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EL BESO – PATRICIO DE LA ESCOSURA

Levantan en medio de patio espacioso
cadalso enlutado, que causa pavor:
un Cristo, dos velas, un tajo asqueroso
encima; y con ellos, el ejecutor.

En torno al cadalso se ven los soldados,
que fieros empuñan terrible arcabuz,
a par del verdugo, mirando asombrados
al bulto vestido del negro capuz.

«¿Qué tiemblas, muchacho, cobarde alimaña?
Bien puedes marcharte, y presto, a mi fe.
Te faltan las fuerzas, si sobra la saña;
por Cristo bendito, que ya lo pensé».

«Diez doblas pediste, sayón mercenario,
diez doblas cabales al punto te di.
¿Pretendas ahora negarte, falsario,
la gracia que en cambio tan sola pedí?».

«Rapaz, no, por cierto, ¡creí que temblabas!;
bien presto al que odias verasle morir».
Y en esto, cerrojos se escuchan y aldabas,
y puertas herradas se sienten abrir.

Salió el comunero gallardo, contrito,
oyendo al buen fraile que hablándole va.
Enfrente el cadalso miró de hito a hito,
mas no de turbarse señales dará.

Encima subido, de hinojos postrado,
al mártir por todos oró con fervor;
después, sobre el tajo grosero inclinado,
«El golpe de muerte», clamó con valor.

Alzada en el aire su fiera cuchilla,
volviéndose un tanto con ira el sayón,
al triste que en vano lidió por Castilla
prepara en la muerte crüel galardón.

Mas antes que el golpe descargue tremendo,
veloz cual pelota que lanza arcabuz,
se arroja al cautivo, «¡García!», diciendo,
el bulto vestido del negro capuz.

«¡Mi Blanca!», responde; y un beso, el postrero,
se dan, y en el punto la espada cayó.
Terror invencible sintió el sayón fiero,
cuando ambas cabezas cortadas miró.

UNA TARDE DE LLUVIA – NICOMEDES-PASTOR DÍAZ

Sobre el Betis tendidas como un velo
mira esas nubes deshacerse en llanto;
puras las rosas, su capullo en tanto
con más pompa y color abren al cielo.

Soltara, empero, el huracán su vuelo
y, so el crujir de su encendido manto,
gruesa avenida vierais con espanto
tronchar las flores y arrasar el suelo.

¡Así acontece al corazón, señora!…
Flor que con blanda lluvia de tristeza
balsámicos perfumes evapora;

mas si el cierzo desata su crudeza,
del torrente la furia asoladora
¡troncos deja no más…, cieno y maleza!

EL CAMINANTE – PATRICIO DE LA ESCOSURA

El sol a occidente su luz ocultaba,
de nubes el cielo cubierto se vía;
furioso en los pinos el viento bramaba,
rugiendo agitado Pisuerga corría.

Soberbia Simancas sus muros ostenta,
burlando la saña del fiero huracán.
Mas ¡ay del cautivo, que mísero cuenta
las horas de vida por siglos de afán!

Por medio del monte, veloz cual la brisa,
cual sombra medrosa, cual rápida luz,
un bulto, que apenas la vista divisa,
camina encubierto con negro capuz.

Mudado el semblante, la vista azorada,
sollozos amargos lanzando sin fin,
la madre invocando de Dios adorada,
de hinojos se postra del río al confín.

Del ave nocturna la voz agorera
de encima el castillo se deja escuchar;
relámpago rojo, con luz pasajera,
las densas tinieblas haciendo cesar.

«¡Dichoso mil veces! —el mísero exclama—,
¡Dichoso, murallas, que en fin os miré!».
Y al punto, inflamado de súbita llama,
el rezo dejando, se pone de pie.

EN LA SOLEDAD – ANTONIO ROS DE OLANO

Cinco sonetos

                  I


¡Santa Naturaleza!… Yo, que un día,
prefiriendo mi daño a mi ventura,
dejé estos campos de feraz verdura
por la ciudad donde el placer hastía,

vuelvo a ti arrepentido, amada mía,
como quien de los brazos de la impura
vil publicana se desprende y jura
seguir el bien por la desierta vía.

