en mis labios su dedo
sentí cual férrea mordaza,
que su sello de amenaza
imprimió muda al pasar.

¡Y pasó! Pasó la noche,
y el sueño, y la helada mano…
Y a la aurora esperé en vano
que disipara mi horror:
que horrible, más que las sombras,
su negra faz mostró el día…
¡Todo mudado se había
de mi vista en derredor!

Radiante no brilló el mundo,
ni iluminado el espacio,
ni su disco de topacio
trémulo ostentaba el sol;
ni del pabellón pendían
de un cielo desmantelado
nubes de gasa y brocado
recamadas de arrebol.

Trocara en árido polvo
su esmeralda la pradera;
en negros paños la esfera
su abrillantado turquí.
Y ante un sol descolorido,
sobre una tierra desierta…,
la naturaleza muerta…,
¡muerta la vida creí!

Tantas voces que armonía
daban, y concierto al mundo,
callaban en lo profundo
de medrosa soledad;
o sueltas a un tiempo, el caos
lanzaba al mundo aturdido,
en ráfagas, el rüido
de su eterna tempestad.

Y vía cruzar los hombres,
al azar, graves o inquietos,
ora errantes esqueletos
sin espíritu ni voz,
ora fantasmas siniestros,
derramando en su mirada
fuego el alma depravada,
sangre el corazón feroz.

Busqué entonces con recelo
en la universal negrura
una forma de hermosura,
un destello de beldad.
En vano, ¡ay Dios!…, que el conjuro
de aquella noche de espanto
de la belleza el encanto
robó también sin piedad.

Y vi inmóviles y mudos
los semblantes de las bellas,
apagadas sus centellas,
sus pupilas sin lucir.
Las vi, desecadas momias,
yertas pasando a mi lado,
su labio frío y cerrado,
y mi seno sin latir.

Sí, que como centro horrible
de aquel mundo en esqueleto,
sin calor quedara y quieto
cadáver mi corazón;
y la mano que en mi frente
sus dedos selló pasando,
se fijara en él, pesando
con perenne compresión.

¡Ay!… ¿Qué mano, santo cielo,
qué mano fue, vengadora,
la que con magia traidora
transformó el mundo o mi ser?
¿Era la mano del tiempo,
por dedos sus desengaños?
No…, no brillara veinte años
el sol desde mi nacer.

¿Era la mano de mármol
de emboscada muerte oscura,
abriendo la sepultura
de una existencia veloz;
asiéndome con la rabia
de implacable odio tirano,
que al fin fiaba a una mano
lo que no pudo una voz?…

No, que un día, en mis dolores,
vino la Parca a mi lecho,
y cruzadas en mi pecho
sus leves manos sentí;
y eran manos perfumadas,
suavísimas, deliciosas,
que festonaban de rosas
una tumba que perdí.

¿Fue acaso del infortunio
esa mano… o del destino?
¿Del cielo enojada vino
o de la infernal región?
No…, que al orgullo del hombre
sorprendí el horrible arcano…
de que era la helada mano…
¡la mano de la Razón!

Con once heridas mortales – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma".

EL BESO – PATRICIO DE LA ESCOSURA

Levantan en medio de patio espacioso
cadalso enlutado, que causa pavor:
un Cristo, dos velas, un tajo asqueroso
encima; y con ellos, el ejecutor.

En torno al cadalso se ven los soldados,
que fieros empuñan terrible arcabuz,
a par del verdugo, mirando asombrados
al bulto vestido del negro capuz.

«¿Qué tiemblas, muchacho, cobarde alimaña?
Bien puedes marcharte, y presto, a mi fe.
Te faltan las fuerzas, si sobra la saña;
por Cristo bendito, que ya lo pensé».

«Diez doblas pediste, sayón mercenario,
diez doblas cabales al punto te di.
¿Pretendas ahora negarte, falsario,
la gracia que en cambio tan sola pedí?».

«Rapaz, no, por cierto, ¡creí que temblabas!;
bien presto al que odias verasle morir».
Y en esto, cerrojos se escuchan y aldabas,
y puertas herradas se sienten abrir.

Salió el comunero gallardo, contrito,
oyendo al buen fraile que hablándole va.
Enfrente el cadalso miró de hito a hito,
mas no de turbarse señales dará.

Encima subido, de hinojos postrado,
al mártir por todos oró con fervor;
después, sobre el tajo grosero inclinado,
«El golpe de muerte», clamó con valor.

Alzada en el aire su fiera cuchilla,
volviéndose un tanto con ira el sayón,
al triste que en vano lidió por Castilla
prepara en la muerte crüel galardón.

Mas antes que el golpe descargue tremendo,
veloz cual pelota que lanza arcabuz,
se arroja al cautivo, «¡García!», diciendo,
el bulto vestido del negro capuz.

«¡Mi Blanca!», responde; y un beso, el postrero,
se dan, y en el punto la espada cayó.
Terror invencible sintió el sayón fiero,
cuando ambas cabezas cortadas miró.

UNA TARDE DE LLUVIA – NICOMEDES-PASTOR DÍAZ

Sobre el Betis tendidas como un velo
mira esas nubes deshacerse en llanto;
puras las rosas, su capullo en tanto
con más pompa y color abren al cielo.

Soltara, empero, el huracán su vuelo
y, so el crujir de su encendido manto,
gruesa avenida vierais con espanto
tronchar las flores y arrasar el suelo.

¡Así acontece al corazón, señora!…
Flor que con blanda lluvia de tristeza
balsámicos perfumes evapora;

mas si el cierzo desata su crudeza,
del torrente la furia asoladora
¡troncos deja no más…, cieno y maleza!

EL CAMINANTE – PATRICIO DE LA ESCOSURA

El sol a occidente su luz ocultaba,
de nubes el cielo cubierto se vía;
furioso en los pinos el viento bramaba,
rugiendo agitado Pisuerga corría.

Soberbia Simancas sus muros ostenta,
burlando la saña del fiero huracán.
Mas ¡ay del cautivo, que mísero cuenta
las horas de vida por siglos de afán!

Por medio del monte, veloz cual la brisa,
cual sombra medrosa, cual rápida luz,
un bulto, que apenas la vista divisa,
camina encubierto con negro capuz.

Mudado el semblante, la vista azorada,
sollozos amargos lanzando sin fin,
la madre invocando de Dios adorada,
de hinojos se postra del río al confín.

Del ave nocturna la voz agorera
de encima el castillo se deja escuchar;
relámpago rojo, con luz pasajera,
las densas tinieblas haciendo cesar.

«¡Dichoso mil veces! —el mísero exclama—,
¡Dichoso, murallas, que en fin os miré!».
Y al punto, inflamado de súbita llama,
el rezo dejando, se pone de pie.