¿Qué vale cuanto adorna y finge el arte,
si árboles, flores, pájaros y fuentes
en ti la eterna juventud reparte,

y son tus pechos los alzados montes,
tu perfumado aliento los ambientes,
y tus ojos los anchos horizontes?


                II


Más precio en este valle y pobre aldea,
términos de mi vida peregrina,
despertar cuando el aura matutina
las copas de los árboles menea,

y, al volver de mi rústica tarea,
ora en la tarde, cuando el sol declina,
mirar desde esta fuente cristalina
el humo de mi humilde chimenea,

que, en la rodante máquina lanzado,
cruzar como centella por los montes,
pasar como relámpago el poblado,

robar, en fin, al péndulo un segundo,
y, en pos de los finitos horizontes,
sentir la nada al abarcar el mundo.


                III


Hay junto a la ventana de mi estancia
un laurel de la sombra protegido,
en donde guarda un ruiseñor su nido
apenas de mi mano a la distancia;

y entre el verde follaje y la fragancia,
celoso, ufano, amante, requerido,
dice su amor con lánguido quejido
y dulce y elevada consonancia.

Las horas de la noche, una tras una,
en sigilosa hilera, huyendo el día,
siguen el curso a la encantada luna…

Y en esta soledad el alma mía
goza, sin envidiar cosa ninguna,
de su quieta y feliz melancolía.


               IV


¿Qué fueron al gran Carlos sus hazañas
en la celda de Yuste recogido?
Él quiso relegarlas al olvido,
y ellas emponzoñaban sus entrañas.

Suele el que nace humilde en las cabañas
dejar su techo y olvidar su ejido,
por el lucro del mar embravecido,
por el sangriento lauro en las campañas.

Mas al recto varón que honró su historia
sin codiciar fortuna envilecida
ni envidiar de los césares la gloria,

un apartado albergue le convida
a esperar sin tormento en la memoria
la breve muerte de su larga vida.


               V


Lamentos de hembra y lloros de nacido;
duelos de viuda y quejas de casados;
de la vejez y el hambre los cuidados,
que cesan cuando expira el afligido…

¡Nacer!… ¡Vivir!… ¡Morir!… Después… ¡olvido!
¡Los siglos son sepulcros numerados
de seres mil y mil, tan olvidados
cual si no hubiesen en el mundo sido!

Y el corazón es péndulo que advierte,
con vaivén de dolor, que a la existencia
solo enjuga las lágrimas la muerte…

¿Adónde, pues, con bárbara violencia,
río de la vida, corres a perderte,
si no es tu mar la santa Providencia?

A UNA BELLA – JUAN AROLAS

Sobre pupila azul, con sueño leve,
tu párpado cayendo amortecido,
se parece a la pura y blanca nieve
que sobre las violetas reposó;
yo el sueño del placer nunca he dormido:
         sé más feliz que yo.

Se asemeja tu voz en la plegaria
al canto del zorzal de indiano suelo,
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró;
yo solo esta oración dirijo al cielo:
        sé más feliz que yo.

Es tu aliento la esencia más fragante
de los lirios del Arno caudaloso,
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció;
yo no gozo su aroma delicioso:
          sé más feliz que yo.

El amor, que es espíritu de fuego,
que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego,
en tus purpúreos labios se escondió;
él te guarde el placer y a mí la queja:
         sé más feliz que yo.

Bella es tu juventud en sus albores
como un campo de rosas del Oriente;
al ángel del recuerdo pedí flores
para adornar tu sien, y me las dio;
yo decía al ponerlas en tu frente:
        sé más feliz que yo.

Tu mirada vivaz es de paloma;
como la adormidera del desierto
causa dulce embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó;
mi suerte es dura, mi destino incierto:
        sé más feliz que yo.

Canción del pirata – José de Espronceda

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A las estrellas – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

¡Oh, refulgentes astros!, cuya lumbre
el manto oscuro de la noche esmalta,
y que en los altos cercos silenciosos
        giráis mudos y eternos;

y ¡oh tú, lánguida luna!, que argentada
las tinieblas presides, y los mares
mueves a tu placer, y ahora apacible
        señoreas el cielo:

¡ay, cuántas veces, ay, para mí gratas,
vuestro esplendor sagrado ha embellecido
dulces felices horas de mi vida
        que a no tornar volaron!

¡Cuántas veces los pálidos reflejos
de vuestros claros rostros derramados,
húmedos resbalar por las colinas
        vi, apacibles, del Betis,

y en su puro cristal vuestra belleza
reverberar con cándidos fulgores
admiré, al lado de mi prenda amada,
        más que vosotros bella!

Ahora, al brillar en las salobres ondas,
solo y mísero, prófugo y errante,
de todo bien me contempláis desnudo
         y a compasión os muevo.

¡Ay! Ahora mismo vuestras luces claras,
que el mar repite y reverente adoro,
se derraman también sobre el retiro,
         donde mi bien me llora.

Tal vez en este instante sus divinos
ojos clava en vosotros, ¡oh, lucientes
astros!, y os pide, con lloroso ruego,
         que no alteréis los mares.

Y el trémulo esplendor de vuestras lumbres
en las preciosas lágrimas rïela,
que esmaltan, ¡ay!, sus pálidas mejillas
        y más bella la tornan.

La soledad – Francisco Martínez de la Rosa

Único asilo en mis eternos males,
augusta soledad, aquí en tu seno,
lejos del hombre y su importuna vista,
déjame libre suspirar al menos:
aquí, a la sombra de tu horror sublime,
daré al aire mis lúgubres lamentos,
sin que mi duelo y mi penar insulten
con sacrílega risa los perversos,
ni la falsa piedad tienda su mano,
mi llanto enjugue y me traspase el pecho.
Todo convida a meditar: la noche
el mundo envuelve en tenebroso velo;
y, aumentando el pavor, quiebran las nubes
de la luna los pálidos reflejos;
el informe peñasco, el mar profundo
hirviendo en torno con medroso estruendo,
el viento que bramando sordamente
turba apenas el lúgubre silencio:
todo inspira terror, y todo adula
mi triste afán y mi dolor acerbo.
La horrible majestad que me rodea
lentamente descarga el grave peso
que mi pecho oprimió: por vez primera
se mezclan mis sollozos a mis ecos,
y, apiadado el destino, da a mis ojos
de una mísera lágrima el consuelo…
¡Llanto feliz! Cual bienhechor rocío
templa la sed del abrasado suelo,
calma la angustia, la mortal congoja
con que batalla mi cansado esfuerzo;
y, en plácida tristeza absorta el alma,
no envidiará la dicha ni el contento.
Solo en el mundo, de ilusiones libre,
de vil temor y de esperanza ajeno,
encontraré la paz que vanamente
me ofreció con su magia el universo.
¿Qué importa que a mi planta mal segura
aún falte tierra en que estampar su sello,
y, al carcomido escollo amenazando,
me estreche el mar en angustioso cerco?
¿No me basto a mí mismo? ¿No me es dado
alzar mis ojos sin pavor al cielo,
sentir mi corazón que quieto late
y el mundo contemplar con menosprecio?
Yo vi en la aurora de mi edad florida
sus encantos brindarse a mis deseos:
gloria, riquezas, cuantos falsos bienes
anhela el hombre en su delirio ciego,
en torno me cercaron; oficiosa
la amistad redoblaba mi contento;
la pérfida ambición me sonreía;
me brindaba el amor su dulce seno…
Temí, temblé, me apercibí al combate,
demandé a mi razón su flaco esfuerzo,
y apenas pude en afanosa lucha
rechazar tanto hechizo lisonjero.
¡Qué fuera, oh Dios, si al rápido torrente
yo propio me arrojara! En presto vuelo
pasaron cinco lustros de mi vida,
y el cuadro encantador huyó con ellos.
Huyó, volví la vista, lancé un grito…
Y en vez de flores encontré un desierto.

A Jarifa, en una orgía – José de Espronceda

Trae, Jarifa, trae tu mano,
ven y pósala en mi frente,
que en un mar de lava hirviente
mi cabeza siento arder.
Ven y junta con mis labios
esos labios que me irritan,
donde aún los besos palpitan
de tus amantes de ayer.

¿Qué la virtud, la pureza?
¿Qué la verdad y el cariño?
Mentida ilusión de niño,
que halagó mi juventud.
Dadme vino: en él se ahoguen
mis recuerdos; aturdida
sin sentir huya la vida;
paz me traiga el ataúd.

El sudor mi rostro quema,
y en ardiente sangre rojos
brillan inciertos mis ojos,
se me salta el corazón.
Huye, mujer; te detesto,
siento tu mano en la mía,
y tu mano siento fría,
y tus besos hielos son.

¡Siempre igual! Necias mujeres,
inventad otras caricias,
otro mundo, otras delicias,
¡o maldito sea el placer!
Vuestros besos son mentira,
mentira vuestra ternura:
es fealdad vuestra hermosura,
vuestro gozo es padecer.

Yo quiero amor, quiero gloria,
quiero un deleite divino,
como en mi mente imagino,
como en el mundo no hay;
y es la luz de aquel lucero
que engañó mi fantasía,
fuego fatuo, falso guía
que errante y ciego me tray.

¿Por qué murió para el placer mi alma
y vive aún para el dolor impío?
¿Por qué, si yazgo en indolente calma,
siento, en lugar de paz, árido hastío?

¿Por qué este inquieto, abrasador deseo?
¿Por qué este sentimiento extraño y vago,
que yo mismo conozco un devaneo,
y busco aún su seductor halago?

¿Por qué aún fingirme amores y placeres
que cierto estoy de que serán mentira?
¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
necio tal vez mi corazón delira,

si luego, en vez de prados y de flores,
halla desiertos áridos y abrojos,
y en sus sandios o lúbricos amores
fastidio sólo encontrará y enojos?

Yo me arrojé cual rápido cometa,
en alas de mi ardiente fantasía
doquier mi arrebatada mente inquieta,
dichas y triunfos encontrar creía.

Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en ilusión aérea.

Luego en la tierra la virtud, la gloria,
busqué con ansia y delirante amor,
y hediondo polvo y deleznable escoria
mi fatigado espíritu encontró.

Mujeres vi de virginal limpieza
entre albas nubes de celeste lumbre;
yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida:
sólo en la paz de los sepulcros creo.

Y busco aún y busco codicioso,
y aún deleites el alma finge y quiere:
pregunto y un acento pavoroso
«¡Ay!» me responde, desespera y muere.

»Muere, infeliz: la vida es un tormento,
un engaño el placer; no hay en la tierra
paz para ti, ni dicha, ni contento,
sino eterna ambición y eterna guerra.

»Que así castiga Dios el alma osada,
que aspira loca, en su delirio insano,
de la verdad para el mortal velada
a descubrir el insondable arcano.»

¡Oh, cesa! no, yo no quiero
ver más, ni saber ya nada:
harta mi alma y postrada,
sólo anhela descansar.
En mí muera el sentimiento,
pues ya murió mi ventura;
ni el placer ni la tristura
vuelvan mi pecho a turbar.

Pasad, pasad en óptica ilusoria
y otras jóvenes almas engañad;
nacaradas imágenes de gloria,
coronas de oro y de laurel, pasad.

Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,
con danza y algazara en confusión;
pasad como visiones vaporosas
sin conmover ni herir mi corazón.

Y aturdan mi revuelta fantasía
los brindis y el estruendo del festín,
y huya la noche y me sorprenda el día
en un letargo estúpido y sin fin.

Ven, Jarifa; tú has sufrido
como yo; tú nunca lloras.
Mas ¡ay, triste! que no ignoras
cuán amarga es mi aflicción.
Una misma es nuestra pena,
en vano el llanto contienes...
Tú también, como yo, tienes
desgarrado el corazón.